La cuenta regresiva
El número no debía bajar así.
Eso lo supe incluso antes de mirar.
Mi respiración se volvió pesada, irregular, como si el aire hubiera decidido abandonarme primero. El fuego dentro de mí ya no estaba alerta: estaba desbordado, golpeando contra algo invisible que intentaba contenerlo.
Me llevé la mano al costado.
Los números se movían.
No cambiaban uno por uno.
No descendían con paciencia.
Caían.
796 → 780 → 761
Grité.
No de dolor físico, sino de una presión insoportable, como si cada número que desaparecía se llevara un recuerdo que aún no había vivido.
—¡Khaled! —mi madre cayó de rodillas a mi lado—. ¡Mírame! ¡Respira conmigo!
El bosque reaccionó.
Las hojas comenzaron a girar en círculos. El sendero vibró bajo nuestros pies. Larion ya no observaba: respondía.
El niño retrocedió.
—Esto no es normal —dijo—.
—Alguien está forzando el conteo.
—¿Quién? —logré decir.
El número volvió a caer.
761 → 740
Sentí náuseas.
Visiones fragmentadas: puertas cerrándose, manos marcadas, fuego apagándose antes de nacer.
—¡Deténganlo! —gritó mi madre—. ¡Sea lo que sea!
El niño negó.
—No podemos.
—El conteo solo responde al portador... o a quien lo creó.
Esa frase me atravesó como un cuchillo.
—¿Creado...? —susurré.
El fuego rugió con furia.
Entonces lo sentí.
No una presencia cercana.
Una intención lejana, precisa, consciente.
Alguien había puesto los ojos en mí.
—No mires el número —dijo el niño con urgencia—.
—Si lo observas, se acelera.
Cerré los ojos con fuerza.
El fuego respondió.
No explotó.
Se replegó.
Concentré todo en una sola idea: detenerme.
El mundo pareció contener el aliento.
El descenso se ralentizó.
740 → 739
Solo uno.
Abrí los ojos.
—No es el tiempo —dije, jadeando—.
—Es atención.
El niño me miró con sorpresa.
—Lo estás entendiendo.
Pero ya era tarde.
El aire se partió.
Una grieta oscura se abrió entre los árboles, como una herida mal cerrada. De ella emergió una sombra alta, delgada, sin rostro definido.
El fuego dentro de mí se apagó por completo.
Eso fue lo peor.
—Conteo consciente —dijo la sombra—.
—Has sido localizado.
Mi madre gritó.
—¡Aléjate de mi hijo!
La sombra no la miró.
—No te pertenece —respondió—.
—Nunca lo hizo.
El número cayó de golpe.
739 → 700
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
Caí al suelo.
El niño se interpuso.
—¡No! —gritó—. ¡Aún no! ¡No ha llegado a Larion central!
La sombra inclinó la cabeza.
—Demasiado tarde —dijo—.
—El conteo fue observado.
Extendió algo parecido a una mano.
El fuego respondió por última vez.
No como defensa.
Como advertencia.
Un pulso invisible sacudió el bosque. La sombra retrocedió un paso. La grieta comenzó a cerrarse.
—Interesante —murmuró—.
—Entonces eres más que un portador.
La presencia se disipó.
El bosque quedó en silencio absoluto.
El número dejó de caer.
700
Exacto.
Redondo.
Final... por ahora.
Mi madre me abrazó con desesperación.
—No te vayas... por favor...
Yo respiraba con dificultad.
—No me voy —susurré—.
—Pero ya no estoy solo en esto.
El niño se acercó lentamente.
—Ahora sí —dijo—.
—La cuenta regresiva empezó de verdad.
—¿Qué era eso? —pregunté.
El niño miró el lugar donde la grieta había estado.
—Un recolector —respondió—.
—Y si te encontró...
—otros lo harán.
Miré mi piel.
700
Sentí el fuego volver, débil, herido... pero vivo.
Y entendí algo que me heló la sangre:
El conteo no termina en cero.
Empieza ahí.
ESTÁS LEYENDO
El Elegido de las Cifras
Spiritualité¿Qué harías si pudieras recordar todo desde el momento de tu nacimiento? Desde el primer segundo, sentir el tiempo avanzar más rápido, notar cómo tu cuerpo crece a un ritmo alarmante y, para colmo, ver números misteriosos aparecer en tu piel. Esta e...
