"Días Soleados"

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-Continuación-

El sol de las nueve de la mañana en Acapulco no calienta; acaricia. Es un sol dorado, juguetón, que se cuela entre las persianas de bambú de la villa con vista al Pacífico y pinta rayas de luz sobre la enorme mesa de desayuno donde ya reinaba el aroma a café recién colado, pan dulce y fruta tropical.

En el centro de aquel pequeño universo doméstico y lujoso a la vez, dos mujeres, organizaban el caos mañanero con la elegancia de quien dirige una orquesta sinfónica. Ana Gabriel, con su rostro sereno y su voz de terciopelo ronco, intentaba persuadir al pequeño Alex, de cinco años, para que se comiera el último bocado de su cereal.

-Un bocado más, mi torito -decía Ana, con esa ternura que solo sus más cercanos conocían-. Para que tengas fuerza para construir el castillo de arena más grande de la playa.

Al otro lado de la mesa, Verónica Castro, radiante con un kaftán de seda estampado y el cabello recogido con despreocupada perfección, sostenía en brazos a su hija, Alexa, de cuatro años, que se negaba a que le aplicaran bloqueador solar.

-Pero, mami, pica -protestaba la pequeña, frunciendo el ceño en un gesto que era la viva imagen del de Verónica en sus años de "Rosa Salvaje".

-Cariño, si no te lo pones, el sol te pondrá color camarón y no podremos jugar en el agua -explicaba Verónica, con esa voz melodiosa que había hechizado a millones, ahora usada en la negociación más importante del día. Finalmente, con la promesa de que le dejaría elegir sus flotadores de piscina, Alexa cedió.

Así comenzaban sus días en Acapulco. Lejos de los reflectores, los vestuarios glamurosos y las giras agotadoras, Ana y Verónica habían encontrado en esta porción de paraíso mexicano el escenario perfecto para su más preciado proyecto: la familia. Se habían conocido décadas atrás, en el cruce de sus brillantes carreras, y una amistad profunda y llena de complicidad había dado un giro natural hacia un amor sólido y sereno. Ahora, casadas y con dos hijos, cada momento juntas era una canción de cuna mezclada con un bolero apasionado.

La playa era su santuario. Armadas con sombrillas de colores, neveras portátiles llenas de jugos frescos, juguetes de playa y una manta inmensa, la familia descendía hacia la arena dorada como una pequeña procesión feliz. Alex corría delante, con su balde y su pala en alto, mientras Alexa, más cautelosa, se aferraba a la mano de Verónica.

-Despacio, Alex -advirtió Ana con una sonrisa-. Recuerda que las olas son juguetonas, pero hay que respetarlas.

Encontraron su lugar habitual, cerca de la orilla pero protegido por una roca que formaba una pequeña caleta natural. Mientras Verónica desplegaba la manta y fijaba la sombrilla, Ana se arrodilló en la arena con los niños para trazar el plano de su castillo.

-Yo haré la torre más alta -anunció Alex, hundiendo sus manos en la arena húmeda.

-Y yo pondré las conchitas -agregó Alexa, sacando con solemnidad una colección de pequeñas caracolas que guardaba como tesoros.

Verónica se sentó a observarlos, sus gafas de sol ocultando una mirada llena de puro amor. Se recostó ligeramente sobre Ana, que se había sentado a su lado, y sus manos se encontraron de forma natural, entrelazándose sobre la arena.

-¿Recuerdas cuando mi mamá nos descubrió dandonos un beso en el camerino ? -murmuró Verónica, con un dejo de nostalgia divertida.

-Ana soltó una risa baja y cálida. - Como olvidarlo Vero , estuve dos semanas sin poder mirarla a los ojos .

-Nunca imaginé que lo que comenzó como un error ha concluido en esto tan hermoso- Vero miraba a sus hijos con amor .

-Mira lo que hemos construido. Esto sí que es un éxito mi amor .- Ana le besó la frente y le dió un abrazo antes de perderse en la arena con los niños

"Esta vez si se pudo "Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora