La casa estaba en silencio.
Michiru apoyó el violín sobre su hombro y dejó que el arco descendiera con cuidado, como si no quisiera perturbar el aire. La primera nota se sostuvo limpia, sin vibrar más de lo necesario. No hubo quiebre. No hubo resistencia.
Se detuvo apenas un segundo, sorprendida.
Habían pasado algunos días —no los había contado— y aun así, recién entonces se dio cuenta de que llevaba un tiempo tocando sin que algo se desordenara por dentro. La melodía fluía con una naturalidad extraña, como si el cuerpo recordara antes que la mente cómo debía sentirse la armonía.
Cerró los ojos.
No pensó en Haruka.
O, mejor dicho, no pensó de esa forma.
Desde hacía semanas había aprendido a distinguir la diferencia: antes, su presencia llegaba como una anticipación inquieta, como una nota que se adelanta y anuncia algo que aún no ocurre. Ahora no. Ahora estaba ahí de manera simple, cotidiana, sin sobresaltos. Como el peso exacto de una cuerda bien afinada.
El arco se movió otra vez.
No hubo imágenes. No hubo preguntas.
Michiru sabía reconocer cuándo algo estaba fuera de lugar. También sabía cuándo no lo estaba. Esa certeza silenciosa pero firme se había instalado en ella, y la aceptó, como se aceptan las cosas que no necesitan explicación.
Abrió los ojos. Desde el estudio podía ver la luz del mediodía filtrarse por la ventana del pasillo. Escuchó pasos familiares y sintió una presencia que no irrumpía, que no buscaba atención. Haruka se detuvo en la puerta, se apoyó en el marco con los brazos cruzados, como siempre hacía cuando Michiru tocaba. No habló. No fue necesario.
Michiru bajó el violín.
—¿Interrumpo? —preguntó Haruka, sin moverse del marco.
—No —respondió Michiru con suavidad—. Justo estaba terminando.
Haruka asintió, como si eso bastara. Entonces se acercó recién. No parecía inquieta. Tampoco cansada. Solo... presente.
Michiru observó ese detalle sin insistir en él.
—Pensaba hacer algo sencillo para almorzar —dijo Haruka al cabo de un momento—. Si te parece bien.
Michiru dejó el violín en su estuche y se dio la vuelta, quedando frente a Haruka.
—Me parece bien.
No hubo más palabras. No hacían falta. Haruka tomó su mano y salieron de la sala de ensayo.
Mientras caminaban juntas hacia la cocina, Michiru tuvo la certeza de que algunas cosas no se arreglan hablando, ni prometiendo, ni mirando hacia atrás. Algunas cosas solo se sostienen eligiendo no cruzar ciertos límites, incluso cuando nadie más los ve.
Y en ese instante, sin música, sin preguntas, sin pruebas, supo que lo que había temido no había llegado a existir.
Eso era suficiente.
*******
Esa noche, Michiru se acostó más temprano de lo habitual.
La casa estaba en penumbra cuando apagó la luz, y el ruido lejano de la ciudad se filtraba apenas por la ventana entreabierta. Se acomodó de lado, sintiendo el peso de las sábanas, el colchón firme bajo su espalda. Escuchó el movimiento a su lado antes de sentir el calor conocido acercarse.
Haruka se acostó sin hacer ruido.
No hubo palabras.
No hubo disculpas.
No hubo necesidad de preguntar nada.
Michiru cerró los ojos.
Por un momento, esperó esa sensación conocida, ese leve nudo en el pecho, esa inquietud sin forma que solía aparecer en el silencio, pero no llegó. En su lugar, solo estaba el ritmo parejo de la respiración de Haruka, constante, cercana, apacible.
La mano de Haruka la buscó en la oscuridad, casi sin pensarlo.
No fue un gesto grandilocuente. No fue una promesa.
Fue simplemente estar ahí.
Michiru entrelazó los dedos con los de ella y dejó que el cansancio hiciera su trabajo. Antes de quedarse dormida, pensó sin miedo, que había noches que no necesitaban vigilia, ni música, ni respuestas.
Y por primera vez en mucho tiempo, Michiru no tuvo que llorar para poder dormir.
*******
Nota de la autora: Quise escribir un poco desde la perspectiva de Michiru. Este epílogo no continuó exactamente dónde quedó el capítulo final, sino días o semanas después (ustedes decidan). Creo que no es necesario escribir que fué lo que pasó luego de que Haruka regresara a buscar a Michiru. Lo verdaderamente importante es saber que aquello que podría haber pasado, no pasó.
Esta historia no trata sobre una traición, sino sobre el instante previo a cometerla.
Sobre las decisiones que no se dicen, los silencios que pesan más que las palabras y los límites que solo existen si alguien decide no cruzarlos.
No todo lo que duele llega a ocurrir... A veces, basta con reconocer el punto exacto en el que algo puede romperse... y detenerse.
Gracias por leer hasta el final.
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Reminiscencia
RomanceHaruka, aburrida de la paz después de la guerra, busca nuevas emociones y las encuentra en los piques de autos y en una cautivante mujer. Por otro lado, el futuro Tokio de Cristal está bajo ataque y S.Uranus, comandante del ejército, cae en coma des...
