Capítulo 3

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Un fuego interior

El fuego apareció antes de que yo supiera nombrarlo.

No era calor.
No era dolor.

Era presencia.

Vivía en mi pecho, quieto la mayor parte del tiempo, como una bestia dormida que respiraba conmigo. No pedía salir. No rugía. Solo esperaba.

Hasta esa noche.

Mi madre discutía por teléfono en la cocina. Su voz temblaba. Yo no entendía todas las palabras, pero entendía el tono. Miedo disfrazado de calma.

—No, ya te dije que no —repetía—. No vuelvas a llamar.

Colgó con brusquedad.

El aire cambió.

No de golpe.
Se volvió espeso, como si la casa hubiera cerrado los pulmones.

El número en mi piel ardió.

872 → 865

Siete unidades.
De una vez.

Sentí el fuego despertarse.

Mi respiración se volvió irregular. Mis manos temblaron. No quería levantarme de la cama, pero algo dentro de mí no estaba pidiendo permiso.

Caminé hacia la cocina.

Mi madre se giró al verme.

—Khaled, cariño... ¿no estabas dormido?

No respondí.

La miré.

Y por primera vez sentí miedo...
no por mí.

Algo estaba detrás de ella.

No una forma clara.
Una distorsión.
Una sombra donde no debía haberla.

El fuego rugió dentro de mí.

No con rabia.
Con instinto.

Extendí la mano.

No recuerdo haber decidido hacerlo.

Solo recuerdo el sonido.

Un crujido seco.
Como madera quemándose desde adentro.

La sombra se contrajo.
El aire vibró.
Las luces parpadearon.

Mi madre gritó.

Yo caí de rodillas.

El fuego desapareció tan rápido como había llegado, dejándome vacío, helado, temblando.

El número en mi piel se detuvo.

Por primera vez...
no bajó.

Mi madre me tomó en brazos desesperada.

—¿Qué hiciste? —susurró, llorando—. ¿Qué hiciste?

Yo la abracé.

No supe qué responder.

Porque lo que había hecho no fue pensar.
Fue recordar.

Recordar algo que no sabía que sabía.

Esa noche, mientras ella dormía conmigo abrazado, entendí una verdad aterradora:

El fuego no era un don.
Era una respuesta.
Y había sido creado para algo.

Al día siguiente, el Hombre volvió.

No en el patio.
No en sombras.

En el reflejo del vidrio de la ventana.

Yo estaba desayunando cuando lo vi detrás de mi propio rostro.

—Demasiado pronto —dijo—.
Eso no debía pasar hasta más adelante.

No me giré.

—Había algo en la casa —respondí.

El reflejo sonrió.

—Siempre lo hay —dijo—.
La diferencia es cuándo decides verlo.

—¿Qué soy? —pregunté.

El Hombre se inclinó hasta que su rostro coincidió exactamente con el mío.

—Un recipiente —susurró—.
Un umbral.
Un error... o una corrección.

Sentí el fuego moverse otra vez.

—¿Voy a morir cuando llegue a cero?

El Hombre no respondió de inmediato.

Y ese silencio fue peor que cualquier verdad.

—No —dijo al fin—.
Vas a terminar.

El reflejo desapareció.

El número en mi piel descendió una sola vez.

864

Y supe, con una certeza que me acompañaría siempre:

El fuego no despertó para salvarme.
Despertó porque el mundo empezaba a romperse...
y alguien necesitaba cerrarlo desde adentro.

El Elegido de las CifrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora