No recordaba una fecha exacta, tan solo el bello rostro de mi primo a la enternecedora edad de seis años. Navidad. El dulce olor del caramelo chorreando a través de los manjares caseros de mi abuela inundaba mis fosas nasales. Reconocible en cualquier lugar y a cualquier distancia. La distribución del salón lucía diferente a la actual, exacta a como antaño recordaba, se encontraban los muebles.
La tela burdeos cubriendo las paredes, adornada cada pocos centímetros por calcetines navideños, adornos de colores verdosos o plateados, el enorme televisor de pantalla plana encendido, entreteniendo la reducida mente de mi abuelo en el sillón. Las vidrieras perfectamente organizadas, sin permitir al polvo correr entre las piezas que exhibía.
La calefacción hondeando el ambiente, calidez recorriendo la planta de sus pies descalzos, que corrían a esconderse de las garras desenfrenadas de su prima Gemma. Un grupo de adolescentes descansaba sobre la desgastada tela del sofá, mientras fundían sus neuronas frente a un estúpido programa de televisión más. Reconocía el rostro de todos ellos.
Jared, el mayor de todos los primos. Sus cabellos castaños, lacios, descansaban hacia un lado, a escasos milímetros de cubrir sus ojos. Una sonrisa se apodero de mis labios al recordar aquel peinado estúpido que abarcó su adolescencia. Sus ojos café releían dispersos algún mensaje de texto en su teléfono móvil. A su lado descansaba su hermana, Ginny, dos años de diferencia entre ellos. Sus facciones no se asemejaban pese al parentesco cercano. Su larga cabellera peli naranja descansaba en una trenza sobre su hombre derecho, su tez pálida adornada por pequeñas pecas destacaba más sus hermosos ojos cristalinos, centrados en la búsqueda de algún entretenimiento, no conforme con la telebasura que su mente absorbía.
Por último, los gemelos, Theo y Rob, a sus 16, abarcando el espacio restante en el sofá. Sus pensamientos absortos en la televisión, cohibidos ante tal inmensidad, la falta de aparatos electrónicos en su infancia sería una secuela que perduraría toda su vida. Observé sus rostros distraídos, exactos el uno al otro.
Sus cabellos color azabache, enmarañados en forma de perfectos rizos, mientras sus ojos marrones rozando la profundidad verdosa, se entrelazaban entre ellos, leyendo su pensamiento con una sola mirada. Un cuerpo más se unió a aquella secta de sin cerebro, recostándose en el brazo del mustio sofá. Mi prima Gemma, de apenas 14 años en aquel entonces, cansada de ocuparse de mi presencia, probó suerte entre los mayores.
Mi mirada calló ahora dispersa sobre el sillón, de nuevo observando la seria expresión de mi abuelo. Su presencia imponiendo un respeto inquebrantable. Mis pasos ligeros corrieron a su lado, captando su atención, hasta ese entonces atenta sobre las hojas del periódico.
Su mirada se alzó al encuentro de la mía, bajo los gruesos cristales de sus gafas, relajando su expresión al corroborar que tan solo se trataba de su pequeña nieta de cuatro inocentes años. Sus brazos apresaron mi cintura, alzándome en el aire hasta que de nuevo rocé tierra sobre sus rodillas.
Sus manos temblorosas, efecto de su avanzada edad, retiraron un mechón de cabello de mi rostro, escondiéndolo de nuevo tras mi oreja. Mis labios probaron dedicarle una tierna sonrisa, hundiéndome en la profundidad de sus brazos, aspiré su aroma, tan único como el primer día. Una punzada de nostalgia golpeó mi pecho, extrañaba aquel aroma.
Sus largos dedos acariciaron mi espalda, acabando en una tortura de cosquillas sin censura. Las carcajadas volaban de mis labios, desesperados por retomar oxigeno. También había extrañado aquella parte de él, que sin necesidad de una sola palabra, encontraba el modo de animarme. Hacerme sentir segura entre sus brazos. Debía ser cosa de familia.
De nuevo el tibio mármol rozó la planta de mis pies, decepcionada al separarme de mi abuelo, giré mi cuerpo sobre mí mismo, topándome ahora con una gigante mesa. La perspectiva desde aquel punto bajo transmitía nueva sensaciones que daba por olvidadas.
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Beautiful lies
Ficção AdolescentePor esa parte de nosotros que anhela la oscuridad fervientemente, por esos momentos en los que la sangre hierve en nuestras venas y tan solo deseamos dar rienda suelta a nuestra furia, pese a todos y contra todo. Por esa necesidad que la invitaba a...
