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Los meses que siguieron fueron de intensos preparativos para ambos. Entre la mudanza de los dos a sus respectivas ciudades (que se hizo lentamente), no se vieron por un buen rato. 

El día anterior a la mudanza definitiva de Andra, decidieron reunirse para tener un picnic al aire libre, con derecho a chocolate, frutillas, sándwiches e incluso pastel de zanahoria (hecho por uno de los padres de Ízan). 

El camino hacia el parque fue silencioso, ambos sabían que aquella no sería la despedida definitiva, que esa sería al día siguiente, pero aún así se sentía como tal. Sería su último momento de privacidad juntos. 

Ízan pensó entonces que le gustaría haber conocido más a Andra, haber besado otros lugares de su cuerpo, haber explorado con manos temblorosas de quien no es experto en el tema. 

Se sentaron en el césped, sobre una manta que habían llevado. 

Comenzaron a comer, para llenar el silencio que los oprimía, pero Andra no lo soportó más. Se abalanzó sobre Ízan, tirándolo al suelo, quien la envolvió con los brazos. 

—No quiero que te vayas—murmuró él.

—Ni yo, pero tú también te irás... me gustaría haberte conocido antes—lloró ella con su rostro enterrado en el pecho de su chico. 

No dijeron mucho más; no había nada más que decir. 

Un coreano para llevarDonde viven las historias. Descúbrelo ahora