Empecé a ver a Azucena de otra manera.
De la redondez de los doce años, aún una niña, pasó en los quince a una bella muchachita, su cara se había afinado, su sonrisa era más blanca que nunca y su aroma desde mis escondites llegaba con un olor a jazmín que me hipnotizó desde el primer momento. Azucena fue bonita y rosada desde su nacimiento, pero en su adolescencia no era graciosa como se presentaba una niña, era agradable a la vista como una mujer, una mujer que había abandonaso casi totalmente las redondeces de su cuerpo y éste, valiente, había adquirido una forma llena de curbas, única, que me volvía loco.
En ese entonces yo tenía 19 años, y me sentía un desquiciado por querer de aquella forma a una niña de 15 recién cumplidos, aún así quería conocerla, quería acercarme a ella, saludarla e invitarla a un café en algún lugar elegante, pero aquella timidez irracional me echaba hacia atrás en el mismo instante que me disponía a actuar con impulsividad.
Con el resto de las chicas siempre había sido distinto, me acercaba sin problemas, y con tan solo unas palabras de mi parte estaban dispuestas a saciarme, pero Azucena siempre había sido diferente.
Aún siendo consciente de mi gran atractivo y de mi fama de sex symbol solo pude verla a lo lejos, como un espejismo, Azucena era mi fantasía particular.
Pagué a todos los chicos que la miraban con intención para que no se acercasen a ella, quería preservar su pureza, con el oscuro deseo de que aquella niña de 15 años con el pelo largo y dorado algún día me regalara derecho el derecho de hacerla mía a mí.
Mi Azucena me miraba con los ojos llorosos, sin llegar a asimilar la información que le llegaba en forma de un potente torbellino, sabía como era haber vivido durante mucho tiempo en una mentira, aún con la edad de 21 años vislumbré en ella aquella mirada de tristeza, que de vez en cuando, le dirigía al horizonte.
- Tú... ¿Tu si sabías de mi?
- Supe algunas cosas en cada una de tus estapas, pero hasta hace nada no sabía que debía casarme contigo. - Alguna mentirijilla que otra no hace daño a nadie y más cuando la verdad misma podía hacer más daño aún.
Sus lágrimas se mitigaron un tanto, intentó esbozar una sonrisa, le regalé otra y me pareció visualizar un brillo especial en sus ojos. Quizás su inocencia, después de todo, me la ofrecería a mí.
- Supongo que me hace sentir un poco mejor que tu al menos no hayas querido privarme de mi libertad.
Si supieras que me has encendido durante años, que algunas noches deseaba ser aunque fuera un segundo uno de tus amigos gays para que me presataras unos apuntes y me sonrieras, cuánto deseaba que nuestra familia no estuviera peleada para declararte mi amor...
- Qué va, tus pensamientos y tus decisiones son sólo tuyas - apoyé su confirmación con las palabras que me parecieron correctas.
- Cuéntame algo de ti.
Me pidió Azucena con su voz sedosa.
Quería probar de nuevo el néctar de sus labios caramelizados, quería que aquella chica suspirara de nuevo por mí, quería demostrarle lo que iba a hacerle solo a ella por el resto de nuestra vida, quería dejar un reguero de besos sobre todo su cuerpo, tocar cada decímetro de su blanca piel, deteniéndome en esos puntos donde nace el placer.
Aquellos pensamientos acabaron por excitarme, no podía ser tan superficial cuando Azucena estaba en su momento de debilidad, por primera vez agradecí a la espuma estar ahí tapando nuestros cuerpos, no quería que viera mi polla tan...exaltada.
Me obligué a pensar en mi trabajo y en mi padre recordando la previa pregunta de mi esposa y aquel bulto en mis calzoncillos se hizo menos notorio.
Odiaba a mi padre. Por lo que fue, por lo que era. Por todo.
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Contrato de Boda
RomanceAl acabar la universidad solo quería ser feliz con el amor de mi vida, ir de vacaciones con mis amigas y encontrar un trabajo que no me alejara demasiado de mi familia. Nada salió según mis planes: me engañó el que se suponía que tenía que ser el am...
