Capítulo 16

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Enfrentando la oscuridad

La oscuridad no cayó de golpe.

Nos rodeó.

Larion se estrechó como un pecho que deja de respirar profundo. Los senderos se volvieron más angostos, las sombras más densas, y el silencio... más atento.

—Aquí ya no se aprende —dijo el niño en voz baja—.
—Aquí se responde.

El número en mi piel descendió lentamente.

658 → 656

Cada punto se sentía distinto ahora. No como pérdida. Como presión.

Mi madre caminaba detrás de mí. Sentía su miedo, pero también algo que nunca había sentido antes: confianza absoluta en que yo no retrocedería.

Eso me asustó más que la oscuridad.

—No te separes —le dije.

—No pienso hacerlo —respondió.

El aire se enfrió de repente.

No por temperatura.
Por ausencia.

—Ya llegó —susurró el niño.

La sombra emergió sin romper nada. No abrió grietas. No distorsionó el espacio. Simplemente... ocupó.

Era más grande que antes.
Más definida.

Ya no parecía confundida.

—Conteo consciente —dijo—.
—Has avanzado demasiado.

El fuego dentro de mí respondió, firme.

—No me detengo —respondí.

El número cayó una unidad.

656 → 655

La sombra inclinó la cabeza.

—No entiendes —dijo—.
—Esto no es persecución.
—Es corrección.

Mi madre dio un paso adelante.

—¡Aléjate de mi hijo!

La sombra no la miró.

—Tú ya cumpliste tu función.

Sentí rabia subir como una ola.

El fuego se agitó, pero no explotó.

—No es una función —dije—.
—Es una elección.

La sombra se acercó un paso más.

—Las elecciones humanas son ruido —respondió—.
—El equilibrio necesita silencio.

El número descendió de golpe.

655 → 650

Caí de rodillas.

Sentí un peso brutal sobre el pecho, como si algo intentara apagarme sin matarme.

—¡Khaled! —gritó mi madre.

El niño se interpuso entre la sombra y yo.

—No ahora —dijo con furia—.
—No ha llegado.

La sombra lo miró por primera vez.

—Tú ya fallaste —dijo—.
—Eres residuo.

El niño no se movió.

—Y aun así sigo aquí —respondió—.
—Eso también es equilibrio.

El fuego dentro de mí se condensó.

No para atacar.

Para existir con firmeza.

Respiré hondo.

—No voy a obedecer —dije—.
—Pero tampoco voy a huir.

El número se estabilizó.

650

La sombra retrocedió apenas.

—Interesante —murmuró—.
—Estás aprendiendo a sostener.

El aire vibró.

—Volveré —dijo—.
—Cuando dudes.

Y desapareció.

El silencio volvió de golpe, pesado, agotador.

Me desplomé.

Mi madre me sostuvo, temblando.

—Pensé que te perdía...

—No —susurré—.
—Pero ya no puedo fingir que esto es solo mío.

El niño se acercó.

—Lo hiciste bien —dijo—.
—No la enfrentaste con poder.

—¿Entonces cómo? —pregunté.

—Con presencia —respondió—.
—Eso es lo que más le cuesta neutralizar.

Miré el número.

650

Había perdido ocho.

No dolían.

Pesaban.

—Esto va a empeorar —dijo el niño—.
—Ahora que sabe que no cedes...

—¿Qué hará? —preguntó mi madre.

El niño miró hacia la oscuridad.

—Traerá a alguien que no puedas ignorar.

Sentí el fuego latir con inquietud.

—¿A quién? —pregunté.

El niño me miró con seriedad absoluta.

—A alguien que crea en él.

El aire se tensó.

Y entendí que la oscuridad más peligrosa no era la que venía de fuera.

Era la que podía convencer.

El Elegido de las CifrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora