Usagi despertó entre brumas. El pitido constante de las máquinas —bip, bip, bip— se clavaba en su cabeza como un recordatorio cruel de que seguía viva. Su cuerpo se sentía pesado, ajeno. Los recuerdos llegaban en fragmentos: la pelea, la sangre caliente en sus manos, los ojos sin vida de Arata.
Abrió los ojos lentamente. Frente a ella, Mamoru hablaba en voz baja con Rei y las demás. Su figura alta y oscura contrastaba con la blancura aséptica del hospital. Por un segundo, el corazón de Usagi dio un vuelco traicionero al verlo. Esa voz grave, esa postura protectora... ¿por qué tenía que afectarle tanto?
—¿Dónde estoy? —susurró con voz rota.
—En el hospital de Londres, amiga —respondió Minako, acercándose con rapidez.
—Ayer te desmayaste frente a mí después de la pelea —dijo Mamoru. Su mirada oscura se suavizó al posarse en ella, pero había algo más profundo en sus ojos: preocupación... y algo que Usagi no se atrevía a nombrar—. Te traje de inmediato.
Las chicas la rodearon, pero Usagi solo podía sentir la presencia de Mamoru. Cada vez que él se movía, el aire parecía cargarse. Cuando sus miradas se cruzaron, un silencio denso cayó entre ellos. Ella apartó la vista, avergonzada. No quería que él viera la culpa que la carcomía.
Después de que todos salieran, Usagi se levantó tambaleante. En una silla encontró la bolsa negra. Dentro estaba su vestido de dama de honor y sus zapatos plateados favoritos. Los acarició con dedos temblorosos. Esos tacones la hacían sentir mujer... no la asesina en la que se había convertido ayer.
Había matado a un hombre.
El recuerdo la golpeó con fuerza. Sus manos aún parecían manchadas de sangre invisible. Se miró al espejo y apenas reconoció a la chica que la observaba: ojos atormentados, labios pálidos. «¿En qué me estoy convirtiendo?», pensó. Y lo peor era que, en medio de todo ese horror, solo quería que Mamoru la abrazara y le dijera que todo estaría bien.
Al día siguiente, tras recibir el alta, Ittoki y Ami la llevaron al hotel. Usagi se bañó con lentitud, dejando que el agua caliente borrara los restos de hospital. Se maquilló con cuidado, resaltando sus ojos azules y sus labios rosados. Por primera vez en días se sentía hermosa... y vulnerable.
Alguien tocó a la puerta.
Cuando abrió, el mundo se detuvo.
Mamoru estaba allí, impecable en su smoking negro. La tela se ajustaba perfectamente a sus hombros anchos y su cintura marcada. El cabello oscuro caía ligeramente sobre su frente, y esos ojos intensos la recorrieron de arriba abajo con una lentitud que le erizó la piel. El pasillo pareció encogerse. El aire se volvió espeso, eléctrico.
Usagi sintió un calor traicionero subir por su cuello. Imaginó con claridad brutal tomar las solapas de su smoking, tirar de él hacia dentro, cerrar la puerta de un golpe y empujarlo contra la pared. Quería besarlo hasta quedarse sin aliento, recorrer con sus manos ese pecho firme que tantas veces había visto entrenando, sentir sus dedos fuertes apretándola contra él.
—Usagi... —la voz de Mamoru sonó más ronca de lo normal—. Ya puedes respirar.
Ella parpadeó, saliendo del trance. Sus mejillas ardían.
—Aunque el mono se vista de seda... —empezó, intentando recuperar su arrogancia habitual, pero su voz tembló ligeramente—. El smoking no te queda.
Mamoru dio un paso más cerca. Demasiado cerca. Podía oler su colonia, sentir el calor que emanaba su cuerpo.
—Pues a ti el rojo tampoco te queda —murmuró él, inclinándose ligeramente—. Aunque... debo admitir que el plateado te hace lucir peligrosa. Y muy hermosa.
El corazón de Usagi latió con fuerza. Por un segundo, ninguno de los dos se movió. Sus miradas se enredaron. El deseo flotaba entre ellos, denso y prohibido. Mamoru levantó una mano, como si fuera a tocar su mejilla, pero se detuvo a medio camino y cerró el puño.
—Bajemos —dijo con voz tensa—. Antes de que hagamos algo de lo que nos arrepintamos.
En la iglesia, el dramatismo golpeó a Usagi como un puñetazo. Era exactamente la misma de su pesadilla. Los vitrales, los bancos de madera oscura, el altar... Todo igual. En su sueño, Mamoru moría desangrado entre sus brazos en ese mismo lugar.
Se quedó paralizada al pie de las escaleras, con el corazón latiéndole en la garganta.
—Si no te mueves, llegaremos tarde —dijo Mamoru, deteniéndose a su lado.
—Mamoru... —su voz se quebró—. Dime que trajiste la pistola.
Él la miró con intensidad. Sin preguntar más, sacó el arma del auto y la guardó dentro de su smoking. Luego tomó la mano de Usagi con firmeza. El contacto fue eléctrico. Sus dedos se entrelazaron con fuerza, casi con desesperación.
—No dejaré que nada te pase —susurró él cerca de su oído, tan cerca que sus labios rozaron su cabello—. Ni hoy, ni mañana. ¿Entiendes?
Usagi asintió, pero las lágrimas amenazaban con salir. Quería creerle. Quería arrojarse a sus brazos y confesarle todo: el miedo, la culpa, el deseo que la consumía. Pero solo apretó su mano con más fuerza antes de soltarlo.
Durante la ceremonia, sus miradas se buscaron constantemente. Cada vez que Mamoru la observaba desde el otro lado, Usagi sentía que el pecho le ardía.
En la recepción al aire libre, bajo un cielo estrellado y rodeados de flores, Mamoru la sacó a bailar varias veces. La primera vez, colocó su mano en la curva de su espalda con posesión. Sus cuerpos se pegaron más de lo necesario. Usagi podía sentir los latidos de su corazón contra el suyo.
—Bailas mejor de lo que esperaba —murmuró él, con la voz baja y ronca.
—Tú también... para ser un mono —respondió ella, pero su tono era suave, casi tembloroso.
Mamoru sonrió de medio lado y la acercó aún más. Sus narices casi se rozaron. El mundo desapareció. Solo existían ellos dos, el roce de sus cuerpos, el calor de su aliento en su sien.
—Usagi... —susurró Mamoru, como si su nombre le doliera—. ¿Qué estamos haciendo?
Ella no respondió. Solo apoyó la frente contra su pecho, cerrando los ojos. Por esta noche quería olvidar la venganza, la sangre, la misión que comenzaba mañana. Solo quería ser la chica que se enamoraba perdidamente del hombre equivocado.
Pero al final de la noche, mientras veía a Rei feliz, la realidad cayó sobre ella como una losa.
Mañana tendría que empezar a seducir al hijo de su enemigo. Tendría que mentir, acercarse, quizás besar a otro hombre. Y la sola idea le provocaba náuseas.
Miró a Mamoru, que la observaba desde lejos con esa intensidad que la desarmaba. Sabía que si se rendía al amor, él se decepcionaría de ella. Por eso no podía permitírselo.
Abandonaría la Misión: Amor... para cumplir la Misión: Venganza.
Aunque eso le rompiera el corazón en el proceso.
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Mision: Amor
FanfictionUsagi Tsukino, una espía talentosa pero demasiado confiada y distraída, es obligada a formar pareja con Mamoru Chiba, el agente más frío y despiadado de la agencia. Mientras luchan por complementar sus opuestos -la calidez de ella contra el hielo de...
