Capítulo 6

37 0 0
                                        


~Narra Dina~

Las clases acabaron, por lo que Fran y yo nos encaminamos a nuestros hogares. A mitad de camino decidimos esperar a Noah y a Carlos.

Cuando ya les vimos, Fran fue corriendo a los brazos de Carlos y luego a darle un abrazo a Noah. Los tres nos echamos miradas cómplices de confusión,

— Eh... Fran, y este comportamiento ¿A qué es debido?

— Estoy feliz tía

— Ya, eso lo he notado, pero, ¿por qué? En clase no estabas así.

— Ya tía. Acabo de leer que mi padre ha encontrado trabajo aquí y ya no nos tendremos que ir.

— ¿te ibas a ir?

— Esto... sí, te lo pensaba decir pero...

— ¿Desde cuándo lo sabes?

— Hace unas semanas.

— Y no me lo dijiste— sentí una puñalada en mi corazón. ¿Qué pensaba hacer? ¿Irse y dejarme un carta? Me sentí muy decepcionada en esos momentos.

— Solo hasta asegurarme y como ya ves no me voy.

— Ya bueno eso dices tú.

— ¿Estás bien?

— Genial. Adiós— di media vuelta y me fui de ahí. Me dio tal rabia que me lo ocultara, que no me pude contener.

Noté como iban todos corriendo tras mía, pero no les hacía caso, ya que lo único que me movía era la impotencia por la desconfianza de mi amiga. Sentí unas manos rodearme. Yo pataleaba, para que me soltara.

— Noah, suéltame—le ordene con tenacidad.

— En cuanto te tranquilices—le di un cabezazo haciendo que me soltara y me fui corriendo de ahí.

Corrí y corrí, hasta verlo todo negro. Oía pitidos en mis oídos, lo veía todo borroso, sentía escalofríos y mi sangre hervir, y mis ojos pesaban como plomo, poco a poco se cerraban.

[...]

Abrí mis ojos y me encontraba... ¿en un maletero? Eso creo. Con las manos y los pies atados fuertemente por una soga. Hice el ademán de gritar, pero sentí un fuerte pinchazo en mi médula, que me hizo recordar, la escena anterior.

Corrí hasta llegar a un paso de cebra. Ahí un coche negro, me atropelló. Caí al suelo, mis brazos se arañaron y mis ropas se rasgaron. Dos hombres salieron de aquel coche y en vez de ayudarme o llamar a alguien, se quedaron ahí parados, mirándome. Entonces mis ojos se iban cerrando poco a poco. Cuando estaba apunto de sumirme en un profundo sueño, sentí como uno de ellos me agarraba de las piernas y otro por debajo de los hombros, cogiéndome y llevándome a lo que supongo, el maletero en el que ahora me encuentro.

Escucho atentamente, para ver si puedo más o menos hacerme una idea de dónde me encuentro. Se escuchan las ruedas rozar con el suelo primeramente, más allá puedo distinguir el sonido de cataratas.

¡Joder! Mis oídos. Acaba de pasar un camión pitando el claxon. Me ha reventado el tímpano, a parte del susto que me dio.

Estamos en una carretera llena de bache y no dejo de botar. Sin querer, vino un recuerdo a mi mente... el sueño. De un momento a otro el miedo se apoderó de mi anatomía. Mi cuerpo entero temblaba, mis manos empezaban a sudar, y la cabeza a darme vueltas. Después de un rato así el sueño tomó parte de mi, y mis párpados se fueron cerrando poco a poco dejándome dormida.

[...]

Abría mis ojos lentamente mientras mi cabeza daba vueltas. Me sentía adolorida. Apenas sentía las piernas, y la sangre difícilmente llegaba al cerebro. Mis muñecas estaban enganchadas a cadenas. Mi cuerpo estaba casi al descubierto ya que prácticamente toda mi ropa estaba rota y rasgada. Mis pies no tocaban el suelo, lo cual hacia que mis muñeca cogieran todo mi peso, y ya siento como se van dislocando.

La cabeza me da tumbos e intento divisar algo que me pueda ayudar a salir de aquí pero apenas veo algo. Mí vista anda borrosa y si a ello le añado que la luz es tenue básicamente no veo nada.

Oigo hojas de árboles chocar entre sí, el viento soplar, y agua caer. De repente también escucho pasos. Unos pasos que se aproximan y unas ruedas chirriar. Las ruedas pararon y una silueta apareció por la pequeña puerta situada al fondo de la sala. La tenue luz de la luna iluminaba algunos rasgos de su rostro. Se puede apreciar una mandíbula cuadrada, unos labios finos y simétricos y unas cejas bien depiladas, más un cuerpo entrenado pero flaco, forrado de una camiseta tirante y un chándal negro, adidas.

— Parece que ya has despertado— comenta con voz arrogante— bien—deja encima de la mesa lo que parece un móvil y sale para volver y traer consigo lo que anteriormente chirriaba.

— ¿Qué queréis de mí?— digo al recordar que fueron dos hombres los que me llevaron.

— Ha llegado a mis oídos que estuviste espiando a miembros de mi equipo.

— ¿Qué equipo?

— ¡No te hagas la tonta!—gruño, y respiro hondo. Estaba perdiendo el control—en el callejón. Ahí nunca pasa nadie, hasta que viniste tú.

— No... no sé, de que me hablas—respondí aterrorizada. No sabía de que me hablaba y tenía miedo de decir algo que no debía y que me matase. Por el lugar en el que me encuentro y la manera en la que me trajeron se nota que son una especie de mafia. Acaba de prender la luz, y el sitio parece una fábrica abandonada y en algún momento quemada, ya que a pesar de su color negro quemado, se pueden apreciar algunos graffiti.

— Mira, ¿ves esto de aquí?—señaló el carrito que tenía al lado—esta máquina—ahora que me dijo que es una máquina, puedo apreciar en ella unos cables, los cuales el chaval empezó a conectar—esta máquina puede matarte e cuestión de segundos si me lo propongo—mis pelos se erizaron al oír eso—así que más te vale, y no quiero jueguecitos, contarme todo lo que sabes.

— Yo... yo te diría lo que quieres saber, pero es que... si quiera se de que me hablas.

— ¡Basta!—dio un golpe a la máquina, pulso un botón y...

— ¡Aaaah!— grité, grité a pleno pulmón. Una descarga eléctrica cruzó mis sentidos. Mi cuerpo se quería retorcer, hasta hacerse una bola, mas apenas podía levantar las piernas. Mi cuerpo no rozaba el suelo, y con la descarga que me dio, mi cuerpo se quedó paralizado.

— Ahora dime, ¿qué hacías en ese callejón?

— No se, yo no paso por callejones—respondí sollozando.

— Última oportunidad nena, o subo la potencia de la máquina.

— No... no—y estaba apunto de volver a darme otra descarga, cuando se oyó la puerta abrirse. Por ella entró un hombre musculoso, forrado de un traje azul, y unos zapatos elegantes. Colgó su gabardina negra en un perchero, desenfundo un arma, la limpió con una servilleta negra, y la dejó encima de un escritorio. El chico le echó un vistazo y me dio esa descarga que dejó a medias. Descarga que me dejó inconsciente.

Tras el armaWhere stories live. Discover now