El primer cruce
Nos fuimos al amanecer.
No maletas.
No despedidas.
Solo lo necesario para no levantar sospechas.
Mi madre manejaba con las manos firmes, pero yo podía sentir su miedo en el silencio que llenaba el auto. No preguntó nada. No necesitó hacerlo. Cuando una madre entiende que su hijo ya no pertenece del todo al mundo común, hace algo extraño:
Confía... o se rompe.
Ella eligió confiar.
El número en mi piel estaba inquieto.
849
Vibraba.
No bajaba, pero tampoco estaba quieto.
—¿Falta mucho? —preguntó ella.
—Todavía no —respondí.
No sabía cómo lo sabía.
Solo lo sabía.
Larion no era un lugar al que se llegara siguiendo un mapa.
Era un lugar que permitía ser encontrado.
El camino empezó a cambiar sin aviso.
Los árboles se volvieron más altos.
El aire más frío.
La radio comenzó a emitir estática, luego voces distorsionadas.
—Esto no estaba aquí —murmuró mi madre.
—Ahora sí —dije.
El número descendió de golpe.
849 → 830
Sentí un tirón en el pecho, como si algo me estuviera jalando desde adentro.
—Khaled... —dijo mi madre— ¿estás bien?
No respondí.
El fuego despertó.
No violento.
Direccional.
—Detén el auto —dije.
—¿Qué?
—Ahora.
Frenó.
Frente a nosotros, donde antes había carretera, ahora había agua.
Un arroyo ancho, oscuro, inmóvil. No reflejaba el cielo. No reflejaba nada.
—No había ningún río aquí... —susurró ella.
El fuego se concentró.
—Tenemos que cruzar.
Mi madre me miró, aterrada.
—¿Estás loco?
El número ardió.
830 → 826
—Si no lo hacemos —dije—
algo va a cruzar primero.
El agua se movió.
No por viento.
Por presencia.
Mi madre cerró los ojos un segundo.
—Confío en ti —dijo al fin.
Bajamos del auto.
El aire al borde del arroyo era distinto. Pesado. Como si el mundo respirara más lento.
—No mires el fondo —le advertí.
Ella no preguntó por qué.
Cuando di el primer paso, el agua no estaba fría.
Estaba viva.
Sentí algo rozar mi pierna.
El número bajó una sola unidad.
825
El fuego respondió, formando una especie de calor alrededor de mi cuerpo, empujando la sensación de hundimiento.
—Camina conmigo —le dije—. No sueltes mi mano.
Ella obedeció.
A mitad del cruce, el mundo cambió.
El sonido desapareció.
El aire se volvió silencioso, absoluto.
Y entonces lo vi.
Al otro lado del arroyo, de pie entre la niebla, estaba el niño del hospital.
—Llegaron antes de tiempo —dijo.
—Nos empujaron —respondí.
El niño asintió.
—Siempre lo hacen.
El agua empezó a moverse con fuerza.
—No mires atrás —me advirtió—.
Si miras... bajas más rápido.
Mi madre apretó mi mano.
—Khaled...
—Sigue —le dije—. Ya casi.
Dimos el último paso.
El agua se calmó de inmediato.
Cuando giré, el arroyo ya no estaba.
Solo un sendero de piedra gris, cubierto de símbolos que reconocí sin haberlos visto jamás.
El número se estabilizó.
825
El niño sonrió, pero no con alegría.
—Bienvenido al primer borde —dijo—.
Larion está cerca.
—¿Y tú? —pregunté.
—Yo ya crucé —respondió—.
—Pausa—
Pero no todos los cruces devuelven lo mismo.
La niebla lo envolvió.
Desapareció.
Mi madre respiraba agitada.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
Miré el sendero.
—Ya no estamos solo vivos —respondí—.
Ahora estamos marcados por el camino.
El fuego se agitó suavemente.
Y por primera vez desde que nací, sentí algo distinto al miedo:
Expectativa.
Porque entendí que cruzar no era el objetivo.
Era solo el inicio.
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El Elegido de las Cifras
Spirituelles¿Qué harías si pudieras recordar todo desde el momento de tu nacimiento? Desde el primer segundo, sentir el tiempo avanzar más rápido, notar cómo tu cuerpo crece a un ritmo alarmante y, para colmo, ver números misteriosos aparecer en tu piel. Esta e...
