Capítulo 9.

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Sábado y domingo me quedé en casa, para ser exactos, en mi habitación. Decidí que era mejor no salir mucho, de esa manera no tendría que ver a mis padres llorando en silencio o con la mirada perdida, como si no encontrasen su propósito ahora. Pero no fue del todo malo, estando sola y teniendo tanto tiempo libre pude descubrir bastantes cosas de las que era capaz haciendo como fantasma. Como por ejemplo; tocar los objetos. Podía tocar cada uno de ellos, siempre y cuando estuviese sola. Si había alguien más conmigo en cualquier habitación, me era imposible, mis manos atravesaban los objetos impidiéndome tomarlos.

También encontré la forma de hacer lo que más me había estado provocando dolor de cabeza; La ropa. Era obvio que no podría tomar ropa de mi armario y colocármela porque yo no tenía más un cuerpo físico, pero sí que había una forma de cambiarme. Lo único que hice fue colocarme frente a mi armario y observar mis jeans favoritos junto con mi sudadera roja que me compré aquella vez que fuimos a Nueva York, deseé poder tener eso encima y deshacerme del vestido y, simplemente pasó. Lo intenté de nuevo con otro conjunto pero ya no lo pude lograr. No entiendo cómo sucedió, tal vez sólo deseando las cosas podía tenerlas, pero debía concentrarme hasta en un punto máximo para que funcionase.

El lunes estaba tan emocionada por enseñarle a Jeremy lo que había descubierto por mí misma que no espero hasta que las clases terminen, me concentro cien por ciento y de un segundo a otro ya no estoy en mi habitación. Estoy en la de Jeremy ahora. Sonrío orgullosa por haberlo logrado.

Su habitación sigue luciendo igual a como estaba la última vez que estuve aquí. Sólo que ésta vez había un olor en el lugar, que entraba directo a las fosas nasales, era un olor dulce y bonito, no es muy de mi agrado pero no estaba tan mal. Era una combinación entre plátano y lavanda.

Me dejo caer en su cama, mirando hacia el techo. Sus cobijas son suaves y agradables, supongo que deben ser calientes también, sólo que yo no puedo sentirlo. Suspiro cada diez segundos, esperando a que el dueño de la habitación llegue. Pero no lo hace hasta como una hora después.

Su cuerpo está sudado, mojando la camiseta que lleva encima. La reconozco inmediatamente, es la misma que tenía cuando vine por primera vez, la que tiene el número 15 por atrás. Su rostro mantiene un color rojo y en su frente descansan algunas cuantas gotas de sudor. Me levanto para quedar solamente sentada mientras él deja su mochila en el piso. Por fin voltea hacia a mí. Esta vez no hay brinco, ni un rostro asustado. Solamente me observa y después de unos segundos sonríe levemente.

—Hola, no sabía que vendrías —saluda, tomando una toalla de una silla para restregarla sobre su rostro.

—Sí, olvidé avisarte por mi ultra nuevo y último modelo celular fantasmal de que vendría de visita —respondo, poniéndome de pie. Se ríe por lo bajo, avienta la toalla nuevamente a la silla, girando para volver a verme. Por un momento su ceño se frunce mientras me observa de arriba a abajo.

—¿Tienes otra ropa? —Pregunta, confundido— ¿Cómo hiciste eso?

Sonrío emocionada y agradecida porque haya preguntado ya.

—Lo descubrí mientras estaba sin hacer nada este fin de semana, sólo me concentré y deseé tener puesto esto y, aquí me tienes —sonrío, señalando la ropa con un gesto exagerado con ambas manos.

—Vaya, genial —responde, con la sonrisa ladeada.

—También descubrí otra cosa, ¿quieres que te muestre? —Pregunto, sin evitar que mi emoción se apodere de mi voz.

—Claro...

—Salte.

—¿Qué? —Pregunta, confundido.

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