La mansión de Eren se erguía en la penumbra como un templo de mármol y silencio. Las luces exteriores apenas delineaban los contornos de la fachada imponente, bañando de destellos dorados las columnas que sostenían el pórtico. Cuando el coche se detuvo frente a la entrada principal, Armin ya no mostraba aquella torpeza absoluta de la discoteca, pero aún quedaba en su sonrisa ese aire embriagado, esa liviandad peligrosa que convierte los gestos en infantiles y las palabras en armas descontroladas.
Eren apagó el motor con un suspiro, largo y pesado, y durante unos segundos permaneció quieto, con las manos apoyadas sobre el volante, contemplando el vacío de la noche. No quería girarse y enfrentarse a esa mirada vidriosa, tan ingenua y tan insolente al mismo tiempo, porque sabía que bastaba con verla para perder el hilo de su autoridad. Sin embargo, finalmente cedió, y sus ojos se encontraron con los de Armin, que lo observaba con un brillo travieso, como si la tensión anterior nunca hubiera existido.
—Vamos —murmuró Eren, bajando del coche con esa solemnidad que intentaba mantenerlo siempre por encima de las emociones—. Necesitas descansar.
Armin, arrastrando un poco los pies, lo siguió hasta el interior. Apenas cruzaron el umbral, la amplitud de la mansión los envolvió: techos altos, lámparas de cristal que parecían flotar, y un silencio tan espeso que cada movimiento de ambos resonaba como un eco indiscreto.
Eren condujo sus pasos hasta la cocina, encendió una luz tenue y se acercó al refrigerador. Sin decir nada, llenó un vaso con agua fría y lo colocó delante de Armin, que se había dejado caer en una de las sillas como si se tratase de un niño rebelde castigado.
—Bebe —ordenó, con la voz grave, carente de toda dulzura.
Armin arqueó una ceja, y aunque obedeció, no lo hizo sin antes soltar una risita ligera, de esas que desarmaban la severidad de Eren. Tomó el vaso entre sus manos pequeñas, lo llevó a los labios y bebió despacio, exagerando la acción como si estuviera burlándose de la paciencia de su anfitrión.
—¿Qué? —preguntó Armin al notar la mirada fija de Eren—. ¿Me vas a castigar por reírme también?
El mayor cerró los ojos un instante, conteniendo el impulso de responder con dureza. Se limitó a apoyarse en la encimera, cruzando los brazos sobre el pecho, con sus bíceps tensos bajo la tela de la camiseta. Esa simple postura fue suficiente para que Armin desviara la vista hacia sus brazos, contemplándolos con descaro, y un rubor imperceptible le tiñó las mejillas.
El ambiente se volvió denso. Había una incomodidad palpable, como si las paredes mismas hubiesen presenciado lo ocurrido en la discoteca y ahora los juzgaran. Pero junto a esa incomodidad, hervía algo más profundo: un deseo latente, un magnetismo que los empujaba a buscarse a pesar de todo.
Armin jugueteaba con el vaso vacío, pasándolo de una mano a otra, mientras sus ojos, incapaces de sostener demasiado tiempo los de Eren, viajaban por cada línea de su cuerpo. La rigidez de la mandíbula, la sombra de la barba mal rasurada, el fuego contenido en esa mirada que parecía a punto de quebrarse.
Eren, por su parte, intentaba convencerse de que debía mantener las distancias. Que su papel era el del adulto, el que debía poner límites, el que no podía permitirse titubear. Pero cada movimiento de Armin —ese morderse inconsciente el labio inferior, ese inclinarse hacia adelante como si acortara la distancia— lo empujaba a traicionar sus propias normas.
Armin, con los párpados a medio caer y las mejillas teñidas de ese rubor que delataba tanto el alcohol como el calor de sus emociones, bebió de nuevo a regañadientes, dando pequeños sorbos entre resoplidos.
Eren lo observaba desde el otro lado, con los brazos cruzados sobre su pecho musculoso, sintiendo una extraña mezcla de fastidio y excitación. Había algo casi intolerable en la forma en que Armin reía bajo la nariz, como un niño travieso, en contraste con ese cuerpo que, a pesar de su aparente fragilidad, ya conocía desnudo, ya había sentido estremecerse contra el suyo. La contradicción lo enloquecía.
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Desire || Eremin
RomanceArmin es el mejor amigo de Sasha. Sasha tiene un papá viudo llamado Eren. A Armin le atrae Eren. A Eren le atrae Armin. No hay nada más simple que eso, pero las cosas se empiezan a torcer cuando el deseo que sienten el uno por el otro acaba vencien...
