La semana transcurrió como una cuenta regresiva silenciosa hacia el abismo.
Aunque Mamoru seguía sin confiar plenamente en el plan, había tomado una decisión fría y calculada: apoyaría la operación hasta sus últimas consecuencias. Ya no era solo un agente de campo; ahora interpretaba el rol de "hermano mayor protector" con una precisión quirúrgica. Cada mirada, cada gesto, cada palabra estaba calibrada para vender la ilusión de una familia rota y unida por la tragedia.
Usagi, por su parte, se había convertido en un arma de doble filo. Su determinación por acercarse a Ren Nagano rayaba en la obsesión. "Target acquisition at any cost", repetía mentalmente cada noche. Convertirse en la novia de ese hombre era su misión principal... pero cada día que pasaba, la línea entre misión y deseo personal se volvía más difusa.
La casa blanca, antes un simple punto de apoyo táctico, había sido transformada en un escenario perfecto. El exterior seguía impoluto y neutral, pero el jardín ahora lucía pasto verde artificial impecable, mesas y sillas de madera clara bajo una pérgola blanca, y un golden retriever llamado Sunny que ladraba alegremente cada vez que alguien se acercaba. Todo diseñado para gritar "familia normal" a cualquier satélite o dron que pudiera estar observando.
Dentro, el contraste era deliberado y perturbador.
El cuarto de Usagi era un estallido de rosa pastel: cortinas con volantes, peluches gigantes esparcidos por la cama y el suelo, luces de hadas colgadas como estrellas falsas. Un refugio infantil que ocultaba la oscuridad que crecía dentro de ella. En las paredes había pegado fotos falsas de "familia": ella y Mamoru sonriendo en viajes inventados, junto a un hombre y una mujer que supuestamente eran sus padres adoptivos fallecidos.
El cuarto de Mamoru era todo lo contrario. Blanco y gris glacial. Ni un solo objeto fuera de lugar. Estantes metálicos negros ocupaban cada esquina, organizados con precisión militar: armas cortas ocultas en compartimentos falsos, documentos clasificados en carpetas codificadas, y un portátil encriptado con triple capa de seguridad. Su espacio era un recordatorio constante de que esto no era una casa. Era un safehouse.
El pasillo de la escalera ahora estaba decorado con cuadros antiguos que Usagi había rescatado del desván. Paisajes sombríos, retratos de personas con miradas vacías. A Mamoru le parecían perfectos: transmitían melancolía y pérdida, justo lo que necesitaban para reforzar la narrativa del "accidente trágico".
Esa noche, mientras esperaban que las nuevas identidades (pasaportes, actas de adopción, testamento falsificado y registros académicos) estuvieran listas en aproximadamente un mes, ambos se encontraban en la sala principal.
Usagi estaba sentada en el sillón grande, con las piernas recogidas. Mamoru permanecía de pie junto a la ventana, observando la calle oscura con los brazos cruzados. La única luz provenía de una lámpara de pie que proyectaba sombras largas y afiladas sobre las paredes blancas.
—¿Crees que funcione? —preguntó Usagi de repente, la voz baja y cargada de duda.
Mamoru no se giró inmediatamente. Siguió mirando hacia la noche.
—Esperemos que sí —respondió finalmente, con tono neutro—. La leyenda está bien construida: padres muertos en un accidente automovilístico en la autopista. Mamoru Otoya, hijo adoptivo mayor, hereda la Editorial Otoya y se convierte en el nuevo director ejecutivo. Usagi Otoya, hija adoptiva menor, se encarga de la administración mientras estudia la carrera. Trágico. Limpio. Verosímil.
Usagi apretó los labios.
—Es una historia demasiado dolorosa... usar la muerte real del señor Otoya como base se siente como profanar una tumba.
Mamoru finalmente se volvió. Sus ojos oscuros brillaban con una frialdad profesional.
—Los muertos no sienten nada, Usagi. Solo los vivos cometen errores. Y en esta operación, cualquier error emocional puede costarnos la vida. Recuérdalo: somos activos en territorio hostil. No hay margen para sentimentalismos.
La rubia bajó la mirada, pero no se rindió.
—Últimamente tengo pesadillas —confesó en voz baja—. Sueño que estoy en una iglesia, vestida de novia... y de pronto todo se tiñe de sangre. Tú estás en el suelo, desangrándote en mis brazos. Me dices que me amas mientras te mueres. Y yo... yo solo puedo llorar y prometerte que mataré a quien te haya hecho eso.
El silencio que siguió fue opresivo.
Mamoru se acercó lentamente hasta quedar frente a ella. Se inclinó, colocando una mano en el respaldo del sillón, atrapándola parcialmente.
—Escúchame bien —dijo con voz baja y peligrosa—. Si alguna vez me ves caer en el campo, tu protocolo es claro: abortar misión, extraer y reagruparte. No venganzas personales. No heroicidades. Eso es lo que diferencia a un espía vivo de un cadáver romántico.
Usagi levantó la cara. Sus ojos azules brillaban con lágrimas contenidas y algo mucho más oscuro.
—¿Y si no puedo? ¿Y si prefiero quemar todo el maldito mundo antes que dejarte ir?
Mamoru entrecerró los ojos. Por un segundo, algo peligroso cruzó su mirada: deseo, advertencia y un atisbo de miedo real.
—Entonces serías un lastre —respondió con crudeza—. Y en nuestro mundo, los lastres se eliminan.
Usagi se levantó bruscamente, quedando a escasos centímetros de él. El aire entre ambos crepitaba.
—Dime la verdad, Mamoru. ¿Realmente podrías dispararme si la agencia te lo ordenara? ¿Si consideraran que me he comprometido demasiado?
Él no retrocedió. Al contrario, se inclinó un poco más, su aliento rozando los labios de ella.
—Si la misión lo requiriera... apretaría el gatillo sin dudar —mintió—. Pero no te equivoques. No sería porque quiera hacerlo. Sería porque no tendría otra opción.
Usagi levantó la mano y, con dedos temblorosos, tocó la mandíbula tensa de Mamoru.
—Mentiroso —susurró—. Tus ojos dicen otra cosa. Cada vez que me miras, ya no es solo como tu compañera de equipo. Hay algo más... algo que te asusta tanto como a mí.
Mamoru atrapó su muñeca con firmeza, pero no la apartó. Su pulgar rozó lentamente el pulso acelerado de Usagi.
—Esto —dijo con voz ronca, señalando el espacio mínimo entre sus cuerpos— es una debilidad letal. Si Ren Nagano percibe aunque sea una grieta en nuestra fachada, nos usará el uno contra el otro. Y créeme... él es experto en romper personas desde adentro.
Usagi se mordió el labio inferior, luchando contra el impulso de besarlo ahí mismo.
—Entonces tal vez deberíamos practicar —propuso ella con voz temblorosa pero provocadora—. Practicar cómo fingir que somos solo hermanos... mientras sentimos todo lo contrario.
Mamoru soltó una risa baja y oscura.
—Eres peligrosa, Usagi. Más de lo que crees.
Se apartó con esfuerzo, girándose hacia las escaleras.
—Mañana iremos a la Editorial Otoya por primera vez como los nuevos dueños. Vístete formal. Y controla esas pesadillas. Necesito que estés enfocada, no rota.
Antes de subir, se detuvo un segundo y añadió sin mirarla:
—Y si sueñas de nuevo con mi muerte... recuerda esto: si alguna vez tengo que morir para que tú completes la misión... hazlo. Termina el trabajo. Esa es la única forma en la que podrías honrarme.
Usagi se quedó sola en la sala, temblando.
Se abrazó a sí misma, sintiendo cómo el frío de las palabras de Mamoru se clavaba en su pecho como un cuchillo.
Arriba, en su habitación gris y blanca, Mamoru se quitó la camisa frente al espejo. Observó su propio reflejo con dureza.
"Control. Distancia. Objetivo."
Pero mientras se metía en la cama, la imagen de Usagi con lágrimas en los ojos y los labios entreabiertos no dejaba de atormentarlo.
Abajo, Usagi subió a su cuarto rosa, se metió bajo las sábanas y cerró los ojos.
La pesadilla regresó casi de inmediato.
Sangre. Vestido blanco. Mamoru muriendo en sus brazos.
Solo que esta vez, antes de que él cerrara los ojos para siempre, le susurró algo diferente:
—"Si me amas... mátame tú misma antes de que te destruya."
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Mision: Amor
ФанфикшнUsagi Tsukino, una espía talentosa pero demasiado confiada y distraída, es obligada a formar pareja con Mamoru Chiba, el agente más frío y despiadado de la agencia. Mientras luchan por complementar sus opuestos -la calidez de ella contra el hielo de...
