En memoria de...

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1

Los escombros de lo que alguna vez fue una ciudad cubrían el paisaje. La tierra y el polvo eran levantados por ráfagas de aire abundantes en el lugar.

El cielo se estremecía, las nubes de tormenta eran visibles a kilómetros. Varios rayos caían al suelo iluminando el horizonte y emanando un sonido atronador que podía escucharse en todo el lugar.

En el centro de la ciudad, las nubes dibujaban una especie de vórtice y justo debajo a la altura del suelo, la realidad parecía colapsar. Era como ver un espejo que reflejaba diferentes ciudades que nadie más podía ver.

En esa falla se podía distinguir una ciudad que parecía estar hecha completamente de mármol con ríos y cascadas de agua cayendo de los aires como si el cielo se desbordará.

Al cambiar ligeramente la perspectiva, esa ciudad cambiaba en su totalidad dejando ver una copia, aunque esta vez hecha de roca negra con ríos de sangre y lava fluyendo.

Igualmente se podía distinguir el reflejo actual de la ciudad, con ruinas y tierra por todos lados, aunque algunas veces la tierra parecía ser una especie de arena oscura, con la noche y el espacio como cielo.

En la lejanía, una silueta envuelta en un fuego negro avanzaba torpemente. Solo cuando el viento apartaba el polvo era posible distinguir que, bajo aquellas llamas, caminaba un hombre que se tropezaba a cada paso que daba. Como si el cuerpo le pesará una infinidad. Llevaba en la mano una guadaña, en su hoja ocho runas extrañas brillaban con intensidad.

Aquella figura tenía el aspecto de alguien que llevaba demasiado tiempo negándose a morir. Tenía unos ojos que brillaban como rubíes, aunque no parecían reflejar vida alguna. Tenía varias heridas en la cara, dejando ver los músculos del rostro. Aunque parte de su mandíbula ya dejaba ver sus huesos.

La ropa estaba hecha casi añicos, apenas y se podía distinguir que lo que llevaba encima era una playera. Cubierto por una chaqueta de mezclilla del mismo color. Su cuerpo estaba en la misma condición que su rostro, aunque sus costillas estaban totalmente visibles a los costados.

Aquella figura avanzó por la ciudad hasta que el peso de su cuerpo se lo impidieron. Cuando cayó al piso, levantando una ligera nube de polvo.

Trato de ponerse de pie nuevamente, pero fracaso. El viento a su alrededor seguía soplando mientras él seguía tumbado en el suelo. Levantó levemente la mirada y se arrastró hasta un muro en ruinas.

Su fuego se apagó y su cuerpo nuevamente parecía humano. Lo que traía puesto ya no parecían harapos, aunque su piel era bastante pálida. Aunque lo más llamativo era la sangre por la que estaba cubierto.

Parecía que se había dado un baño de esta, haciendo que la mayoría de su cuerpo e incluso la ropa, estuviera llena de costras de mugre y sangre.

Tenía la mirada cansada, dio un suspiró con el que parecía dejar de cargar algo pesado por unos momentos. Su guadaña descansaba a lado de él mientras se miraba las manos.

Estás le temblaban como si estuviera nervioso, o más bien, como si tuviera miedo de algo.

Recargó su cabeza en aquella pared y miró al cielo, el aire golpeaba su rostro y hacía ondear su cabello. Algunas lágrimas parecieron recorrer su mejilla para acto seguido, cerrar los ojos mientras parecía debatirse algo en su mente.

Estuvo inmóvil por bastante tiempo, que incluso parecía haber muerto. Se llevó las manos a una bolsa en el interior de su chaqueta y sacó un cuadernillo con la cubierta hecha de cuero.

Empezó a leer el contenido del cuadernillo, soltando algunas risas de melancolía cada cierto tiempo. Cerca de las ultimas hojas, había un bolígrafo. El hombre lo tomó y lo recargó sobre el cuadernillo.

Se quedó inmóvil por unos segundos, como si no supiera que escribir. Las luces de los rayos llegaron a iluminar su cuerpo dejando ver que aún había sangre fresca sobre él.

En ese tiempo, algunas gotas de sangre comenzaron a caer desde su mano hasta la punta del bolígrafo, haciendo que la tinta y la sangre comenzaran a mezclarse.

Con cierta duda y con la mano temblando, comenzó a escribir mientras las lágrimas seguían recorriendo su rostro.

2

Creí que no me quedaba nada más que escribir y que ya lo había dicho todo, sin embargo, siento que siempre querré más tiempo para retrasar lo inevitable.

Puedo oír sus voces, susurrando para que me detenga. Pero, aunque no pueda callarlas, ya no tienen el mismo efecto en mí. Aunque el miedo que transmiten sigue siendo anormal.

Sé que me están persiguiendo, están tratando de dar con la grieta. Y quizá en cualquier momento los vea, llegando con su nuevo ejército corrompido para evitar que termine por aprisionarnos.

Siento que el cuerpo me pesa demasiado, cada pasó se siente como una tortura y el viento parece querer llevarme con él, como si incluso el mundo quisiera detenerme. Y mientras escribo esto, el sonido del aire silbando o de los rayos que caen a mi alrededor se sienten como una condena.

Una parte de mí se odia por haber hecho todo esto. Por haber provocado que el mundo terminará así, y aunque sé que era necesario, sigo odiándome por todo.

Logré mi cometido, pude hacer que estén asalvo, pero eso no evita que una parte de mi quiera correr hacia ese lugar junto con ellos y vivir más.

Miles de recuerdos pasan ante mis ojos, que ya no sé cuáles corresponden a esta vida y cuáles no. Pero en todos siempre esta ella.

Su sonrisa, su tez morena, ese delineado que resaltaban sus ojos color avellana y su lunar en su mejilla izquierda. Sobre todo, ese mechón de cabello que siempre le cubría parte de su rostro.

Deseo jamás poder olvidarlo, que incluso en lo que me espera, pueda recordarla por siempre.

Si de algo me arrepiento, fue de como la traté para convencerla de dejarme solo. Espero algún día pueda perdonarme por haberme visto asesinar a nuestros amigos y sus padres enfrente de ella. Pero era la única forma de que se alejará de mí.

Solo quiero, que quién sea que encuentre esto, pueda decirle que la amo y que en verdad lamento la imagen final que tuvo de mí.

Pero era la única forma de...

3

El relinchando de unos caballos sonaron a la lejanía. Lo que provocó que el hombre se detuviera en seco de su escritura.

Su cuerpo se tensó y con dificultad giró su vista al horizonte. Logrando divisar muy a lo lejos, la silueta de cuatro seres montados en caballo, levantando una nube de polvo tras de sí, pero acercándose hacía la ciudad.

Nuevamente giró a ver el cuadernillo en sus manos temblorosas, donde ya algunas páginas estaban manchadas de sangre.

Comenzó a respirar de forma constante, como si tuviera un ataque de ansiedad. Cerró los ojos y con cierta determinación. Cerró aquel cuadernillo.

Tomó su guadaña y la recargó en el suelo como si fuera un bastón para ponerse de pie.

Con una posición firme, la blandió en el aire haciendo un corte en la nada, pero haciendo que un portal apareciera frente a él, donde una ráfaga de aire parecía ser absorbida a su interior.

El hombre miró el cuadernillo en sus manos.

—Espero que esto sirva de algo —dijo a la nada.

Y con un movimiento lo arrojó con fuerza al interior del portal.

—Cuídense, prosperen y aprovechen bien esta oportunidad y por favor... Perdóname —dijo mientras nuevamente lagrimas salían de sus ojos.

Nuevamente blandió su arma y con un movimiento similar al anterior, el portal se cerró.

Aquel hombre levantó su mirada hacía donde la realidad parecía colapsar, y con esfuerzo y pasos torpes, comenzó a avanzar en aquella dirección. Tratando de llegar antes que los jinetes que cada vez, se acercaban más al mismo punto de interés.

SeacorrozHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora