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—Ya que es imposible salir de este maldito lugar de mierda —gruñó Yunho, bajando la cabeza, con el sudor frío bajándole por la nuca—Al menos déjame caminar libremente, solo eso, no me sigas, no me hables, necesito pensar

Mingi lo miró en silencio, parpadeó despacio, había algo en la forma en que Yunho lo miraba que lo desarmaba más que cualquier golpe y aún así, asintió

—Haz lo que quieras —dijo con la voz baja, ronca, como si se hubiera tragado algo que no podía escupir—No puedes irte, así que no voy a seguirte

Yunho no dijo gracias, no tenía ganas de ser amable, se giró de inmediato y comenzó a caminar por el lugar, con pasos largos, pesados, con los puños cerrados a los costados. Pasó por las habitaciones vacías, por los restos de muebles cubiertos por sábanas, por los ventanales sellados igual que aquella maldita puerta, todo parecía más claustrofóbico sabiendo que no había una salida real, Yunho caminó en círculos, como un lobo herido, cada paso era un intento de ordenar sus pensamientos, pero todo lo que hacía era volver a la misma maldita pregunta

¿Por qué Mingi lo había traído ahí?

Se detuvo frente a una puerta entreabierta, el cuarto estaba cubierto de papeles, cuadernos, cosas que él no no había visto antes. Entró, no escuchó pasos, Mingi había cumplido su palabra. Caminó hasta una mesa y encendió una lámpara vieja, el foco chisporroteó antes de alumbrar tenuemente pero antes de inspeccionar el lugar sintió unos pasos cerca

—No deberías estar aquí —dijo una voz a lo lejos

Yunho se giró de golpe, Mingi estaba en el umbral, sin moverse, no había entrado, pero tampoco se había ido del todo

—Te dije que no me siguieras —espetó Yunho, con los ojos encendidos

—No lo hice, pero realmente no hay muchos lugares donde esconderse —respondió, apoyando el hombro contra el marco de la puerta

Silencio, un silencio denso, pesado, casi pegajoso, de esos que se cuelan en los pulmones y los apagan por dentro, Yunho desvió la mirada, incómodo, esa habitación parecía latir con una memoria ajena, una memoria que no le pertenecía, pero lo observaba desde cada rincón

—¿Cómo vamos a salir de aquí? —preguntó al fin, con la voz grave, cargada de cansancio

Mingi tardó en responder, sus ojos recorrieron los libros, los papeles antiguos, las manchas de cera seca en el suelo, como si esperara que alguno de esos objetos le diera la respuesta que él mismo no tenía

—Esa puerta no es como las demás —dijo por fin, con una seriedad fría—Está sellada a voluntad

—¿A voluntad? —Yunho frunció el ceño—¿Qué mierda significa eso?

—Significa que tienes que querer abrirla, de verdad, desde lo más profundo

Yunho rió, pero no era una risa real, era una burla cargada de veneno, una carcajada que parecía dolerle en la garganta

—Entonces estás diciendo que esa puerta no se abre… porque no quieres que se abra

—No es eso —Mingi negó, rápido, dando un paso adentro sin siquiera notarlo—Intenté abrirla, de verdad, pero no funcionó, no lo entiendo, es como si una parte de mí… no pudiera, o no quisiera, ni yo sé qué me pasa

Yunho lo miró con los ojos entrecerrados, se acercó lentamente, hasta quedar frente a él, muy cerca, demasiado cerca para dos personas que se arrastraban con tanta rabia entre los huesos

—¿Y qué se supone que tenemos que hacer? ¿Un círculo de confianza? ¿Llorar nuestros traumas? ¿Cantar hasta que mágicamente tengamos una epifanía?

Mingi no respondió al sarcasmo, su rostro seguía igual de serio

—Tal vez… la única forma en que abra —dijo, en voz baja, casi como un secreto—Sea que tú y yo… dejemos de ser lo que somos ahora, que dejemos de vernos como enemigos, que nos acerquemos, que… arreglemos esto, tal vez pueda funcionar

Yunho parpadeó, abrió la boca para decir algo, pero se arrepintió, dio un paso atrás

—Entonces estamos jodidos —murmuró con una sonrisa amarga—Bien jodidos, así que, prepárate para pasar la eternidad conmigo, vampiro

—Si de verdad quieres salir… deberías intentarlo

—¿Intentarlo? ¿A qué? ¿A confiar en ti? ¿A abrirme contigo? ¿A perdonarte? —negó con la cabeza lentamente, sin quitarle los ojos de encima—Jamás, nunca haré eso

Mingi no respondió, no intentó convencerlo, no suplicó, simplemente caminó hacia la mesa con pasos firmes, empezó a cerrar los libros con movimientos casi reverentes, recogiendo papeles, guardando cuadernos, como si cada objeto pesara más que el anterior. Cada chasquido de un libro cerrándose sonaba como una sentencia. Yunho se quedó de pie, mirándolo en silencio, no por curiosidad, había algo en la manera en que Mingi tocaba esas cosas, algo casi sagrado, como si cada hoja estuviera escrita con sangre de su sangre. Entonces Mingi alzó la mirada

—¿Qué miras? —soltó de golpe, sin suavidad—Sal de aquí, no deberías haber entrado, este lugar no es para ti, es sagrado

El tono no era agresivo, pero tampoco había espacio para discusión, era firme, definitivo. Yunho resopló, giró sobre sus talones sin decir una palabra, con los hombros tensos y salió de la habitación. La puerta quedó entornada, sin cerrarse del todo, como una herida abierta. Adentro, Mingi siguió guardando en silencio lo que quedaba de su pasado. Afuera, Yunho volvió a caminar sin rumbo, pero con el pecho lleno de algo nuevo, una rabia más densa, más ciega… o quizás, solo una tristeza disfrazada

 Afuera, Yunho volvió a caminar sin rumbo, pero con el pecho lleno de algo nuevo, una rabia más densa, más ciega… o quizás, solo una tristeza disfrazada

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Los pasos de Yunho resonaban sordos en el pasillo, cada uno parecía perderse en la nada, como si el eco se lo tragara. Afuera, el aire era espeso, cargado de humedad y un silencio antinatural que se le pegaba a la piel como una amenaza constante. Se detuvo frente a una pared, con las manos en los bolsillos y los ojos clavados en el vacío

¿De verdad tendría que acercarse a ese vampiro para salir de ahí?

La pregunta no dejaba de morderle el cerebro. No había señales del exterior, ni una rendija de viento, ni un maldito sonido. Ese lugar era como una burbuja aislada del mundo, nadie los iba a encontrar, nadie y eso no era una sospecha… era una certeza que le pesó en el pecho como una piedra fría. Apoyó la frente contra la pared, cerró los ojos.
Pensar en Mingi aún le revolvía el estómago, era su culpa, todo, cada segundo desde el secuestro, desde la batalla, ¿Y ahora encima tenía que… qué? ¿Perdonarlo? ¿Arreglar las cosas? ¿Conectarse emocionalmente para abrir una puerta mágica? No, no tan fácil, no tan barato. Quizás no lo admitiría en voz alta, pero… una parte de él sí quería salir. Claro que quería, no era idiota, pero si iba a tragar su orgullo, si iba a tender una mano hacia ese maldito vampiro, tenía que conseguir algo a cambio, algo importante. Solo entonces, tal vez, podría fingir que lo perdonaba.

La idea lo hizo apretar los dientes, no quería pensar en eso. Volvió a caminar, ahora más despacio, mientras la casa parecía observarlo con ojos ocultos entre las sombras de las esquinas. Una cosa era segura, no iba a ceder todavía, primero, descubriría qué había ahí adentro, qué escondía Mingi, qué era tan sagrado en esa habitación como para exigirle que saliera y entonces sí, decidiría si valía la pena romper el muro entre ellos… o derrumbarlo con rabia

𝘽𝙡𝙤𝙤𝙙 𝙋𝙖𝙘𝙩 [𝙔𝙪𝙣𝙜𝙞]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora