Capitulo Tres

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No recuerdo de quién fue la idea de construir la casa club. Años más tarde Joel aseguro que fue él. Pero quienquiera que fuera, no nos podríamos haber imaginado la cadena de acontecimientos que desató. Contábamos con todos los materiales necesarios para la construcción. Mi abuelo, que murió mucho antes de que yo naciera, era farmacéutico de oficio. También era constructor, y encontramos hojas avejentadas de madera contrachapada apoyadas en el viejo invernadero y vigas combadas amontonadas en el maloliente gallinero de suelo de paja y bloques que construyó mi abuelo cincuenta años antes.

En lo que se refiere a casas club, la nuestra era muy grande, de tres por tres y medio metros, la mitad del tamaño de nuestro dormitorio. El suelo era de madera prensada y le clavamos un tapete encima. El techo tenía casi dos metros de altura, aunque el centro se hundía bastante. Estaba claro que nos faltaba la destreza que poseían nuestro padre y abuelo para la construcción.

Una tarde, Joel y yo tomábamos un descanso para el almuerzo, comiendo sándwiches de atún y pepinillos en rebanadas de pan integral.

-Se va a derrumbar cuando nieve- dijo Joel.

-Es probable- hable yo con la boca llena.

Me quede analizando el techo hundido hasta encontrar una solución. Después del almuerzo arrastramos una viga del gallinero, cortamos ocho centímetros de un extremo con una sierra oxidada, luego la erigimos en el centro de la habitación para apuntalar el techo, aporréandola con un mazo hasta dejarla en posición vertical. El pilar también tendría otros usos. Le añadimos clavos y lo utilizamos para colgar nuestra linterna y el radio de transistores que me regalaron para mi cumpleaños. El hecho que el techo fuera bajo no era algo malo. No teníamos planeado pasar mucho tiempo de pie y servía como un cierto elemento disuasorio para los adultos, aunque probablemente no tanto como el tamaño de la entrada. La puerta principal (y única) de la casa club, sólo medía noventa centímetros, lo que hacia necesario entrar a gatas a la casa. Joel señaló que esto sería una ventaja en caso de un ataque, ya que facilitaría nuestra defensa. Le pregunte quién imaginaba que podría atacarnos. -Bueno uno nunca sabe- Dijo después de pensárselo un momento. Hicimos lo posible por amueblarlo con las comodidades de un hogar. Para el entretenimiento teníamos el ajedrez, las damas chinas, y el Monopolio. Colgamos obras de arte: un paisaje coloreado según los números, enmarcado; un cartel de Superman; y uno más que a mi madre no le habría gustado nada: una chica de calendario.

Ese mismo año había empezado a interesarme por las muchachas (a pesar de lo alejadas que estaban de mi experiencia real), y por ser los primeros en explorar el garaje, Joel se topo con el cartel enrollado, era bastante soso para los estándares actuales -una muchacha posando en un traje de baño rojo brillante- , pero para esa época estaba considerado bastante subido de tono. En nuestro caso era definitivamente un tabú. Supuse que había permanecido a mi abuelo, razón de más para que mi madre nunca se enterara de lo que teníamos.

Nuestra alfombra y la mayoría de nuestros muebles salieron del garaje, una estructura triangular con un techo de alquitrán considerablemente inclinado y dos puertas grandes de madera que se abrían como un granero cuando recién llegamos, pero salvo en alguna búsqueda breve e infructuosa de cacharros extraviados, no creo que mi madre haya puesto un pie nunca en ese lugar. Probablemente se debía a que era oscuro, maloliente y alojaba más ratas que un laboratorio de investigación.

Para nosotros el garaje era un país de las maravillas que albergaba un millón de cosas que estimulaban nuestra imaginación. Había grandes trampas para animales, tinas de hojalata, cajas de antiguos National Geographic, un casco militar de la Segunda Guerra Mundial, e incluso una linterna de queroseno. Cuando necesitábamos algo, íbamos al garaje, donde encontrábamos lo que necesitábamos o nos olvidábamos de ello con la emoción de hacer un nuevo hallazgo. Una vez fuimos a buscar una nueva lámpara y encontramos un extintor de incendios de latón de bombeo manual y un regenerador eléctrico para un teléfono antiguo que producía suficiente voltaje para hacerte caer de nalgas si tocabas los contactos mientras otra persona giraba la manija.

Para hacer más importantes nuestras partidas de ajedrez, conectábamos al generador cables que el perdedor debía sostener durante un giro completo de la manija. Hasta hoy, Joel no juega ajedrez. En una de nuestras expediciones encontramos un colchón en el techo del garaje y lo bajamos. Parecía que generaciones enteras de ratones habían hecho del colchón su hogar, pero todos habían huido al llegar nosotros (otros murieron con la caída). Barrimos los excrementos de los ratones y algunos ratones muertos y lo arrastramos hasta la casa club. Había un grifo de agua dentro de nuestro club, de los antiguos de palanca anaranjada. Lo descubrimos ya iniciada la construcción. Como no podíamos moverlo, construimos alrededor de él y más tarde nos dimos cuenta que, técnicamente, proporcionaba a nuestra casa club una instalación de agua interna.

Mejor aún era que la instalación de agua era tener electricidad. Joel encontró un enchufe y un viejo cable eléctrico amarillo que llevábamos desde el garaje. Lo colgamos del techo y pusimos una bombilla. Esa noche llevamos nuestros sacos de dormir y nos quedamos ahí. Nos quedamos despiertos hasta las dos de la madrugada, jugando cartas mientras comíamos nueces de nuestros árboles. Cuando por fin apagamos la luz de noche. Iluminaba la casa club de un espeluznante color verde extraterrestre, pero aún así era mejor que la oscuridad total. Un día estaba sentado en la mesa de la cocina dibujando cuando Joel entró corriendo.

-¡Oye! Ven corriendo a la casa -dijo emocionado

-¿Qué?

-Tienes que venir a ver.

Lo seguí y entré a gatas por la puerta, donde me recibió el astringente olor a pintura fresca.

-¿Qué hiciste? -pregunté

-Pinté.

-Es morado.

-Sí.

-Es morado

Joel frunció el ceño, molesto porque no había valorado su sorpresa y el tiempo que invirtió en la labor.

-Es lo único que encontré.

-Se ve... femenino.

-Joel se sonrojó.

-Es lo único que encontré - exclamo.

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