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El sol se alzaba perezoso sobre la villa, filtrando sus rayos a través de las cortinas blancas del dormitorio de Louis y Harry

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El sol se alzaba perezoso sobre la villa, filtrando sus rayos a través de las cortinas blancas del dormitorio de Louis y Harry. El canto de los pajaritos, las hojas del gran árbol moviéndose con el viento y el zumbido sutil de las abejas en el jardín se mezclaban con el sonido más tierno del universo para Harry: los suspiros dormilones de su pequeño omega, que seguía hecho un ovillito bajo las sábanas, aferrado a la almohada como si le fuera la vida en ello.

—Lou... —murmuró Harry con voz ronca, acariciándole suavemente la espaldita desnuda—. Es lunes, amor. Hay escuelita...

—Mmnh... no quiero... —gimió el pandita, restregando su mejilla contra la almohada—. Quiero quedarme contigo... dormir más...

Harry sonrió, enternecido. Besó la cabecita despeinada de Louis y le susurró dulzuras en el oído mientras lo ayudaba a sentarse en la cama. Louis se frotó los ojitos, todavía soñoliento, y bostezó como un osito perezoso.

—Tengo una idea —dijo Harry mientras se levantaba para ir a la cocina—. Si te apuras, preparo hot cakes con forma de osito.

Louis alzó la cabeza de golpe, ojos brillantes.

—¿Con miel?

—Y fresas —agregó el tigre con una sonrisa adornada de hoyuelos.

En menos de diez minutos, Louis ya estaba bañado, peinadito, y vestido con su uniforme veraniego de la escuela: una camisa de lino blanca, pantalones cortos caqui, sus zapatitos de charol negros y unas calcetines hasta los tobillos. Se sentó a la mesa, balanceando los pies mientras esperaba su desayuno, mirando a Harry con adoración mientras este cocinaba.

Tras comer y lavarse los dientes juntos, llegó la hora de partir. Harry lo acompañó hasta la puerta de la escuela, igual que siempre.

—Te veo a la salida, mi amor —dijo, inclinándose para abrazarlo—. Te amo.

—Yo también te amo, Harry... —respondió Louis en un susurro, apretándose a él por un momento largo—. No tardes mucho, ¿sí?

—Nunca tardo. Siempre llego por ti, bebé.

Y así, Louis entró en su escuelita, una construcción luminosa y acogedora, rodeada de jardines y patios. Era un lugar pacífico, adaptado a sus estudiantes más sensibles y dulces. Al entrar al salón, fue recibido por Niall, ese zorro de cabellos rojizos.

—¡Lou! —exclamó el zorro con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Dormiste bien? ¿Cómo está tu tigre?

—Bien... no quería levantarme, pero él me prometió hot cakes con fresas y miel y... —Louis se encogió de hombros, como si eso justificara cualquier cosa.

La jornada comenzó con clase de Literatura, donde estuvieron leyendo cuentos clásicos adaptados a su nivel. Louis participó tímidamente cuando la profesora le pidió que leyera un párrafo en voz alta. Luego tuvieron un pequeño descanso para comer frutas frescas. Louis compartió algunas rodajas de kiwi con Niall, quien a cambio le dio trocitos de mango seco mientras el pandita platicaba por lo bajo lo mucho que le había gustado el pequeño viaje express con todos sus nuevos amiguitos.

My little PomPomHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora