El inicio de todo
Nací en silencio.
No lloré.
Los médicos dijeron después que fue extraño, pero no peligroso.
Que algunos bebés simplemente observan antes de reaccionar.
No sabían cuánto.
Abrí los ojos y el mundo me golpeó de una sola vez:
luces blancas, voces apresuradas, manos que me tocaban como si yo fuera frágil.
Yo no me sentía frágil.
Me sentía antiguo.
Mi madre lloraba.
No de dolor.
De alivio.
—Está bien —decían—. Está sano.
Mentían sin saberlo.
No porque yo estuviera enfermo...
sino porque estaba marcado.
Los primeros días pasaron sin incidentes.
Dormía poco.
Miraba demasiado.
Las enfermeras evitaban mis ojos.
—Es como si entendiera —susurraban.
No entendía todo.
Pero entendía lo suficiente.
La primera vez que los vi fue una semana después de nacer.
No aparecieron de golpe.
No brillaron.
No dolieron.
Simplemente... estaban ahí.
Números.
Grabados en mi piel, a la altura del costado izquierdo, justo donde el corazón todavía no decide si pertenece al cuerpo o al alma.
Eran negros.
Perfectos.
Inmóviles.
999
No lloré cuando los vi.
No porque no supiera lo que eran.
Sino porque, en el fondo, ya los esperaba.
Los días pasaron.
Y una mañana, sin aviso, sin ruido...
El número cambió.
998
Sentí algo entonces.
No dolor.
No miedo.
Una especie de vacío breve.
Como si el mundo hubiera respirado sin mí por un segundo.
Quise llorar.
No pude.
Mi madre me tomó en brazos y sonrió.
—Todo va a estar bien —me dijo.
Yo la miré.
Y quise decirle la verdad.
Que algo había empezado.
Que no subía.
Que no se detenía.
Que no era un número.
Era una cuenta regresiva.
Pero los bebés no hablan.
Solo observan.
Y esperan.
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El Elegido de las Cifras
Spiritual¿Qué harías si pudieras recordar todo desde el momento de tu nacimiento? Desde el primer segundo, sentir el tiempo avanzar más rápido, notar cómo tu cuerpo crece a un ritmo alarmante y, para colmo, ver números misteriosos aparecer en tu piel. Esta e...
