"Llamada Argentina"

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El domingo por la tarde había caído una lluvia suave que pintaba de gris acogedor el cielo mexicano. Verónica, aprovechando la calma doméstica mientras Ana ayudaba a los niños a construir un fuerte de cojines en el salón, decidió ponerse al día con una de sus amistades más queridas y lejanas.

Se sentó en el rincón iluminado del comedor, con su tablet apoyada sobre la mesa, y marcó el número de video llamada. Al tercer tono, apareció la sonrisa amplia y carismática de Susana Giménez, desde su luminoso departamento en Buenos Aires.

“¡Verito, corazón! ¿Cómo está mi actriz favorita en México?” saludó Susana con su voz inconfundible, cálida y llena de vida. Llevaba un chal de colores vivos y unos pendientes grandes que centelleaban.

“¡Susana! Estoy bien, mejor ahora que te veo. ¿Y vos? Cuéntame todo,” respondió Verónica, arrellanándose en la silla. La conexión con su amiga argentina siempre le subía el ánimo; era como una inyección de energía directa y sinceridad porteña.

Comenzaron a charlar. Hablaron de los proyectos de Verónica, de la última obra de teatro de Susana, de los chismes sanos del ambiente. Cuando Susana preguntó, con ese tono cómplice que tenía, “¿Y cómo está esa divina de Ana? ¿Sobrevivieron al lío de la Yolanda?”, Verónica lanzó una mirada hacia el salón y bajó un poco la voz.

“Estupendamente, en realidad. Fue agotador, pero al final…”

No pudo terminar la frase. Sintió un suave roce en su nuca, seguido de un beso ligero como una pluma justo debajo de la oreja. Un estremecimiento de placer le recorrió la espalda antes de que su cerebro procesara lo que ocurría.

Ana se deslizó a su lado, pasando como una silenciosa apparición. Con una sonrisa juguetona y sin decir una palabra, dejó ese beso furtivo y, como si nada, continuó su camino hacia la cocina, fingiendo buscar algo en el armario de las tazas.

Verónica, atrapada entre la sorpresa y la ternura, se sonrojó ligeramente y trató de retomar el hilo. Susana, desde la pantalla, había visto el movimiento y arqueó una ceja con expresión de total divertimento.

“¿Todo bien, Verito? Se te ve un poco… distraída,” dijo Susana, con una sonrisa que ya era pura picardía.

“Sí, sí, perdón. Es que… Ana anda suelta,” rió Verónica, tratando de recuperar la compostura.

Retomaron la conversación. Hablaron de los niños, de lo rápido que crecían. Verónica estaba relatando la anécdota de cómo Alexa había intentado peinar a Alex con su propia pasta de dientes, cuando sintió de nuevo la presencia. Esta vez, Ana se acercó por el otro lado. Se inclinó como para recoger una migaja imaginaria de la mesa y, en el movimiento, depositó otro beso, esta vez en el lado expuesto del cuello de Verónica, justo donde latía su pulso.

Verónica hizo una pausa involuntaria, un pequeño jadeo que no pasó desapercibido.

“¡Ay, por Dios!” exclamó Susana, riendo abiertamente ahora. “¿Hay una polilla muy cariñosa por ahí, Verónica, o es que tu esposa no puede mantener la boca quieta?”

Ana, que ya se retiraba de nuevo hacia el salón, esta vez se volvió y apareció en el marco de la pantalla de la tablet. Saludó a Susana con la mano, con una inocencia perfectamente fingida.

“¡Hola, Susana! Perdón por la interrupción. Solo venía a saludar,” dijo Ana, con una dulzura exagerada.

“¡Hola, nena! No te preocupes, interrumpe todo lo que quieras. A esta amiga tuya se le está poniendo la voz un poco… ronca,” bromeó Susana, guiñándole un ojo a Ana.

Verónica lanzó una mirada de “ya basta” a Ana, que esta respondió con un brillo travieso en los ojos antes de desaparecer de nuevo. Pero Ana no había terminado.

La tercera vez fue la más descarada. Verónica hablaba de una posible gira de trabajo cuando Ana reapareció, esta vez directamente detrás de su silla. Se inclinó, rodeó suavemente sus hombros con los brazos en un abrazo fugaz y, ante la atenta mirada de la cámara y la expresión de júbilo absoluto de Susana, dejó una serie de tres besos pequeños y seguidos a lo largo de la clavícula de Verónica.

“¡Bueno, ya está bien!” protestó Verónica, riendo sin poder evitarlo, mientras se encogía ante el cosquilleo. “¡Me estás poniendo en un compromiso!”

“¿Compromiso? ¡Pero si yo no estoy viendo nada!”, dijo Susana, llevándose una mano al corazón con dramatismo. “Solo veo a una mujer que está teniendo… dificultades técnicas para concentrarse en la conversación. Debe ser la humedad, ¿no, Ana? ¿O será la calefacción?”

Ana, todavía abrazando a Verónica por detrás, apoyó la barbilla en su hombro y apareció de lleno en pantalla, mirando a Susana con complicidad.

“La calefacción anda muy alta hoy, Susana. No sé qué pasa,” dijo Ana, con total falsa ingenuidad.

Susana soltó una carcajada que resonó por toda la casa a través de los altavoces. “¡Ay, queridas, me encanta! ¡Qué lujo de problemas tener! Mira, Verónica, yo te llamaba para ver si necesitabas desahogarte por lo de los periódicos, pero veo que tienes un método de… descompresión mucho más eficiente y divertido que hablar conmigo.”

Verónica, ahora completamente colorada pero feliz, se giró lo suficiente para poder dar un beso rápido en los labios a Ana, que seguía pegada a ella. “Es incorregible,” le dijo a Susana, pero su tono era de absoluta adoración.

“Incorregible y con muy buen gusto, nena,” corrigió Susana. “Bueno, yo las dejo. No quiero interrumpir… la sesión de terapia. Cuídense mucho. Y Ana,” añadió, señalando con el dedo índice a través de la pantalla, “sigue así, que le sienta de maravilla. ¡Un beso enorme a las dos!”

Cuando la pantalla se oscureció, Verónica se dejó caer contra el respaldo de la silla, todavía sonriendo. Ana se sentó en el borde de la mesa, frente a ella.

“¿Te he avergonzado?” preguntó Ana, pasando un dedo por el cuello de Verónica, donde aún quedaba el rastro de sus besos.

“Horriblemente,” confirmó Verónica, atrapando su mano y besándole la palma. “Y lo volverías a hacer.”

“Sin duda,” admitió Ana, con una sonrisa ancha y satisfecha. “Es que escuchaba tu voz desde el salón, hablando tan seria… y no pude resistirme. Además, Susana lo disfrutó más que nosotras.”

Desde el salón, llegó el estruendo del fuerte de cojines derrumbándose, seguido de risas y un “¡Mamá Ana, ven!”.

Ana suspiró, de felicidad esta vez. “Me reclaman.”

“Ve,” dijo Verónica, dándole un último empujón suave. “Pero esta noche,” añadió, bajando la voz a un susurro lleno de promesa, “la terapia de descompresión la continúo yo.”

El brillo en los ojos de Ana fue toda la respuesta que necesitó. Y mientras Ana corría hacia el salón a rescatar a los niños de entre las ruinas de su fuerte, Verónica se quedó un momento más en la silla, acariciando su propio cuello y riendo suavemente. Los rumores, el estrés, la mirada pública… todo se desvanecía ante la realidad tangible, cómica y profundamente amorosa de su vida. Una vida donde incluso una llamada internacional podía convertirse, gracias a los besos furtivos de Ana y al humor de Susana, en el mejor espectáculo del domingo

"Esta vez si se pudo "Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora