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Un lindo panda con barriguita abultada, amante de comer bambú, nadar y juguetear por doquier. ¿El problema? Bueno... La facilidad con la que se quedaba dormido en todas partes o atrapado en lugares al jugar con lo que fuese.
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El aire de la cabaña olía a madera tibia, a fogata calcinada y a calma. Era temprano, muy, muy temprano. Los rayos del sol apenas empezaban a colarse por las rendijas de las ventanas, y todos los cuerpos seguían profundamente dormidos bajo sus mantas revueltas.
Todos, menos uno. Pequeñito y suave.
Louis.
Abrió los ojos de golpe, pestañeando con fuerza como si acabara de recordar algo muy emocionante. Su naricita redonda se frunció un poco al olfatear el aire, y su pelito oscuro, enmarañado por la noche, se levantaba en mechones suaves sobre la almohada. Tardó menos de dos segundos en notar que el pecho enorme de Harry subía y bajaba contra su espalda: el alfa seguía profundamente dormido, con un brazo pesado aún sobre su cintura, manteniéndolo pegado a su torso.
Pero Louis tenía energía. Demasiada energía. Seguramente el haber dormido tanto durante el día no había sido una idea tan buena.
Se deslizó como un gusanito debajo del brazo de su alfa, dejando un huequito calentito en las mantas, y se puso de pie sin hacer ruido. Sus piecitos descalzos tocaron el suelo de madera, y al instante se agachó para recoger el hoodie del tigre, se lo puso encima de la pijama y alcanzó a ponerse también su calzoncito. Su colita asomada por detrás, moviéndose de un lado a otro con pura emoción contenida.
Miró alrededor.
Todos dormían.
¿A qué juego solito?... pensó, inflando un poco las mejillas.
Caminó en puntitas hasta la cocina, con sus manitas juntas detrás de la espalda, y se detuvo frente a la mesita del desayuno. Una idea le iluminó los ojitos azulados.
Primero, agarró una cucharita de madera y empezó a dar golpecitos suaves en los frascos de mermelada, como si fueran tambores, sin hacer mucho ruido. Luego, se trepó a una silla y comenzó a hacer torrecitas con las tazas del desayuno, cuidadosamente, intentando llegar hasta el cielo. Cuando una casi se cae, jadeó pero soltó una risita bajita cuando la atrapó justo a tiempo.
Siguió su camino, arrastrando su mantita por el suelo como si fuera una capa. Fue afuera un momento, solo para oler el aire fresco, y regresó con un ramito de flores silvestres que puso sobre la almohada de Harry. Le faltaba gente con quien jugar, pero eso no le impedía intentar hacer sonreír a su alfa dormilón.
El último acto fue el más arriesgado: se paró frente al espejo de la sala y se puso la capucha del hoodie, bajándola justo sobre sus ojos. Se puso a hacer caras, sacando la lengua, apretando las mejillas, empujando su nariz contra el vidrio mientras se hacía reír a él mismo.
Hasta que una sombra apareció a su espalda.
—¿Lou...? —gruñó una voz ronca, recién despertada, llena de arrastre.
Louis saltó en su lugar.
Harry estaba en la puerta, descalzo, despeinado, con los pantalones bajos de su pijama colgando en la cadera y los brazos cruzados sobre el pecho desnudo. Lo miraba con esos ojos verdes rasgados medio cerrados y el ceño fruncido intentando despejar su vista.