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Un lindo panda con barriguita abultada, amante de comer bambú, nadar y juguetear por doquier. ¿El problema? Bueno... La facilidad con la que se quedaba dormido en todas partes o atrapado en lugares al jugar con lo que fuese.
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Una vez que volvieron a casa, el paseo no terminaba.
La villa estaba envuelta en globos de colores y decoraciones festivas por una fiesta que se celebraba en el parque central de la villa, con luces de papel colgando entre los árboles y mesas largas cubiertas de manteles coloridos. Era una celebración comunitaria organizada por algunas familias locales para festejar la llegada del buen clima. Harry había sido invitado como uno de los vecinos distinguidos —aunque él solo se rió cuando escuchó el título— y Louis, por supuesto, no cabía en sí de emoción.
—¡Harry! ¡Apúrate, quiero llegar antes que Kai! —decía el pandita mientras saltaba en el borde del sofá, con su mochilita en forma de pandita colgada al hombro.
Harry terminó de abotonarse la camisa de lino clara y revisó por tercera vez que Louis llevara todo lo necesario: botellita de agua, pañuelitos, su gorra para el sol, una barra de cereales, y un pequeño frasquito de miel que Louis había metido a escondidas.
—¿Listo, mi amor? —preguntó, extendiéndole la mano.
—¡Sí! ¡Corre alfa, hay que llegar antes que Max!
Ambos salieron rumbo al parque, y al llegar, se encontraron con la alegre algarabía de una tarde festiva. Niños y omegas corriendo, olores dulces en el aire, música suave desde los altavoces del centro y muchos vecinos sentados en mantitas sobre el césped o charlando alrededor de las mesas.
Kai y Max ya estaban ahí. También Dani y su alfa Iván, y Ben con su pequeño Leo. Todos los omegas se reunieron en cuanto se vieron, dando brinquitos, abrazos torpes y hasta un par de lamidas de cariño que provocaron sonrisas tímidas.
—¿Vamos al pastito a jugar a los lobitos? —propuso Kai con emoción.
Louis asintió enseguida. —¡Sí! ¡Yo quiero ser el lobo! ¿Puedooo?...
Los pequeños corrieron al campo abierto al borde del parque, riendo, rodando por el pasto, chillando cuando alguno se "comía" a los otros con mordiditas suaves. Mientras tanto, los alfas se instalaron en la sombra de un árbol grande, con cervezas de raíz en mano y charlas sobre trabajo, cacerías recientes, y alguna que otra anécdota sobre lo difíciles que son los celos de sus parejitas.
—Lou está tan feliz —murmuró Harry con una sonrisa relajada, observando al pandita rodar por el pasto hasta chocar con Kai.
Pero no todos los adultos estaban encantados con la energía inocente de los menores.
Desde una mesa al otro lado del campo, una señora zorro de pelaje grisáceo, traje beige y rostro severo los observaba con creciente desaprobación. Ya desde que llegaron los pequeños, había fruncido el ceño. Al principio se limitó a cuchichear con otra señora mayor, pero en cuanto escuchó una carcajada particularmente fuerte —provocada por un tropezón cómico de Leo— se levantó con decisión.