Capítulo 19

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El sendero hacia Larion

El sendero no era un lugar.

Era un acuerdo.

Cada paso que daba hacia adelante se sentía como una firma invisible, una aceptación silenciosa de que nada de lo que hiciera a partir de ese momento sería gratuito.

Larion central no estaba cerca.
Pero tampoco lejos.

Estaba... esperando.

El número en mi piel descendía de forma irregular.

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Dos puntos.
Sin aviso.
Sin razón aparente.

—No es el tiempo —dijo el niño, caminando a mi lado—.
—Es el costo.

—¿Costo de qué? —preguntó mi madre.

El niño no respondió de inmediato.

El sendero comenzó a mostrar marcas: grietas finas en el suelo, símbolos incompletos en las piedras, rastros de algo que había sido sellado a la fuerza.

—De cerrar sin terminar —respondió al fin.

Sentí el fuego moverse con dificultad.

No ardía.
Pesaba.

—Cada cierre que intentes —continuó—
te quita algo que no sabías que estabas usando.

El aire se volvió más espeso.

El número descendió una unidad más.

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Me detuve.

—¿Qué me quitó ahora?

El niño me observó con atención.

—La facilidad para olvidar —dijo—.
—Ahora recordarás cada decisión que no tomes.

Sentí un nudo en el pecho.

Seguimos caminando.

A lo lejos, vi la primera puerta.

No era física.
Era una distorsión en el aire, como una herida mal cerrada.

—Esa puerta —dijo el niño—
debería haberse cerrado sola.

Me acerqué.

El fuego reaccionó de inmediato.

—¿Qué pasa si no la cierro? —pregunté.

—Se abrirá más —respondió—.
—Y alguien más pagará el precio.

Mi madre se acercó a mi lado.

—No tienes que hacerlo todo —dijo—.
—No solo.

La miré.

—Lo sé —respondí—.
—Pero esta... puedo.

Extendí la mano.

El fuego respondió, lento, pesado.

No salió disparado.

Se filtró, como si cada chispa tuviera que convencerse de avanzar.

La puerta se contrajo.

El número cayó con violencia.

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Grité.

No de dolor físico.

De pérdida.

Sentí algo irse de mí, arrancado sin aviso:
la sensación de que siempre habría una siguiente oportunidad.

La puerta se cerró.

El aire volvió a la normalidad.

Caí de rodillas.

Mi madre me sostuvo.

—¿Qué perdiste? —susurró.

Respiré con dificultad.

—La idea...
—de que puedo arreglarlo todo.

El niño asintió lentamente.

—Ese es el verdadero precio —dijo—.
—Saber que eliges...
—y aun así no alcanza.

Miré mi piel.

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Veintitrés puntos por una sola puerta.

—¿Cuántas hay? —pregunté.

El niño miró el sendero, que ahora parecía extenderse más de lo que antes.

—Las suficientes para que el conteo no sea simbólico.

Me levanté con esfuerzo.

—Entonces no puedo cerrarlas todas —dije.

—No —respondió—.
—Por eso el camino existe.

El aire vibró de nuevo.

Algo se movía a lo lejos.

—No estamos solos —dijo mi madre.

Sentí la presión conocida.

No la sombra.
No el recolector.

Algo distinto.

—Él viene —murmuró el niño—.
—No para detenerte...
—sino para ofrecerte ayuda.

Tragué saliva.

—¿El hombre que se quedó?

El niño negó.

—Alguien peor.

El número descendió una sola unidad.

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Sentí el fuego reaccionar con inquietud.

—¿Quién? —pregunté.

El niño me miró con gravedad absoluta.

—Alguien que cree que sufrir es la prueba.

El sendero se estrechó.

Y entendí, con una claridad amarga:

No todos los enemigos quieren detener el conteo.

Algunos quieren que duela más.

El Elegido de las CifrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora