La tercera prueba
La puerta apareció sin aviso.
No distorsionó el aire.
No vibró.
Simplemente estaba ahí.
Era más grande que la anterior, más inestable, como si apenas pudiera mantenerse cerrada. A su alrededor, el sendero estaba marcado con huellas recientes.
—No —susurró el niño—.
—Esto no debería estar activo todavía.
El número en mi piel reaccionó de inmediato.
619 → 617
Dos puntos.
Rápidos.
Urgentes.
—¿Qué pasa? —preguntó mi madre.
No respondí.
Porque ya lo había sentido.
No era la puerta lo que me llamaba.
Era alguien.
Un gemido bajo, ahogado, provenía del otro lado. No una voz clara. No palabras. Solo el sonido inconfundible de alguien que aún no había terminado de perderse.
—Hay alguien ahí —dije.
El niño cerró los ojos.
—Sí —respondió—.
—Un portador joven.
—El conteo casi detenido.
El fuego se agitó con violencia.
—¿Cuánto? —pregunté.
—Dos —dijo—.
—Le quedan dos.
El mundo se estrechó.
—Si cierro la puerta... —empecé.
—No llegará a cero —completó el niño—.
—Se quedará...
—como yo.
Sentí el peso caer sobre mi pecho.
—¿Y si no la cierro? —preguntó mi madre, con la voz rota.
El niño no respondió de inmediato.
—Entonces la puerta se abre del todo —dijo al fin—.
—Y lo que cruce...
—no será solo uno.
El número descendió una unidad más.
616
Sentí el fuego latir con desesperación.
—Esta es la tercera prueba —dijo el niño—.
—No del conteo...
—sino de tu decisión.
Me acerqué a la puerta.
El gemido se volvió más claro.
—No quiero quedarme... —susurró una voz débil—.
—No quiero...
Cerré los ojos.
No podía ver futuros.
No podía calcular consecuencias.
Solo tenía esto.
—Si lo ayudo —pregunté—
¿qué pierdo?
El niño me miró con tristeza.
—Tiempo —respondió—.
—Mucho.
El número bajó.
615
—¿Cuánto? —insistí.
—Tal vez suficiente —dijo—.
—Tal vez no.
Mi madre se acercó, temblando.
—Khaled... —dijo—.
—No tienes que cargar con todo.
La voz del otro lado lloró.
—Por favor...
Sentí algo romperse dentro de mí.
No el fuego.
La idea de que alguna vez esto sería justo.
Extendí la mano hacia la puerta.
El fuego respondió de inmediato, no como poder...
sino como puente.
—Si hago esto —dije—
no será porque me lo exige Larion.
El número descendió una sola unidad.
614
—Será porque aún puedo elegir —continué—.
—Aunque duela.
El niño asintió, con los ojos brillantes.
—Entonces hazlo —dijo—.
—Pero entiende el precio.
Empujé.
La puerta se abrió apenas lo suficiente para que una figura pequeña cayera hacia adelante.
Era un niño.
Más joven que yo.
Con los números marcados en el cuello.
2
El fuego se disparó.
No hacia afuera.
Hacia adentro.
Sentí el conteo desgarrarse.
614 → 580
Grité.
El mundo giró.
Caí de rodillas mientras el niño respiraba con dificultad en mis brazos.
—Está vivo —dijo mi madre, llorando—.
—Está vivo...
La puerta se cerró con un estruendo seco.
El sendero tembló.
El niño —el primero— me miró con una mezcla de horror y respeto.
—Acabas de romper una regla no escrita —dijo—.
—Cambiaste el conteo de otro...
—con el tuyo.
Respiraba con dificultad.
—¿Valió la pena? —pregunté.
El niño rescatado me miró, con miedo... y vida.
—Gracias —susurró.
Miré mi piel.
580
Treinta y cuatro puntos por una vida.
Sentí el fuego estabilizarse, débil... pero firme.
—No sé si esto es equilibrio —dije—.
—Pero es humano.
El niño asintió lentamente.
—Y por eso —respondió—
Larion ya no puede fingir que no existes.
El aire se oscureció.
Sentí esa presión lejana... más cerca que nunca.
—Él lo sintió —dijo el niño—.
—Y no va a dejarlo pasar.
Miré al niño que había salvado.
Luego el sendero que aún quedaba.
Y entendí, con una claridad que dolía:
Cada vida salvada acorta el camino.
Pero también le da sentido.
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El Elegido de las Cifras
Spiritual¿Qué harías si pudieras recordar todo desde el momento de tu nacimiento? Desde el primer segundo, sentir el tiempo avanzar más rápido, notar cómo tu cuerpo crece a un ritmo alarmante y, para colmo, ver números misteriosos aparecer en tu piel. Esta e...
