Astra
Treinta y tres días después
Luego de mi tercera serie de abdominales, me eché en la cama bañada en sudor. La última semana había sido particularmente húmeda. No había reloj, pero al tener la misma rutina todos los días, empezaba a predecir las horas y las asociaba con la iluminación del día.
Debían ser cerca de las once de la mañana cuando escuché que se abrió la puerta del pabellón. Ladeé la cabeza con curiosidad, era muy temprano para el almuerzo. De todas maneras, no era tan curiosa como para levantarme y chusmear. El resto de bestias de las otras celdas empezaron a silbar y decir obscenidades, por lo que intuí que se trataba de una nueva reclusa.
Les llamaba bestias, pero no podía quejarme. Desde que había llegado, nadie intentó matarme —por lo menos—. De hecho, muchas me respetaban por lo que creían que le había hecho a Mason; algunas se alegraba porque era el hijo del Gobernador, y otras porque simplemente había matado a un hombre. Aun así, la mayoría había perdido su humanidad en aquella penitenciaría. Había visto dos muertes en esos treinta y tres días, y las dos habían sido por problemas estúpidos durante los recesos. Las dos veces, la que todos llamaban «jefa» de Helsgrave —apodo del Centro Correccional H-02— había apuñalado a chicas que la miraban por demasiado tiempo. Y sus seguidoras vitorearon como animales salvajes.
La guardia de seguridad se detuvo frente a mi celda.
Maldición.
Por precaución, porque todas sabían quién era, mi primer mes en Helsgrave lo pasé en una celda sola. Se había terminado mi mes de gracia.
Me incorporé y miré a las figuras con desdén, apoyando el mentón en mi rodilla.
—Wyse, explícale las reglas a Skell.
La guardia Ormen no era muy elocuente, así que, tras aquello, le dio un empujoncito a mi nueva compañera y cerró la puerta. Seguimos escuchando al resto de las reclusas gritar cosas obscenas, sobre todo porque la tal Skell tenía lo suyo. Aunque era de espalda ancha, músculos muy definidos, y una cicatriz en su labio superior, tenía algo brillante y atractivo en su mirada, y en su seguridad al caminar.
Tenía un cambio de ropa en manos y me miró con pereza.
—¿Qué me miras? —pregunté. Enarqué imitando el aburrimiento en su expresión.
—Estoy esperando a que te muevas de mi cama.
Me tensé. A lo mejor me había tocado otra bestia más y tendría que dormir con un ojo abierto.
—¿Qué te hace pensar que es tu cama?
—Es una litera y la cama de arriba tiene tus cosas, la de abajo está vacía, excepto por tu culo apestoso. Decide la cama que quieras, pero no tengo todo el día.
Levanté media sonrisa.
—¿No tienes todo el día? ¿Y qué tienes que hacer más tarde? ¿Ver el techo? ¿Contar las cucarachas muertas en el suelo? ¿Contar tus pecados? Aquí todas tenemos todo el día, de eso se trata.
—En la televisión te veías simpática... pura facha, supongo.
Me levanté y le hice una seña con la cabeza para que tomara la cama inferior. Sin demora, subí a mi propia cama y me acosté, cubriéndome el rostro con el brazo. No tenía ganas de hablar de Arcadis.
No tenía ganas de pensar en él.
Cada vez que su nombre volvía a mi mente, trataba de pensar en otra cosa. Había leído par de libros de la biblioteca de la prisión, y trataba de re imaginar esas novelas, o recordar mis días de escuela, o las charlas eternas con papá. Por las noches, era un truco efectivo para quedarme dormida.
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Arcadis: El juego ©
Ciencia FicciónAstra es obligada a participar en Arcadis: una serie de juegos donde no todos salen con vida y los que lo hacen, no regresan completos. Para ganar y poder saldar la deuda de su familia, Astra tendrá que hacer aliados y ganar una prueba tras otra. El...
