Capítulo 17

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Los ecos de una victoria

No celebramos.

Eso debió decirnos todo.

Después de que la sombra se retiró, Larion no volvió a cerrarse de inmediato. El aire se volvió más ligero, casi amable, como si el mundo hubiera decidido concedernos un respiro.

Eso era nuevo.

—Ganaste tiempo —dijo el niño mientras avanzábamos—.
—Y eso aquí se confunde fácilmente con ganar.

El número en mi piel se movió con lentitud.

650 → 649

Solo uno.

Sin dolor.
Sin presión.

Mi madre respiró hondo, como si recién ahora se permitiera hacerlo.

—Está funcionando —susurró—.
—Estás aprendiendo a enfrentarlos.

No respondí de inmediato.

Porque sentía algo raro.

No alivio.
Comodidad.

El fuego dentro de mí estaba estable, casi silencioso. No empujaba. No advertía. Era como si hubiera aceptado un nuevo equilibrio.

Eso me inquietó más que cualquier ataque.

—No te relajes —dijo el niño, como si me leyera—.
—Larion castiga la satisfacción antes que el miedo.

El sendero nos llevó a una zona abierta, un claro amplio donde la luz era más intensa. En el centro había restos de estructuras antiguas, como ruinas de algo que alguna vez fue un refugio.

—Aquí descansan los que creyeron haber terminado —explicó—.
—Los que pensaron: ya pasó lo peor.

Mi piel ardió.

649 → 646

Tres de golpe.

—¿Por qué baja ahora? —pregunté.

El niño miró alrededor.

—Porque estás en calma —respondió—.
—Y el conteo odia la quietud falsa.

Sentí una punzada en el pecho.

—Entonces... ¿no puedo sentirme bien?

El niño se detuvo.

—Puedes —dijo—.
—Pero no puedes quedarte ahí.

El aire se onduló suavemente.

Y algo apareció.

No una sombra.
No una grieta.

Una figura humana.

Era un hombre joven, de rostro sereno, vestido de forma sencilla. Caminaba con tranquilidad, como si Larion fuera su hogar desde siempre.

—Hola —dijo—.
—Llegan más rápido de lo que esperaba.

El fuego se tensó.

—¿Quién eres? —pregunté.

El hombre sonrió.

—Alguien que llegó más lejos que tú —respondió—.
—Y decidió quedarse.

El número bajó.

646 → 645

—No le hables —dijo el niño con urgencia—.
—Él cree en el Arquitecto.

El hombre inclinó la cabeza, divertido.

—¿Así te llaman ahora? —dijo—.
—El niño que no quiso terminar.

—¿Qué quieres? —pregunté.

El hombre abrió las manos.

—Ofrecerte una victoria real —respondió—.
—Un descanso.

Mi madre dio un paso atrás.

—No le escuches.

El hombre la miró por primera vez.

—No te preocupes —dijo con calma—.
—No quiero quitártelo.

El número descendió dos más.

645 → 643

—Solo quiero mostrarle —continuó—
que no todos los finales son necesarios.

El fuego vaciló.

Vi imágenes rápidas: días tranquilos, números detenidos, una vida sin persecución.

—¿A qué costo? —pregunté.

El hombre sonrió con honestidad perturbadora.

—A ninguno inmediato.

El niño se puso delante de mí.

—Miente —dijo—.
—El costo es quedarte.

El hombre suspiró.

—Eso es un prejuicio —respondió—.
—Yo me quedé...
—y sigo siendo yo.

Lo miré.

Y entendí la verdad que nadie decía en voz alta.

—No —dije—.
—Sigues existiendo...
—pero ya no eliges.

El hombre me observó con atención nueva.

—Eso es lo que te han hecho creer —respondió—.
—Elegir cansa.

El número bajó una sola unidad.

642

Sentí el peso de la tentación.

No miedo.
No dolor.

Facilidad.

Respiré hondo.

—No vine a ganar —dije—.
—Vine a terminar.

El hombre cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, la calma había desaparecido.

—Entonces —dijo—
te romperás como todos los que insisten.

Se dio la vuelta.

—Nos veremos de nuevo —añadió—.
—Cuando estés cansado.

Desapareció entre la luz.

El aire volvió a tensarse.

Mi madre me abrazó con fuerza.

—Elegiste bien —susurró.

El niño me miró con algo parecido al orgullo.

—Sí —dijo—.
—Pero cada vez costará más.

Miré el número.

642

Había ganado algo hoy.

Claridad.
Confianza.

Y entendí, con un nudo en el pecho:

Cada victoria que no termina el conteo...
lo hace más exigente.

El Elegido de las CifrasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora