CAPÍTULO 2

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Los números en mi piel

Nadie más los veía.

Eso fue lo primero que confirmé.

Mi madre me bañaba cada mañana con cuidado exagerado, como si temiera que pudiera romperme. Me giraba, me levantaba, me limpiaba los pliegues diminutos del cuerpo... y nunca reaccionó.

Nunca preguntó.
Nunca se detuvo.

Los números seguían ahí.

998

Negros como tinta recién derramada.
No estaban elevados ni hundidos.
No dolían al tacto.

Pero ardían por dentro.

Con el paso de los días entendí algo inquietante:
no estaban sobre mi piel.

Estaban dentro.

Como si el cuerpo hubiera crecido alrededor de ellos.

Cuando el número bajó a 997, ocurrió algo distinto.

No fue solo esa sensación de vacío.
Fue una imagen.

Un parpadeo.

Vi fuego.

No llamas descontroladas, sino un fuego quieto, contenido, como brasas respirando en la oscuridad. Y por un instante —solo uno— sentí que yo era eso.

Mi cuerpo se tensó.
Mis pulmones se cerraron.

Mi madre gritó mi nombre.

Yo lloré por primera vez.

No de miedo.

De reconocimiento.

Los médicos dijeron que fue un espasmo.
Un reflejo inmaduro del sistema nervioso.

—Es normal —aseguraron—. Su desarrollo es adelantado, nada más.

No lo era.

Yo escuchaba.
Entendía las palabras antes de saber decirlas.
Aprendí el ritmo del mundo observando.

Y aprendí algo más importante aún:

El número no bajaba todos los días.

Bajaba cuando algo cambiaba.

Cuando alguien se acercaba con malas intenciones.
Cuando mi madre lloraba en silencio por las noches.
Cuando el aire se volvía pesado, como si alguien —o algo— estuviera demasiado cerca.

Una madrugada, mientras ella dormía, el número descendió de golpe.

994 → 990

Sentí náuseas.
Calor en el pecho.
Y una certeza que no debería existir en un niño:

Alguien me estaba buscando.

No sabía quién.
No sabía por qué.

Pero lo sabía.

Con el tiempo aprendí a ocultarlos.

No físicamente —eso era imposible—
sino con atención.

Si no los miraba, no cambiaban tan rápido.
Si me concentraba en la voz de mi madre, en su respiración, en el sonido del agua o del viento... el descenso se volvía lento.

Era como si el número se alimentara de algo que yo podía negar.

Conciencia.
Atención.
Miedo.

El problema era que no siempre podía controlar eso.

A los cuatro años, el número ya estaba en 873.

Yo sabía contar.
Sabía restar.
Y sabía que, incluso a ese ritmo, no llegaría a viejo.

Una tarde, mientras jugaba solo en el patio, lo sentí de nuevo.

Ese peso en el aire.
Esa sensación de ser observado sin ojos.

Me giré.

Y lo vi.

No estaba completamente ahí.

Era un hombre... o la idea de uno.
Su sombra no coincidía con la posición del sol.
Y cuando sonrió, el número en mi piel ardió.

872

—Hola, Khaled —dijo.

Era la primera vez que alguien pronunciaba mi nombre...
sin haberlo escuchado antes.

Yo no grité.
No corrí.

Lo miré.

Porque, en el fondo, también lo estaba esperando.

—No deberías estar consciente todavía —añadió—.
Pero supongo que nunca fuiste un niño normal.

Mi madre salió en ese momento.

—¿Con quién hablas? —preguntó.

El hombre ya no estaba.

El número seguía bajando.

Y yo entendí algo que me heló por dentro:

Si alguien podía ver lo que yo era...
también podía acelerar el conteo.

Y eso significaba una sola cosa:

La cuenta regresiva no era natural.

Era provocada.

El Elegido de las CifrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora