Capítulo 18

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La decisión

Larion se quedó en silencio después de que el hombre desapareció.

No fue un silencio vacío.
Fue expectante.

Como si el mundo entero estuviera conteniendo el aliento, esperando que yo cometiera el error correcto.

El sendero se bifurcó sin aviso.

Dos caminos.

El de la izquierda descendía suavemente, iluminado por una luz estable, casi cálida. No sentí presión al mirarlo. El fuego permaneció tranquilo.

El de la derecha era más estrecho, irregular. El aire allí pesaba. Cada vez que lo observaba, el número vibraba con inquietud.

—Aquí es donde muchos se quiebran —dijo el niño—.
—Porque ambos caminos cumplen.

—¿Cumplen qué? —preguntó mi madre.

El niño me miró directamente.

—Tu responsabilidad.

El número descendió una unidad.

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—Explícate —dije.

—El camino fácil —señaló el de la izquierda—
detiene el conteo por tiempo indefinido.
No llegas a cero.
No te persiguen más.

Mi madre se tensó.

—¿Y el otro?

El niño no respondió de inmediato.

—El otro —dijo al fin—
acelera el conteo.
—Pero corrige lo que fue abierto.

Sentí un frío profundo recorrerme la espalda.

—¿Corrige... cómo?

—Cerrando puertas —respondió—.
—De forma permanente.

El fuego reaccionó.

No con miedo.
Con dolor anticipado.

—¿Qué pasa conmigo si elijo ese camino? —pregunté.

El niño sostuvo mi mirada.

—Llegas a cero.

El silencio cayó como una losa.

Mi madre me tomó del brazo.

—No —dijo—.
—No tienes que decidir eso.
—No tú.

—Alguien tiene que hacerlo —respondí con voz baja.

El número bajó otra unidad.

641 → 640

Miré el camino fácil.

Vi imágenes posibles:
una vida escondida, números detenidos, días sin amenazas.

Vi a mi madre envejeciendo tranquila.

Vi paz.

Luego miré el otro.

No vi imágenes.

Solo sentí verdad.

—¿Cuántos portadores llegaron hasta aquí? —pregunté.

—Pocos —respondió el niño—.
—Y ninguno eligió sin dudar.

—¿Y tú? —pregunté—.
—¿Qué habrías hecho si hubieras sabido?

El niño cerró los ojos.

—No lo sé —dijo—.
—Por eso sigo aquí.

El número descendió lentamente.

640 → 638

Sentí el peso de cada mirada sobre mí.

Larion no hablaba.
No presionaba.

Solo permitía.

Respiré hondo.

—Si tomo el camino fácil —dije—
¿qué pasa con los otros?

—El sistema se mantiene —respondió el niño—.
—Habrá más conteos.
—Más niños.

Mi madre negó con la cabeza, horrorizada.

—¿Y si tomo el otro?

El niño bajó la mirada.

—El error se corrige —dijo—.
—Pero el costo...
—lo pagas tú.

El fuego ardía ahora, no como poder, sino como despedida anticipada.

Miré a mi madre.

—No quiero que me recuerdes como un sacrificio —le dije.

Ella lloraba en silencio.

—Te recordaré como mi hijo —respondió—.
—Eso nadie puede quitármelo.

El número bajó una unidad más.

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Sentí una claridad extraña.

No valentía.
No heroísmo.

Aceptación.

—No voy a huir —dije—.
—Pero tampoco voy a quedarme cómodo mientras otros cargan esto.

El niño respiró hondo.

—Entonces ya decidiste.

Asentí.

—Sí —respondí—.
—Pero no hoy.

Todos se quedaron quietos.

—¿Cómo? —preguntó el niño.

—Voy a caminar el camino difícil —dije—.
—Pero no voy a correr hacia cero.

El fuego se estabilizó.

—Cerraré lo que pueda —continué—.
—Ayudaré a los que aún cuentan.
—Y cuando llegue el final...
—llegará porque hice todo lo posible.

El número descendió una sola unidad.

636

El sendero de la derecha se abrió un poco más.

El de la izquierda se desvaneció lentamente.

Mi madre me abrazó con fuerza.

—Caminaré contigo hasta donde pueda —dijo.

El niño asintió, serio.

—Esa es la decisión más peligrosa de todas —dijo—.
—No obedecer...
—ni escapar.

Miré el camino oscuro.

Sentí miedo.

Pero también algo nuevo:

Dignidad.

Y supe que, desde ese momento, el conteo ya no medía cuánto me quedaba...

Medía cuánto estaba dispuesto a hacer antes de terminar.

El Elegido de las CifrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora