Capítulo dieciséis

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Entré en el lavabo de la habitación y con ímpetu intenté borrar las marcas que habían formado mis lágrimas en mi rostro pero el resultado fue frustrante. Cogí mis cosas que las había dejado de cualquier manera en el suelo y tras despedirme con un beso largo y duradero en la frente de Charlie, salí de allí corriendo. Evité cualquier cosa que pudiese detenerme, la gente se paraba a mirarme pero me daba igual.

Caminé sin rumbo por las calles y también algo perdida puesto que en dos semanas no conocía el lugar correctamente. Mientras intentaba ubicarme la voz de Lauren resonó en mis oídos como si fuese mi subconsciente. Volteé sobre mis talones bruscamente para ver si se encontraba allí pero no logré divisarla. La voz no cesaba y yo creí que me acabaría volviendo loca. Sus susurros no paraban de repetir que fui yo, que me encontraba en esa situación por mi culpa. Corrí desesperadamente por la calle pensando que así podría evitar la voz de Lauren pero no fue así.

—¡Déjame en paz de una puta vez! —Grité a todo pulmón desesperada—. Yo no hice nada, ¡¿Me escuchas?! ¡No hice nada!

Seguí gritando las mismas palabras girando sobre mí pero no nada funcionó. Me adentré en un callejón estrecho e intenté ignorar a Lauren pero se me hizo demasiado difícil. Sus palabras tenían demasiado poder de convicción. Disminuí el paso hasta caminar a una velocidad moderada. Cuando por fin me encontraba a la mitad del largo callejón noté como una mano me sujetaba de la muñeca. Antes de darme la vuelta bruscamente imaginé que sería alguien que me iba a secuestrar o algo parecido pero la mano que me agarró pertenecía a Ray.

Mantuve mi mirada en sus profundos ojos azules aguantando la compostura. Me acercó a él estirando de mi brazo y cuando estuvimos a menos de cinco centímetros de distancia, me envolvió en sus brazos con fuerza. No hizo falta decir nada para que supiera que no estaba bien. Como si me hubiese leído la mente actuó de una forma que yo necesitaba.

Me llevó a un parque que se encontraba solitario. La leve brisa de la noche era gélida y yo no llevaba nada más que un abrigo. Me dejó su sudadera con cremallera, la misma que esta mañana en el instituto. Me envolvió en ella delicadamente y yo no me negué. Podía notar su calor corporal al estar tan juntos.

Pude notar que entre nosotros había algo que nos unía. No había sentido eso con nadie hasta aquél momento. No controlé el tiempo pero después de un rato dejé que una palabra que rondaba por mi mente saliera de mi garganta.

—¿Por qué? —pregunté sin mirarle.

—¿Por qué de qué?

—Todo esto. No me conoces y ya intentas salvarme. Pruebas de hacer lo que he estado evitando durante todo este tiempo y lo consigues.

Giré la cabeza para mirarle y vi como él se encogió de hombros con la vista puesta en la lejanía.

—Tal vez somos más parecidos de lo que tú te crees

Si, seguro —Dije con una intención sarcástica. Seguidamente, me puse en pie en un momento y sacudí mi trasero a pesar que no tuviese nada pegado en él. Me puse enfrente de Ray y lo observé detenidamente antes de añadir— Pues no necesito a nadie que me comprenda, ¿de acuerdo? No necesito la ayuda de ningún médico, ni tuya ni de cualquiera. ¡No sabes nada de mí! —Acabé gritando.

—Entonces, ¿por qué llorabas? ¿Por qué le hablas a alguien que no existe? —Él se puso en pie también y me cogió del brazo. Bajé lentamente la mirada hacia la mano.

—¡Si lloro es mi problema, no el tuyo! —Moví el brazo bruscamente para deshacerme de su mano que me estaba tocando. Odiaba que la gente se lastimara por mí—. ¡Y no hablo sola!

Me fui de aquel parque sin decir nada más. Escuché mi nombre a la lejanía pero lo ignoré. Cuando llegué a casa, me encontré a un gato negro rondando por mi casa. Lo había visto desde que llegué a mi nueva casa dos semanas atrás y cada día lo veía que andaba por allí.

Lo cogí sin ningún problema y subí rápidamente a mi habitación sin saludar a mi familia que se encontraba en el comedor mirando la televisión. Dejé al gato encerrado en mi habitación y volví a bajar para coger una manzana del frutero.

—¿Qué horas son estas de llegar, Diann? ¿Dónde has estado?

—Por ahí —le di un gran mordisco a la manzana.

—Me han llamado del colegio. El primer día y ya quieren que tenga una reunión con ellos. ¿Qué has hecho ya?

—¡¿Por qué he tenido que hacer algo?! Además, no me ha dado tiempo. Si solo he estado las tres primeras horas —me encogí de hombros e intenté salir corriendo hacia las escaleras pero la mano de mi madre me cogió del cuello de la camiseta para detenerme.

—No te vayas. Explícame que has hecho para que me llamen.

—¡Que no he hecho nada, joder! Si no pregúntaselo a la hijita preferida –dije con retintín.

Caminé hasta las escaleras dando por finalizada nuestra conversación pero entonces recordé la noticia que me había dado el médico esa tarde en el hospital y me detuve en seco a los pies del primer peldaño.

—Ah, se me olvidaba. Esta tarde he ido a ver a Charlie. ¿Sabes que me han dicho? Que debes pasarte para firmar si estás de acuerdo con la donación de órganos y el cuerpo a la ciencia.

Esperé a ver cómo reaccionaba y, efectivamente, lo hizo como yo me había imaginado. Su cara se volvió pálida de golpe y su boca se abrió formado una perfecta "O"

—¿Qué?

—Eso, que tu hijo abandonado por tu parte se está muriendo y tú tan contenta. Al menos lo sabrías si te pasaras de vez en cuando por allí pero claro, tienes que estar las veinticuatro horas del día pegada al culo de ese baboso salido que tienes por marido, sin olvidarnos de su hija doña perfecta, obviamente —subí hasta la mitad de las escaleras y me di la vuelta para añadir— Me han dicho que te pases cuanto antes.

Terminé de subir las escaleras pero antes de perderme por el pasillo, escuché mi nombre y giré sobre mis talones. Sabía que le había clavado un puñal en el pecho con mis palabras.

—¿Por qué te lo han dicho a ti?

—Tal vez porque yo quiero a Charlie y me preocupo por él, ¿no crees?

Después de esas palabras volví a tomar mi camino hasta llegar a mi habitación. Cogí al gato y me tumbe en la cama con él. Dejé que caminara por mi cuerpo mientras le acariciaba su negro pelaje hasta llegar a su cola y me llevé un zarpazo. Aprendí la lección. Pensé un nombre para él y acabé decantándome por Morfeo como los sueños que nunca podré alcanzar.


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