CAPÍTULO 12

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La llama de la verdad

El fuego no obedecía órdenes.

Nunca lo había hecho.

Eso fue lo primero que comprendí cuando intenté llamarlo de nuevo.

Estábamos en una caverna baja, formada por piedra oscura que parecía haber sido pulida por algo más que el tiempo. Larion se volvía más profundo a cada paso, más silencioso, como si el mundo exterior ya no tuviera permiso para seguirnos.

El niño —el primero— encendió una antorcha.

La llama no era naranja.
Era blanca.

—Aquí no se miente —dijo—.
—Aquí el fuego responde solo a la verdad.

Mi madre se quedó atrás, sentada sobre una roca. La noté cansada. No físicamente. Emocionalmente.

—¿Qué tengo que hacer? —pregunté.

El niño me miró sin rodeos.

—Perder algo.

El número en mi piel se tensó.

687

—¿Qué cosa? —insistí.

—Aquello que más uses para protegerte —respondió—.
—Aquello que más temes perder.

Sentí un nudo en el estómago.

—Eso no es justo.

El niño inclinó la cabeza.

—El equilibrio no entiende de justicia.
—Solo de costo.

Cerré los ojos.

Pensé en mi madre.
En el mundo normal.
En la posibilidad de no seguir bajando.

El fuego se agitó.

—No es ella —dijo el niño de inmediato—.
—Si eliges eso... el fuego se rompe.

—Entonces ¿qué? —pregunté, frustrado.

El niño dio un paso hacia mí.

—Tu ventaja.

El aire se volvió denso.

—Tu conciencia temprana —continuó—.
—Eso que te permitió pensar antes de nacer.

Abrí los ojos.

—¿Quieres que deje de ser yo?

—No —respondió—.
—Quiero que dejes de ser antes que todos.

El número descendió una unidad.

687 → 686

Sentí un mareo breve.

—Si aceptas —dijo el niño—
tu mente dejará de adelantarse.
No verás tanto.
No entenderás todo.

—Seré... normal —susurré.

—Más humano —corrigió.

Miré a mi madre.

Ella me observaba con lágrimas silenciosas.

—No tienes que hacerlo —dijo—.
—No por mí.

El fuego latía.

Podía sentirlo claramente ahora:
no quería salir.
Quería estabilidad.

Respiré hondo.

—Si no lo hago —pregunté—
¿qué pasa?

El niño no dudó.

—El fuego crecerá —dijo—.
—Y cuando el conteo llegue a cero...
no quedará nada que puedas reconocer como tú.

El silencio fue total.

Entonces entendí la verdad más dura de todas:

El poder no me pedía sangre.
Me pedía identidad.

Extendí la mano hacia la antorcha.

—Acepto —dije.

El fuego reaccionó de inmediato.

No quemó.
No dolió.

Se hundió en mi pecho como una exhalación profunda.

Sentí algo desprenderse de mí.
No un recuerdo.
Una velocidad.

La forma en que conectaba ideas.
La forma en que veía demasiado rápido.

Todo se volvió... normal.

El número descendió lentamente.

686 → 680

Seis puntos.

Sin dolor.

Solo cansancio.

Me tambaleé. Mi madre corrió hacia mí y me sostuvo.

—Estoy aquí —dijo—.
—Siempre.

El niño apagó la antorcha.

—Ahora sabes la verdad —dijo—.
—El fuego no es para brillar.
—Es para no romper el mundo.

Me senté en el suelo, respirando con dificultad.

—¿Valió la pena? —pregunté.

El niño me miró con algo nuevo en los ojos.

—Todavía no —respondió—.
—Pero ahora... tienes opción.

Miré mi piel.

680

El número seguía bajando.

Pero por primera vez...
no sentí que me persiguiera.

Sentí que me preguntaba.

Y supe que lo peor aún no era el final.

Era todo lo que tendría que volver a elegir...
sin poder verlo venir antes que nadie.

El Elegido de las CifrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora