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Había vuelto a mi casa y por primera vez me había sentido ajeno a un lugar. Todo seguía como lo recordaba. Mis libros, las fotos, mi ropa e incluso el aroma a lavanda del limpiador de pisos estaban presente, pero no se sentía igual.
Miraba como ajeno todo en el lugar, intentando volver a sentir algo familiar pero no podía.
Era difícil moverse por el cuarto con la silla de ruedas, cada cierto tiempo chocaba con algún mueble o simplemente no encontraba como girar la silla para poder moverme libremente.
Los dos días que estuve ahí traté de controlar mejor la manifestación de mi fuego. Quería que me saliera más natural en vez de tener que estar pensando siempre en ese interruptor.
No tuve los mejores avances, pero cada vez me era más fácil visualizar eso en mi mente y sentía que poco a poco lo iba logrando.
En una ocasión, mientras tenía el fuego en la mano, moví la silla por accidente chochando contra mi buro y dejando caer una foto.
Al levantarla vi como el cristal del portarretratos de había quebrado, sentí algo de disgusto porque la foto ya no era casi visible por el cristal, pero me encantaba esa foto.
Era un recuerdo de mi cumpleaños número seis. Estaba junto a mis padres, con la cara llena de pastel y ellos dos manchados porque les había dado un beso en la mejilla.
Toqué el cristal roto con la mano que tenía el fuego y pude escuchar como el cristal crujía y poco a poco, vi como las líneas que lo fragmentaban comenzaron a desaparecer hasta dejarlo totalmente reparado.
Me quedé observando la situación, giré a mirar la llama blanca en mi mano y devolví la vista al cristal. Donde ahora se podía apreciar mejor la foto.
—Increíble —dije con fascinación.
Volví a dejar el portarretratos en el buró observando la fotografía. A pesar de lo que me recordaba esa foto, sentí algo que no era nostalgia, era más tristeza. Era como ver algo que nunca podría volver a vivir.
Aunque lo que más me impresionó, al menos la primera vez, fue cuando mi cuarto se convirtió en ese intersticio que me había comentado Alexander.
Cuando las sabanas de mi cama adquirieron una especie de moho negro, junto a las ventanas rotas, el techo casi caído y un aire gélido que no había sentido en el hospital. Sentí cierto miedo, pero fue pasajero.
Simplemente esperaba algo similar al hospital, aunque no con ese viento que me hace emanar vaho de la boca.
Aun así, verlo en mi casa también me hizo sentir cierta tranquilidad. Como si aquello que estaba viendo, era lo que faltaba en mi casa al volver.
El lunes por la mañana, tocó volver a la escuela y me sentí tan emocionado que incluso le gané al despertador.
No quería llegar tarde. A pesar de que odiaba la rutina escolar, haber estado encerrado en el hospital casi un mes me hizo extrañarla demasiado.
Mi cumpleaños número dieciséis estaba cerca, y saber que al menos podría estar al lado de mis padres y mis amigos, aunque fuera en silla de ruedas, me hacía sentir una felicidad que hace años no sentía.
Terminé de arreglarme lo mejor que pude, a como me había acostumbrado a la silla. Mi padre me ayudó a bajar como lo había estado haciendo todo el fin de semana.
—Buenos días, cariño —me recibió mi madre en el comedor.
El aroma a café recién hecho me golpeo junto el aroma a los huevos que mi madre estaba preparando.
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Seacorroz
FantasiJavier creía que los problemas de la adolescencia eran aburridos, repetitivos y demasiado pequeños para preocuparse por ellos. Pero todo cambia tras un accidente que le revela un mundo oculto que siempre había existido frente a sus ojos. Ahora, rode...
