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Un lindo panda con barriguita abultada, amante de comer bambú, nadar y juguetear por doquier. ¿El problema? Bueno... La facilidad con la que se quedaba dormido en todas partes o atrapado en lugares al jugar con lo que fuese.
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La tarde estaba tranquila. Louis estaba recostado sobre el pecho de Harry en el sillón, con una mantita cubriéndole las piernitas y una película animada de fondo que no estaban viendo realmente. Harry le acariciaba la espalda despacio en círculos perezosos, mientras el omega apenas se movía, sintiéndose seguro y a gusto, su naricita enterrada en el cuello tibio de su alfa. Todo olía a hogar, a Harry, a calma.
Hasta que alguien tocó la puerta.
Louis se tensó de inmediato.
—¿Esperas a alguien...? —preguntó en un susurro bajito, sus ojos azules alzándose con inseguridad.
Nadie nunca les visitaba, era muy extraño tener a alguien en la puerta. Aquello le daban nervios.
Harry parpadeó, sorprendido. —Oh... era una sorpresa, amor. Mis amigos del viejo trabajo, los chicos... ellos querían conocerte y pasar a saludar. Solo un rato.
Louis se incorporó despacito, la mantita resbalando por sus piernas. Le dolió el estómago de repente. "Chicos" era una forma muy sencilla de llamar a tres alfas enormes, y aunque Harry lo decía con ligereza, a Louis le daban ansiedad. No los conocía. No sabía si olerían bien. No sabía si serían ruidosos, invasivos, intimidantes. Ya tenía un nudo en la garganta de los nervios.
Antes de que pudiera decir nada, la puerta se abrió y las voces fuertes llenaron la casa como una tormenta.
—¡Harry, cabrón! —rugió uno de ellos, entrando con una carcajada—. ¡Ya hasta huele a nido aquí, qué bárbaro! Nos desaparecemos un tiempo y te vuelves un Romeo...
—Vaya, esto es otra cosa, eh —soltó otro, más tranquilo pero igual de alto, con una sonrisa cálida y ojos observadores.
—¿Dónde está el bebé de la casa? —preguntó el tercero, un alfa con voz profunda, cargando una bolsita de papel—. Traje algo para él.
El corazón de Louis se apretó y se encogió. El olor era abrumador. Uno tenía aroma a madera húmeda y tabaco; el otro, a pino fresco con tierra mojada; y el último olía a algo más intenso, como cuero y almendras. Todos eran alfas grandes, híbridos de oso pardo, un lobo gris y un búfalo imponente. Su sola presencia llenaba el espacio, haciendo que Louis retrocediera un pasito, nervioso, hasta chocar con el pecho de Harry.
—Shh, tranquilo, bebé... —susurró Harry en automático, abrazándolo con cariño.
Pero Louis no estaba tranquilo.
Al contrario, sus ojitos se veían acuosos, y se pegó con más insistencia al cuerpo de su alfa. Extendió sus bracitos pidiendo ser cargado.
Harry obedeció sin pensarlo, alzándolo y asegurándolo entre sus brazos, protegiéndolo del entorno que tanto lo había abrumado. Louis metió la carita bajo su cuello, tembloroso. No le gustaban los ruidos. No le gustaban los aromas, y menos que lo buscaran con los ojos.