El aire nocturno de la ciudad de México era fresco, cargado con el aroma a tierra mojada de una lluvia reciente. Ana cerró la puerta del coche con un suspiro que parecía sacar todo el peso de la noche. A su lado, Verónica ajustó la blusa alrededor de su cuello, sus ojos brillando con cansancio y alivio.
"Nunca más," murmuró Ana, enlazando su mano con la de Verónica mientras caminaban hacia el portal de su casa. "No importa lo que diga Yolanda, no volvemos a dar una rueda de prensa a las diez de la noche solo para aclarar sus 'malentendidos'."
Verónica sonrió, apretándole la mano.
"Lo dices ahora, pero si mañana suelta que somos extraterrestres infiltradas, estarás pidiendo micrófono y pantalla gigante."
La tensión de las últimas horas-las luces cegadoras, las preguntas incisivas, la sonrisa profesional pegada al rostro-comenzaba a disiparse, reemplazada por la anticipación del silencio de su hogar. Lo único que deseaban ambas era un té caliente, un sofá y el calor mutuo, lejos de miradas y rumores.
Al abrir la puerta de su amplio piso, esperaban encontrar la oscuridad habitual de la madrugada y el silencio solo roto por el tictac del reloj del salón. Pero la luz tenue de la lámpara de pie junto al sofá las recibió, proyectando sombras acogedoras.
Y entonces, lo vieron.
Acurrucados como dos pequeños cachorros, bajo una manta de lana gris, estaban Alex y Alexa. Él, de seis años, con su cabello rebelde peinado por el sueño, abrazaba un libro de cuentos. Ella, de cinco, tenía agarrada a su oso de peluche, "Churro", con una fuerza que solo el sueño profundo podía mantener. A sus pies, en un sillón, la niñera, Clara, leía con la cabeza gacha, pero se irguió al oírlas, con una sonrisa de disculpa y ternura en los ojos.
"Lo intenté, señoras," susurró Clara, levantándose. "Pero cuando oyeron en la televisión que estabais en directo, se plantaron. Dijeron que no se iban a dormir hasta daros un beso de buenas noches."
El corazón de Ana dio un vuelco. La fatiga se transformó en una oleada de amor tan intensa que le empañó la vista. Verónica ya había soltado el bolso y se arrodillaba frente al sofá.
En ese momento, Alexa abrió los ojos, grandes y avellanados como los de Verónica. Los parpadeó, desenfocados, hasta que la imagen de sus madres se aclaró.
"Mamá Vero... Mamá Ana," murmuró, con una voz cargada de sueño pero llena de felicidad.
El movimiento despertó a Alex, quien se frotó los ojos con los puños. Al verlas, su expresión se iluminó por completo, sin rastro de somnolencia.
"Llegaron" exclamó, lanzándose del sofá directamente a los brazos de Ana, que lo atrapó en el aire con una risa ahogada. Alexa, más serena pero igual de rápida, se encaramó a Verónica, enterrando la cara en su cuello.
El abrazo fue un nudo de brazos, suspiros y suaves murmullos. Olía a champú de niños, a galleta y a hogar.
"Las vimos en la tele," dijo Alex, con la voz apagada contra el hombro de Ana. "Hablaban muy serias."
"¿Esa señora de pelo castaño les hace daño?" preguntó Alexa, levantando la cabeza para mirar a Verónica con preocupación.
"No, cielo, para nada," aseguró Verónica, besando su frente. "Solo dice tonterías. Ya está aclarado."
"¿Se quedan en casa mañana?" preguntó Alex, con la esperanza estratégica de quien sabe que es tarde y sus madres están vulnerables de amor.
Ana intercambió una mirada con Verónica sobre las cabezas de los niños. Una mirada que hablaba de cansancio, de responsabilidades al día siguiente, pero sobre todo de un deseo profundo de conceder este pequeño mundo perfecto.
"Mañana es sábado," dijo Ana, acariciando el cabello de Alex. "Y podemos hacer un desayuno especial."
"Pero ahora," añadió Verónica, alzando a Alexa en brazos, "es hora de dormir. Vamos, soldados valientes, a sus camitas."
La protesta fue unánime y predecible.
"No.Quiero dormir con ustedes," suplicó Alexa, aferrándose al cuello de Verónica.
"Yo también" añadió Alex, con la lógica aplastante de los seis años. "les echamos de menos."
Ana y Verónica se miraron otra vez. La noche romántica que habían imaginado en el coche-una copa de vino, intimidad, complicidad adulta-se desvanecía bajo la fuerza de estos dos pequeños terremotos de pijama. Y, sin embargo, no había decepción, solo una reorientación del deseo. El deseo de proteger, de acunar, de ser todo para ellos en ese instante.
"Está bien," cedió Ana, derrotada por el amor. "Pero solo por esta noche. Y cada uno en su lado, ¿de acuerdo?"
Una victoria coreada con susurros eufóricos les respondió.
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"Esta vez si se pudo "
RomantiekEsto es una pequeña historia sobre el amor de Ana Gabriel y Veronica Castro pero en la actualidad , como se reencuentran y viven su amor sin importarles nada ni nadie
