Fifty-one

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Cincuenta y uno ;
── Pasillos y exámenes.  ──

Habían pasado un par de días cuando Rubius finalmente fue dado de alta.

La espera se había extendido más de lo normal, no por necesidad médica real, sino porque su madre presionó y amenazó a los doctores: si su pobre hijito tenía aunque fuera la más mínima herida o hemorragia interna sin tratar por haberse ido antes de tiempo, demandaría y arruinaría las carreras —y no solo eso— de todos los médicos del hospital.

Así que, a pesar de contar únicamente con moretones grandes y feos, un labio partido y un brazo enyesado, tuvo que quedarse más tiempo del necesario. Todo para "estar seguros".

Pero al fin terminó.

Rubius descendió de la limusina y un guardaespaldas lo escoltó hasta la entrada del colegio. Sus ojos esmeralda reflejaban un rechazo profundo hacia toda la situación. Como le había comentado a Luzu por mensajes —porque ahora hablaban a cada momento, como antes— sus padres se habían vuelto mucho más estrictos con la seguridad. Era espantoso.

Él solo quería fingir que la paliza nunca había ocurrido, pero gracias a sus exagerados padres, ahora todo el colegio hablaría de ello.

Además... ¿cómo se suponía que iba a divertirse con esos gorilas siguiéndolo a todos lados? Lo único bueno es que no podían entrar a la escuela.

Avanzó por los pasillos ignorando las miradas chismosas, intentando conservar el poquito, pequeñísimo orgullo que le quedaba, cuando de pronto sus ojos se posaron —accidentalmente— sobre cierto pelinegro.

El día mejoró un diez por ciento al instante.

—¡Ey, patito! —ronroneó Rubius, y en menos de cinco segundos ya estaba a su lado.

Quackity retrocedió un paso al verlo. Sin siquiera mirarlo, se dio la vuelta; probablemente planeaba seguir ignorándolo, como había hecho toda esa maldita semana. Rubius fue más rápido —siempre lo era— y le sujetó la muñeca con más fuerza de la necesaria.

—¿Huyendo de nuevo?

Obligado a mirarlo, Quackity frunció el ceño. Su rostro estaba pálido como una hoja de papel, pero aun así se esforzaba por no demostrar debilidad. Aquello solo hacía que el corazón de Rubius diera un salto.

Tan lindo.

Tan lindo fingiendo que no le aterraba como el demonio.

—Vamos, Quacks —sonrió Rubius con exagerada dulzura mientras alzaba un poco su brazo enyesado—. Solo quería que me lo firmaras. Sería la hostia que fueras el primero, ¿no?

Quackity lo miró incrédulo. La confusión brillaba en sus ojos.

—No, gracias. Busca a otro que te firme eso.

Rubius apretó los labios, fastidiado.

—No quiero a otro. Quiero que lo hagas . ¿Mi mejor amigo no puede hacer eso por mí?

El azabache sintió que le dolían los oídos con ese tono herido forzado, tan falso que daba náuseas. Miró alrededor con disimulo; no quería una escena, no otra vez. Pero cuando comprobó que no había nadie cerca, reunió un poco de valor.

—¿Eres sordo o qué, wey? Dije que no. No y no, chingada madre. Búscate a un pendejo que se crea tus lágrimas de cocodrilo y haz que firme tu yeso. Zúmbale a la verga.

Rubius abrió los ojos, sorprendido.

¿Desde cuándo ese pequeño y frágil gilipollas tenía los huevos para hablarle así?

¿𝘠𝘢 𝘯𝘰 𝘴𝘰𝘺 𝘵𝘶 𝘤𝘩𝘪𝘤𝘰 𝘧𝘢𝘷𝘰𝘳𝘪𝘵𝘰? #𝙡𝙪𝙘𝙠𝙞𝙩𝙮Donde viven las historias. Descúbrelo ahora