Cap#18 "Cuando tu prometido viene con manual de tortura incluido"

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Maratón 1/3

Una fuerte música logra hacer que me sobresalte.

<¿Quién mierda pone música a esta maldita hora?>

Me levanto con pesadez de la cama. Es increíble lo rápido que está progresando esto de la transformación. Aún no me acostumbro a sentir cada parte de mí pesada, como si mis huesos y músculos llevaran un lastre invisible. Camino tambaleante hacia la cocina en busca de un vaso de agua.

Ustedes se estarán preguntando: “¿Y tu odioso prometido dónde está?”.

Pues la respuesta es fácil… El muy hijo de su madre logró quedarse a dormir en mi casa, y si se preguntan el cómo, la respuesta es aún más simple: él aún conserva todas sus habilidades. Tiene fuerza, rapidez y, para rematar, la habilidad especial que despertó el año pasado. Yo, en cambio, ya no soy rival para él. En estos momentos soy más humana que vampira, y mi habilidad de persuasión nunca ha funcionado en vampiros de clase alta como nosotros.

En otras palabras: ESTOY JODIDA.

Al pasar por la sala lo veo tumbado en el sofá, con la música a todo volumen, como si aquello fuera un maldito concierto privado. Sus pies descansan sobre la mesa, una mano detrás de la cabeza, la otra jugueteando con un vaso vacío. Irradia comodidad, como si este lugar fuera suyo.

Hago un esfuerzo sobrehumano —valga la ironía— en ignorarlo, y abro la nevera. Entonces, la incredulidad me hace atragantarme con mi propia saliva.

La nevera está llena de sangre.

Botellas, bolsas, frascos… nunca había visto tanta en un solo sitio. El aroma metálico y dulzón me golpea de frente, llenándome los pulmones, la garganta, la mente. Mis colmillos reaccionan solos, afilándose, rogando.

Me quedo quieta, casi hipnotizada. La sangre es espesa, roja, perfecta. Siento como si el mundo entero se detuviera y sólo existiera ese festín delante de mí. Cada fibra de mi cuerpo suplica que me abalance, que beba hasta saciarme.

Y justo cuando estoy a punto de rendirme, la puerta de la nevera se cierra de golpe en mis narices.

—Siento decepcionarte, bonita, pero esa sangre no es para ti. —Su tono cargado de suficiencia es peor que cualquier bofetada.

Contengo un gruñido, cierro los ojos un segundo y respondo con sarcasmo:

—Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano en ignorarte. No lo arruines.

Él suelta una carcajada.

—Y nunca mejor dicho. —Se burla. —Pronto serás tan humana como las personas con las que te codeas a diario.

Camina hacia mí con esa sonrisa torcida que mezcla maldad con placer. Se inclina un poco, lo suficiente para invadir mi espacio personal, para que yo huela el perfume caro en su cuello mezclado con el rastro de la sangre que me negó.

—Viviremos juntos más felices que nunca —susurra, casi en mi oído—. Yo seré la figura masculina fuerte y poderosa que busca tu padre, y tú serás la esposa buena y obediente que se desvive por su esposo y su familia.

<Primero me clavo mil agujas antes que casarme contigo, imbécil.>

Respiro hondo. Me obligo a mantener la calma.

—Sería una lástima que tuvieras que casarte con una humana después de todos los esfuerzos de nuestras familias para mantener los linajes intactos. —Me burlo a propósito, devolviéndole el veneno. —Porque, querido, una vez que la transformación termine… no hay vuelta atrás.

Sus ojos se entornan. No le gusta escuchar eso. Y aunque mis palabras salen con tranquilidad irrefutable, por dentro tiemblo. La idea de ser completamente humana me aterra. Una vida corta, frágil, llena de enfermedades y miserias. Una vida sin colmillos, sin velocidad, sin poder.

Él sonríe, lento, venenoso.

—¿Y qué te hace creer que ya no hemos pensado en eso?

<¿Hemos?>

La palabra me eriza la piel. ¿Se refiere a mi padre? ¿O hay alguien más en este juego? ¿Hasta dónde llega esta conspiración?

Sus dedos rozan mi barbilla con descaro. Lo miro fijo, resistiendo las ganas de apartarlo de un manotazo. Lo odio. Lo detesto con cada célula de mi cuerpo. Y aun así, tengo que aguantar.

No lo soporto. Su humor estúpido, su dramatismo, su egocentrismo… todo me repugna.

<En momentos como este lamento una y mil veces haber perdido mi fuerza.>  Retrocedo, me obligo a no gritarle. Sé que cualquier palabra, cualquier gesto, se lo llevará como victoria. Pero mientras lo miro, una certeza me atraviesa como una daga:

Kim Namjoon puede ser mi destrucción… o mi salvación.

Y no sé qué es peor.

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