El umbral del caos
Después del sacrificio, Larion cambió conmigo.
No en su forma.
En su comportamiento.
El sendero se volvió irregular, como si el suelo ya no estuviera de acuerdo con mis pasos. La caverna quedó atrás y entramos en una zona donde el aire vibraba, no por calor ni por viento, sino por contradicción.
—Aquí terminan muchos —dijo el niño—.
—No porque no puedan avanzar...
—sino porque no deciden.
Mi madre caminaba más cerca de mí ahora. No me soltaba la mano. Yo sentía su miedo, pero también algo nuevo: determinación.
El número en mi piel descendía lento.
680 → 678
Cada punto dolía distinto ahora. No era físico. Era como perder una posibilidad que nunca sabría que tuve.
—¿Qué es este lugar? —pregunté.
El niño se detuvo frente a una grieta enorme en el suelo.
No era profunda.
Era inestable.
Del otro lado, el sendero continuaba.
—El umbral —respondió—.
—Aquí Larion no empuja.
—Aquí espera.
Miré la grieta.
No parecía peligrosa.
Eso era lo inquietante.
—¿Qué pasa si cruzo? —pregunté.
—Sigues siendo tú —dijo—.
—Pero ya no podrás decir "no sabía".
El número bajó.
678 → 675
Sentí un mareo leve.
—¿Y si no cruzo? —preguntó mi madre.
El niño la miró con respeto.
—Entonces Larion decide por ustedes.
El aire se tensó.
Vi algo al fondo de la grieta. No movimiento. Posibilidades. Caminos superpuestos que se deshacían antes de completarse.
—He visto a otros aquí —continuó el niño—.
—Gritando.
—Razonando.
—Esperando señales.
—¿Y qué les pasó? —pregunté.
El niño bajó la mirada.
—Se quedaron.
El número descendió de golpe.
675 → 668
Un tirón seco me dobló el cuerpo.
—¡Khaled! —gritó mi madre.
Me incorporé con dificultad.
—No es el lugar —jadeé—.
—Es la duda.
El niño asintió.
—Larion no castiga —dijo—.
—Amplifica.
Respiré hondo.
Antes, habría visto todas las consecuencias posibles.
Ahora solo tenía una cosa:
Presente.
Miré a mi madre.
—Si algo pasa... —empezó ella.
—No va a pasar —la interrumpí—.
—Porque ya no voy a quedarme quieto.
Di el primer paso.
El suelo vibró.
El segundo.
La grieta emitió un sonido bajo, como una respiración profunda.
El tercero...
Todo se detuvo.
El mundo se fragmentó.
No visualmente.
Conceptualmente.
Sentí versiones de mí mismo dudando, retrocediendo, quedándose. Sentí conteos que no avanzaban, fuegos que se apagaban lentamente hasta volverse ceniza consciente.
—Decide —susurró una voz que no era del niño—.
—Ahora.
Di el último paso.
El suelo se cerró detrás de mí.
El número se estabilizó.
668
El aire volvió a fluir.
Mi madre cruzó de inmediato. Me abrazó con fuerza.
—Estoy orgullosa de ti —susurró.
El niño observaba el lugar donde la grieta había estado.
—Bien —dijo—.
—Ya no eres solo portador.
—¿Qué soy ahora? —pregunté.
Me miró con seriedad absoluta.
—Eres alguien que eligió aun sin ver el final.
El viento cambió.
Sentí una presión nueva, lejana, precisa.
—¿Qué pasa? —pregunté.
El niño levantó la vista hacia el cielo de Larion, que ahora mostraba grietas de luz irregular.
—Cruzaste un umbral —dijo—.
—Y alguien... lo notó.
Miré mi piel.
El número descendió una sola vez.
667
No dolió.
Pero se sintió como una llamada respondida.
Y supe, con una claridad inquietante:
El caos no estaba delante de mí.
Estaba despierto.
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El Elegido de las Cifras
Spirituale¿Qué harías si pudieras recordar todo desde el momento de tu nacimiento? Desde el primer segundo, sentir el tiempo avanzar más rápido, notar cómo tu cuerpo crece a un ritmo alarmante y, para colmo, ver números misteriosos aparecer en tu piel. Esta e...
