Juguemos volleyball

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 Capítulo 9


—¿Y tú qué le dijiste, Amy? —preguntó Brandon, antes de llevarse el wafle a la boca. Llenaba sus mejillas como si fuera un hámster, era graciosísimo.

Era martes por la mañana. Lo que significaba, desayuno y estudio con mi él. Lena había salido aún más temprano para sus entrenamientos, así que estábamos solos y yo le estaba contando cómo había sido la divertida tarde de ayer. Con esa experiencia a cuestas, ya ni me afectaban los recuerdos de las estupideces que había soñado con Brandon, lo que facilitaba mi convivencia con él.

—¿Yo? Nada. ¿Qué se supone que le diga? —retruqué con el ceño fruncido.

—No lo sé. Algo como: "No te metas conmigo" o "Cierra la boca, mocosa de pacotilla" —imitó mi voz para decir esas frases, aunque sonaba demasiado agudo a mis oídos.

Solté una carcajada, en medio de mi mal humor. Brandon tenía esa maravillosa manera de ser que lograba elevarme el ánimo, aún con mi montaña de pesimismo en las espaldas. Él se rió conmigo.

—¿Qué demonios es eso? —pregunté, secándome las lágrimas—. De todas maneras, esa no es mi forma de ser.

No me gustaban las confrontaciones, ni responder de mala manera a otros. La que era buena en eso era Pam y nadie se metía con ella. A veces me daban ganas de ser como mi hermana, pero nunca lo había conseguido.

—Es cierto, eres demasiado buena para tu propio bien —acordó Brandon, con un suspiro.

—No estoy segura de que eso sea cierto —objeté contrariada. Una cosa era ser buena persona y otra muy diferente, ser una cobarde—. Pero gracias, de todas maneras.

—Amy, Amy —dijo él con tono teatral —a veces es necesario defenderse, ¿sabes? Demostrarles que sí vales y mucho.

Era cierto. Pam me lo había dicho muchas veces. La solución radicaba también en mi actitud hacia mi persona. Sin embargo, no podía lograrlo de la noche a la mañana.

—Es fácil decirlo, pero muy distinto es hacerlo —bufé, frustrada.

—Es verdad, pero por algún lado debes empezar —insistió Brandon.

—¿Por dónde?

—Por apreciarte y amarte a ti misma. Si tú no te valoras, menos lo hará otro.

Me quedé en silencio, contemplando su rostro sereno. Me acababa de soltar la verdad más cruda, yo era la primera en sentir desprecio hacia Amy Lee Reeve, alias el monstruo. ¿Cómo podía pretender que los demás me respetaran, si ni yo misma lo hacía? Era una contradicción y estaba al tanto de ello. Lo que me sorprendía era que él se hubiera dado cuenta.

—Cielos, Brandon... ¿En serio tienes dieciocho años?

—Hey, no te burles de mi madurez —dijo, fingiéndose ofendido.

—Lo siento. Ya sé a quién consultar cuando tenga que resolver mis cuestiones emocionales...

—Puedes llamarme doctor corazón, desde hoy —replicó sardónico, asumiendo por completo el papel.

—Jajaja, claro, doctor.

—No te olvides de corazón —pidió parpadeando repetidas veces y con su carita ladeada.

—Awww... Cielos, Brandon. ¿Cómo es posible que seas tan tierno? A veces haces que mi corazón aletee como loco.

Dos segundos después de que las palabras salieron de mi estúpida boca, me di cuenta de la gravedad de las mismas. ¿Qué acaba de decirle? Maldito infierno. Había expresado lo que pensaba en voz alta, sin ningún filtro o acotación irónica que me disculpara. Como siempre la cochina impulsiva que llevaba dentro era más fuerte que la que tenía sentido común. O mínima vergüenza.

Ella es mi monstruoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora