Capitulo 24

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Ya habían pasado casi tres semanas desde el accidente automovilístico. Me estaba recuperando bien, ya podía comer e ir al baño. Las enfermeras me habían retirado la venda y tenía un pequeño tajo al costado de la cabeza que seguramente me dejaría una cicatriz.

Santiago había venido en esos días a hacerme compañía. La verdad es que le estaba muy agradecido. Él era mi amigo, más que eso, es un hermano, y nos apoyamos mutuamente. Es un buen hombre y, a la vez, un buen padre. Ha pasado por tanto.

Toc, toc. Tocaron a la puerta. Me levanté con dificultad para abrir, y era Santiago, que traía algo de comer.

— Qué bueno verte de nuevo —dije, apenas podía mantenerme en pie

— ¿Qué me extrañaste? Mira, traje comida china, espero que te guste.

—¿Qué asco? ¿Por qué traes eso? Habiendo tantas tiendas de comida, me traes comida china. Sabes que no me gusta esa mierda —dije.

—Por eso mismo te lo traigo, para que cambies esa forma de juzgar la comida de los países — comentó Santiago.

—La enfermera dijo que me darían el alta pronto, así que ya podré volver a casa — exprese seriamente.

—Qué bien, Alfa, esa es una buena noticia — respondió Santiago.

—Sí, solo espero que no esté ya sabes quién. No quiero que haga preguntas —expresé, aún con dolor en mi pierna.

Me habían puesto un yeso, así que estaba usando muletas para poder trasladarme. Era un poco vergonzoso, la verdad. Pasar de caminar bien a usar muletas... ¿Qué más podría pasar?

Comenzamos a comer. Estaba muerto de hambre. En este hospital me daban comida sin sal y un pequeño pedazo de postre. Siendo un hombre que estaba acostumbrado a echarle cierta cantidad de sal a su comida y, además de eso, no me gustaba que la porción de postre fuera demasiado pequeña. Aquí solo te daban un pequeño muffin y ni siquiera tenía relleno de algo. Era bastante deprimente, así que la comida china valía oro para mí en este momento.

...

—¿Es cierto que en los hospitales te dan la comida sin sal? — preguntó Santiago, y sus labios formaron una sonrisa.

—Sí, es para evitar que tu salud se haga más daño o algo así. No lo recuerdo, carajo, ¿por qué me haces esas preguntas? — dije.

—Tranquilo, volvió el gruñón Alfa nuevamente — resoplo
Santiago —. Nunca he estado en un hospital, aparte de la vez que Chandia tuvo a mi hijo. Pero esa vez ni siquiera fui al parto, ya sabes.

—Y espero que jamás lo estés. Es lo peor y más deprimente del mundo. Oler a alcohol etílico todo el tiempo no es nada divertido, y sobre todo que las enfermeras entren a cada rato a revisar si estás bien. Anoche entraron tres veces a la habitación, no pude casi dormir.

— Excusas a las pobres chicas, por favor, Alfa —rio Santiago—. Están haciendo su trabajo.

—Me importa una mierda. Ya sabían que estaba recuperándome, ¿para qué entrar tantas veces? — dije, decidiendo tomar un tenedor porque los palitos chinos no ayudaban, y estaba comenzando a estresarme.

En eso, una de las enfermeras más jóvenes entró.

—Señor, disculpe... ¿Cuál es su nombre?

—Alfa —dije, mirándola seriamente

— Oh, ah, señor Alfa, en una hora ya puede irse. Recuerde seguir haciendo reposo en estos cinco días y le avisaremos cuando podrá quitarse el yeso — informó la enfermera, que me observó extrañada con respecto a mi nombre.

AlfaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora