Hogar

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Los días se sucedían sin tregua. Cada hora compartida en aquella casa, era una hora más en la que se conocían un poco mejor. Sus historias, su pasado, sus creencias, su humor. Pero también su olor, el tono de sus voces, sus risas, el tacto de sus pieles bajo sus manos, sus suspiros. Ambos atesoraban cada segundo como si fuese el último. Aún estaban descubriendo qué eran el uno para el otro, construyendo mapas con los retazos de información que iban compartiendo. Pero al mismo tiempo, tenían una diana sobre sus cabezas, y no sabían durante cuánto tiempo podrían huir de su destino.

Raoul se despertó desorientado en el sofá, dejando caer la manta verde con la que, hasta hace un instante, había estado cubierto. Miró hacia los lados confundido. Recordaba estar hablando con Agoney de todo y nada en concreto, mientras el humano le acariciaba el pelo distraído. Raoul se fue relajando bajo el toque del otro chico, hundiéndose más en su pecho hasta caer en un profundo y restaurador sueño. Agoney debió levantarse en algún momento sin querer interrumpir su descanso. Ya había oscurecido, pero dudaba de que se hubiese ido a la cama. Conociéndole, le hubiese llevado a su cuarto. Se desperezó estirando su cuerpo a lo largo del sofá y emitiendo pequeños ruiditos de placer. Ya más espabilado, fue en su busca.

No tardó en encontrarlo. Una silueta de espaldas se adivinaba en el porche trasero, hipnotizada por el movimiento de las olas. Raoul se acercó en silencio, enroscando sus brazos alrededor de su cintura y depositando un suave beso en su hombro, apoyando la cabeza en el mismo punto justo después. Agoney suspiró, inclinado su cabeza levemente para poder acariciar con su mejilla el cabello del chico. Raoul aún se sorprendía cada vez que uno de los dos tenía un gesto tan cotidiano y natural con el otro. Cada vez estaban más cómodos entre ellos, y la domesticidad era palpable.

- Se avecina tormenta -anunció aún con la voz ronca después de la siesta. Nubes oscuras y violáceas copaban el cielo. De vez en cuando un rayo del mismo color estriaba el paisaje, augurando un trueno que no acababa de romper. La tormenta estaba lejos, pero no tardaría en llegar-. Deberíamos ir dentro antes de que descargue.

- Es fascinante.

Raoul no estaba seguro de que le hubiese escuchado. Su mirada seguía perdida en el horizonte. En las olas violentas, del mismo color que el cielo con algún reflejo anaranjado.

- En las colonias no hay nada parecido -Raoul lo miraba como podía desde su ángulo. Le brillaban los ojos y su voz estaba llena de magia-. Ojalá poder viajar en el tiempo. Me encantaría retroceder cincuenta años, o cien, y poder darme un chapuzón sin poner en riesgo mi vida.

No sabía porqué, pero le llamaba. Desde siempre, aunque fuera la primera vez que lo veía en persona. Aquella inmensidad líquida, viva. Le gustaría ser uno con ella.

- Para poder meterse en el mar hay que saber nadar.

- En aquella época, sabría -sonrió imaginándoselo, como tantas veces había hecho.

Ahora casi nadie aprendía a nadar. No era necesario. La escasez de agua había llevado a la prohibición de piscinas y estanques artificiales unas décadas atrás. Incluso las duchas estaban monitorizadas. Con los nuevos modelos diseñados para verter agua a presión durante dos minutos, un máximo de dos veces al día -dependiendo del número de inquilinos-, lo que ayudaba a optimizar el uso y reducir el malgasto.

- Mi hermana trabaja con el mar -dice girándose de pronto, haciendo que Raoul diera un paso hacia atrás, para volver a recuperarlo al instante. Volvió a rodear su cintura, apoyando esta vez su barbilla en el pecho, dejándose caer, para poder mirarle a los ojos. Agoney retiró los mechones despeinados que le caían sobre la frente.

- No sabía que tenías una hermana -en realidad se dio cuenta de que jamás había mencionado a su familia.

- Glenda -y la manera en la que lo dijo estaba llena del amor y cariño que le profesaba. De todo lo que significaba para él-. Es bióloga marina. Trabaja en Cádiz en un proyecto por la protección y recuperación de la biodiversidad marina -y la admiraba por ello. Sus ganas por salvar un planeta en el que ni siquiera había nacido.

2051Donde viven las historias. Descúbrelo ahora