Capítulo 6

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Sarah

La realidad de aquel evento me tomo por sorpresa. Todavía tenía a ese tío grabado en mi mente. Sus rasgos faciales perfectamente definidos. Su cabello castaño alborotado, sus mirada profunda y juguetona...su definida figura. Todo eso lo había observado en largos y cortos segundos. O quizás lo había observado con demasiada atención, una atención que me robó por completo.
El misterio que derrochaba lo volvió malditamente atractivo, no era su aspecto sino lo que emanaba. No estaba segura de cuál era el adjetivo correcto o si existía para ser la pieza perfecta. Solo estaba segura de que había sido suficiente para cautivarme. Tal vez estaba delirando o tal vez solo estaba sintiendo un arrebato de emociones reprimidas siendo caprichosas y entrometidas en el lugar y momento equivocado, pero no lo sentía así.

No sé trato de mí. Se trató de algo más...

Cuándo salí de aquel lugar, salí con el pulso acelerado. El mensaje de Alena había sido bastante oportuno.

O más o menos...

Sólo sabía algo. Me había dado una salida.

Una vía de escape.

Su mensaje decía que estaba aterrizando. Así que me dirigí a la sala por la que estaría entrando en cualquier momento.

Sentí emoción por ver la de nuevo a pesar de que solo se había ido un par de semanas. Alena más que ser mi mejor amiga, era como una hermana. Segundos después la vi entrar a la sala. Llevaba su cabello negro suelto, en comparación del mío el de ella era lacio. Sus ojos azules resaltaban las facciones de su rostro, estilizándolo. Vestía un suéter gris holgado, jeans y botas de cuero largas, centímetros antes de llegar a las rodillas. Su definida figura y sus largas botas visualmente la hacían parecer más alta.
Nos miramos un corto minuto antes de echarnos a correr para abrazarnos la una con la otra. El impacto de este ni siquiera nos importó. Nos rodeamos en un abrazó— ¡Te he extrañado!—exclamó con sentimiento. —Eso debe valer por dos—conteste. Me gustaba no admitir las cosas como debía de hacerlo, disfrutaba de mi humor egoísta. —Maldita narcisista —dijo y me hizo explotar en risa. —Ya, como digas. Acto seguido nos desprendimos del abrazo.

— ¿Salimos de aquí?—me pregunto

—Sí, absolutamente.

Llegamos treinta minutos tarde por el tráfico. Los coches de Paul y Scott aparcaban en la acera. Después de mirar el edificio por unos largos segundos bajamos del coche.

Unos gritos se escuchaban desde el otro lado de la puerta. Alena y yo nos miramos con el ceño fruncido. Abrí la puerta justo en el momento que un balón golpeó en el marco de esta. Me lancé sobre Alena como reflejo, ambas nos tambaleamos.

— ¡¿Pero es que son idiotas?! —Exclamé.

Auch. Eso estuvo cerca—dijo Paul.

Le lancé una mirada asesina.

—...Mierda—replicó Scott. Y algo me dijo que eso no iba por el hecho de que una puta pelota estuvo a punto de arrancarme la cabeza (literalmente). Su atención estaba fija en un punto a lado de mí...en Alena.

—Alena...—susurró.

—Scott...—hizo una pausa —. Paul...—añadió desviando la atención hacía él.

—Hermanita. —le contesto, Paul. —Lo habéis logrado, Sarah. —me dijo. Ambos sabíamos a que se refería.

—Para tu infortunio, sí—contraataque.

—Que tozuda. —Tendremos que practicar la tolerancia en primera escena y las que le siguen.

—Ustedes dos son bastante patéticos. —Intervino Alena.

— ¿Te gustaría hablar de ti y de Scott? —dije.

Hizo una mueca.

touché.

Era simple, las peleas que no teníamos entre hermanos de sangre las teníamos con el opuesto. Un opuesto siempre suponía un desafió en el constante campo de batalla.

—Suficiente—espetó Scott.

Todos nos quedamos desconcertados ante su reacción.

Eso había sido muy repentino.

—Debemos irnos. —dijo Alena hacia Paul. De repente el ambiente se sintió incómodo.

La mire con interrogación pero no dijo nada, su mirada se desvió a Scott antes de alejarse y desaparecer por la puerta. ¿Qué significaba aquello?

—Hay mucha tensión aquí—. Comentó Paul. Yo estaba de acuerdo. Le dio una palmada en la espalda a Scott antes de hacer su camino hacia la puerta. — Nos vemos pronto—dijo guiñándome un ojo. Segundos después el balón que estuvo a punto de golpearme salió disparado hacia la nuca de Paul.

Que coños...—espeto volteándose rápidamente. —Sé lo que estás haciendo. Y la respuesta es: No —Justificó Scott.

—Serás cabronazo, no sé me olvida nuestro pacto.

— ¿Qué pacto?—pregunté con curiosidad.

—No te importa—. Casi dijeron al mismo tiempo.

Rodé los ojos.

Me retiré y empecé a subir por las escaleras sabiendo que a mis espaldas había susurros. Llegué a mi habitación y me tumbé en la cama.

Cerré los ojos dejándome arrastrar por la oscuridad.

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