—¿Temeré? —esbocé una sonrisa torcida, aunque mi voz sonó quebrada—. ¡Ustedes sí que temerán cuando salga de aquí!
La frase resonó en el baño vacío, chocando contra los azulejos como un eco burlón que solo me recordaba una verdad incómoda: estaba sola. Me envolvía un frío extraño, un frío que no venía del agua estancada ni de la brisa que se colaba por las rendijas, sino de adentro. Me sentía entumecida. Quizá por el miedo. Quizá por el cansancio. Quizá porque la parte humana que crece en mí me estaba volviendo débil, y ese pensamiento era peor que cualquier encierro.
Me llevé una mano al pecho, buscando consuelo en la presión de mis propios dedos, y lo único que encontré fue ansiedad.
Busqué posibles soluciones en mi cabeza, pero las ideas se deshacían como humo. Joder, joder, joder. Si no estuviera perdiendo habilidades, ya estaría fuera. Una patada, un salto, un golpe certero, y esto habría terminado. Pero no: mi cuerpo humano me estaba traicionando.
El miedo se fue colando lento, viscoso, como un veneno que trepa por las venas. Y con él, los recuerdos.
El bosque.
La herida.
El sabor metálico de mi propia sangre.
La impotencia.
Prometí no volver a pensar en ese maldito día. Prometí que quedaría enterrado en mi memoria como algo que nunca pasó. Pero ahora… ahora la situación no me da tregua.
En aquel momento, al menos, había tenido un pensamiento al que aferrarme, un nombre que invocar en silencio como si pudiera escucharme. Ahora no. Ahora no hay nadie.
MinJun me decepcionó de la forma más cruel. Y yo, irónicamente, hice lo mismo con SangHo.
Uno me quiere fuera de su vida, y al otro lo quiero lejos de la mía.
Una risa amarga salió de mi garganta y se expandió por todo el baño. Era un sonido feo, ajeno incluso para mí, la confirmación de que estaba perdiendo la cordura poco a poco.
—Nadie vendrá por mí —susurré, casi en un rezo invertido—. Tengo que valerme por mí misma.
Me puse en pie con torpeza, las piernas temblando como si fueran de papel. La única idea razonable que pasó por mi cabeza fue usar lo poco que me quedaba de velocidad. Tomé distancia, respiré hondo, y me lancé contra la puerta con todas mis fuerzas.
El golpe retumbó.
El dolor fue instantáneo.
Un latigazo me atravesó el hombro.
Caí de rodillas, jadeando. Apenas podía mover el brazo. Lo había dislocado. Grité en silencio, porque ni siquiera el dolor físico logró arrancarme la voz.
Soy ridícula.
Me dejé caer en el suelo frío, resignada. Me sentí pequeña. Humana. Y esa palabra me supo a veneno.
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No sé cuánto tiempo pasó. Treinta minutos. Una hora. Tres. Perdí la noción. Cada segundo se estiraba hasta parecer eterno. El dolor en mi hombro se mezclaba con el hambre, con el miedo, con el asco de estar aquí atrapada.
Miré el teléfono.
Lo saqué del bolsillo.
Y me reí.
—¿De qué me sirve tener esto si no tengo a quién llamar? —murmuré.
MinJun no vendría.
SangHo no me querría escuchar.
Mi padre no está entre las operaciones.
Lo dejé caer al piso, inútil, como yo misma en este momento.
La puerta, manchada de sangre falsa y rayones, me devolvía la mirada. Suplicaba en silencio que alguien viniera, cualquiera. Me daba igual si era un desconocido. Ya no pedía amor ni amistad, solo quería salir.
Entonces, lo sentí.
Un ruido.
Una vibración.
La puerta se movió.
El chirrido de la cerradura fue la melodía más hermosa que escuché en mi vida. La luz se coló a través de la rendija y mis ojos se llenaron de lágrimas involuntarias.
La puerta se abrió.
Y ahí estaba.
Mi salvador.
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Disfruten los tres capítulos sorpresa, ésta es mi forma de agradecerles el apoyo que le están dando a mi historia :')
Besos. Amanda
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Tu Aroma <En Proceso>
RomanceDicen que el amor verdadero huele a flores, a calma, a hogar. El de ellos... huele a sangre. Ella no es una vampiresa cualquiera. Es un arma, un secreto andante, una enemiga pública con el alma rota y las manos manchadas. Y él... es humano. Inocente...
