Antes de nacer
No recuerdo oscuridad.
Eso fue lo primero que entendí.
Todos dicen que antes de nacer no hay nada, que es un vacío tibio sin pensamiento ni memoria.
Mienten.
Yo pensaba.
Pensaba antes de abrir los ojos.
Antes de respirar.
Antes de tener un nombre.
Sentía el latido de ella.
Fuerte.
Constante.
Como un tambor que marcaba el ritmo del mundo.
Y también sentía otra cosa.
Un pulso distinto.
No venía de afuera.
Venía de mí.
La primera vez que lo noté, pensé que era miedo.
Después entendí que no.
Era tiempo.
No sabía cómo, pero sabía que algo contaba dentro de mí.
Algo descendía, lento, paciente.
No podía verlo.
Todavía.
Pero podía sentirlo moverse bajo mi piel, como si alguien hubiera escrito una promesa que yo no recordaba haber firmado.
A veces, cuando mi madre dormía, el pulso cambiaba.
El aire se volvía pesado.
Y una voz —no un sonido, una presencia— parecía observarme desde un lugar sin forma.
No me hablaba.
Me esperaba.
Y yo, incluso antes de nacer, ya sabía una verdad que me acompañaría siempre:
No todos los niños llegan al mundo para vivir.
Algunos llegan para contar algo.
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El Elegido de las Cifras
Spiritual¿Qué harías si pudieras recordar todo desde el momento de tu nacimiento? Desde el primer segundo, sentir el tiempo avanzar más rápido, notar cómo tu cuerpo crece a un ritmo alarmante y, para colmo, ver números misteriosos aparecer en tu piel. Esta e...
