Las aguas del destino
Larion no se anunciaba.
No había murallas.
No había puertas.
Solo una sensación persistente de estar siendo evaluado.
El sendero de piedra descendía suavemente entre árboles que no parecían árboles del todo. Sus hojas no se movían con el viento, sino con algo más profundo, como si respondieran a pensamientos ajenos.
Mi madre caminaba en silencio. Yo sentía su esfuerzo por no hacer preguntas, por no romper el frágil equilibrio que nos había permitido llegar hasta allí.
El número en mi piel seguía estable.
825
Pero el fuego estaba despierto.
No inquieto.
Atento.
El sonido del agua apareció antes que el agua misma.
Un murmullo constante, grave, como miles de voces hablando al mismo tiempo sin ponerse de acuerdo.
Llegamos a un claro.
En el centro había un lago.
No era grande.
No era profundo.
Pero no reflejaba el cielo.
Reflejaba rostros.
Algunos niños.
Algunos adultos.
Algunos... cosas que no quise identificar.
—No te acerques —dijo mi madre de inmediato.
El fuego reaccionó.
—Tengo que hacerlo —respondí.
El número bajó apenas.
825 → 824
Un paso.
—Khaled... —susurró ella.
—Si no lo hago yo —dije—
el lago va a venir a nosotros.
El agua comenzó a ondularse suavemente.
Di otro paso.
824 → 822
Sentí un tirón en la sien. Imágenes ajenas se filtraron en mi mente: niños gritando, manos marcadas con símbolos distintos a los míos, puertas cerrándose con violencia.
—¿Qué es esto? —pregunté en voz alta.
El agua respondió.
Una figura emergió lentamente desde el centro del lago. No caminó. Se formó.
Tenía forma humana, pero su rostro cambiaba a cada parpadeo.
—El registro —dijo con una voz que no venía de su boca—.
—El destino observado.
Mi madre retrocedió.
—¿Qué quiere de mi hijo? —exigió.
La figura giró hacia ella.
—No es tuyo —respondió—.
—Solo pasó por ti.
El fuego rugió dentro de mí.
—¡Basta! —grité.
El número cayó con violencia.
822 → 810
El lago se agitó.
—Control —dijo la figura—.
—O el agua decide por ti.
Respiré hondo.
No podía pelear aquí.
No todavía.
—¿Qué soy? —pregunté.
La figura se acercó. El agua no tocaba el suelo.
—Eres un conteo consciente —respondió—.
—Un umbral con voluntad.
—¿Y cuando llegue a cero?
El lago se calmó.
Por primera vez... dudó.
—Eso —dijo—
depende de lo que hagas antes.
La figura se deshizo en agua.
El lago volvió a quedar inmóvil.
El número se estabilizó.
810
Mi madre cayó de rodillas, temblando.
Corrí hacia ella.
—Lo siento —susurré—. No quise...
Ella me abrazó con fuerza.
—No te disculpes —dijo—.
—Si alguien hizo esto... no fuiste tú.
El aire cambió.
Alguien más estaba ahí.
—Primera regla de Larion —dijo una voz conocida—:
el agua nunca miente... pero siempre cobra.
Me giré.
El niño del hospital estaba apoyado en una roca, observándonos.
—¿Cuántas reglas hay? —pregunté.
Él sonrió sin alegría.
—Las suficientes para que no todos lleguen al final.
Miró mi piel.
—Perdiste quince de golpe —añadió—.
—Eso significa que Larion te reconoce.
—¿Eso es bueno?
El niño negó.
—Significa que ahora te observa.
Mi madre levantó la vista.
—¿Quién eres tú? —le preguntó.
El niño dudó un segundo.
—Alguien que llegó demasiado cerca del final —respondió.
—¿Cómo te llamas? —insistí.
Me miró a los ojos.
—Aún no lo decido.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar.
—Si quieren sobrevivir aquí —dijo sin mirar atrás—,
no beban del lago...
y no confíen en quien no sangra cuando el número baja.
El sendero volvió a aparecer entre los árboles.
Miré el lago una última vez.
Los rostros habían desaparecido.
Pero sentí algo claro, definitivo:
Larion no era un refugio.
Era una prueba viva.
Y acabábamos de llamar su atención.
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El Elegido de las Cifras
Spiritual¿Qué harías si pudieras recordar todo desde el momento de tu nacimiento? Desde el primer segundo, sentir el tiempo avanzar más rápido, notar cómo tu cuerpo crece a un ritmo alarmante y, para colmo, ver números misteriosos aparecer en tu piel. Esta e...
