Sus ojos fue lo primero que me cautivó en cuanto me di la vuelta. Aquellos ojos azules, tan frío como el hielo ahora eran diferentes, pero no sabía describir muy bien en qué. Supongo que había sufrimiento en ellos igual que lo había en los míos, pero aún así había algo más en la forma en la que me miraba.
- ¿Qué estás haciendo aquí?
- Si te soy sincero aún no lo sé. - dijo en un tono que no sabia muy bien como identificar.
- ¿Entonces a qué has venido? Creí que habías salido de mi vida para siempre.
- Era lo que tú querías.
- Tampoco me dejaste muchas opciones después de lo que tuve que ver.
- Tal vez dejar que me explicara hubiera sido una buena opción. ¿No crees?
- Daniel en serio ¿qué haces aquí?
- Recibí esto. - abrió su chaqueta y sacó mi carta del interior de su bolsillo. Y yo me puse colora al instante.
- ¿La has leído?
- ¿Crees que si no lo hubiera hecho estaría aquí? Pensé que no querrías volver a verme hasta que ayer apareció esto en mi despacho. Y aún sabiendo lo que contiene esta carta no sé muy bien que quieres Spencer.
- Creí que si lo escribía todo sería más sencillo. Que limpiaría mi alma y tal vez fuera un poco más feliz, o bueno simplemente sería feliz.
- ¿Qué significa eso?
Sé que no debo mirarle a los ojos pero lo hago y es entonce cuando el nudo en mi garganta se hace más grande. Ayer tenía las cosas claras, no quería volver a verle después de esa carta. Había decidido seguir con mi vida, costara lo que costara y ahora estaba aquí, delante de mí esperando que le dijera qué significaba todo esto mientras yo temblaba como un flan.
No aguanto que me mire de esa manera así que le aparto de mi camino y salgo del salón.
Fuera hace frío y no tardo en congelarme allí fuera pero el frío me ayuda a pensar con claridad. El aire caliente y espeso sale de mis pulmones y miro como se desvanece delante de mí, justo como hizo mi coraza cuando Daniel apareció aquí. Sé que mi soledad no ha durado apenas unos segundos porque siento su presencia detrás de mi.
- ¿A qué estás jugando?
- ¿Yo? - pregunta sorprendida.
- Spencer, eres tú quien me mandó esto. Me dijiste que no querías volver a verme después de aquel día y entonces...
- ¿Entonces qué? - le corté. - ¿Que quieres que te diga? ¿qué te sigo queriendo? ¡Pues si! ¿vale? No he dejado de pensar en ti un solo instante desde puñeterodía. Porque no sé porqué pero eres superior a mis fuerzas, Daniel. No sé que me hiciste pero no puedo estar lejos de ti ni de tu recuerdo. Y me odio por ello y también te odio a ti por hacerme creer todas esas cosas que se esfumaron como el aire entre mis dedos.
- ¿Y como te crees que me he sentido yo? Me mataste después de aquello Spencer. Me entregué a ti hasta tal punto que renuncié a lo que era por ti. Quise cambiar para poder estar contigo, ser un hombre mejor, comprometerme y entonces vas tú y me dejas sin dejar que me explique siquiera.
- Nadie te dijo que cambiaras por mi. - escupí con rabia.
- No seas orgullosa. - replicó con molestar.
- ¿Entonces que debo decir? ¿Qué yo soy la culpable? ¡Fuiste tú y esa maldita mujer!
- Esto no sirve de nada. - su enfado cada vez era más notable y cuando me dirigió esa mirada supe que lo perdería para siempre si se daba la vuelta. Y es exactamente lo que hizo se dio la vuelta y se encaminó hacia el salón de nuevo.
- ¡TREINTA DÍAS! - grité a su espalda y fue entonces cuando se detuvo, pero no me miró se quedó quieto frente a la puerta de cristal y sabía que no se iría. - Me diste 30 días y aún no se ha acabado el plazo. Tengo exactamente doce minutos aún para que se cumpla nuestro acuerdo. ¿Aún sigues siendo mío Daniel?
No hubo respuesta por su parte. Él seguía paralizado frente a la puerta mientras yo me acercaba lentamente hacia él.
- Me dijiste que cambiaría de opinión sobre ti en 30 días. Así que tienes once minutos y cuatro segundos para hacerme cambiar de opinión sobre ti. Para demostrarme que me quieres al igual que te quiero yo a ti y que estas estúpidas corazas caigan.
- Creía que ese trato estaba olvidado.
- No lo olvidé en todo este tiempo. Lo he tenido presente a cada instante que pasábamos lejos. Por favor mírame. Daniel. Mírame. - le exigí.
Y entonces cuando se dio la vuelta vi porque no quería mirarme. Estaba llorando. Eso era lo que sus ojos escondían lagrimas de dolor ante la pérdida, o tal vez lágrimas por miedo a que nunca le dejara explicarse pero aquello ahora mismo no importaba.
Ahora cuando le miraba ya no era aquella persona imponente que conocí aquel día. Era mucho más, muchísimo más. Era al hombre al que amaba y sabía que él también me amaba a mi.
- Perdóname por favor. - suplicó en un sollozo desgarrador.
- Solo si me prometes algo.
- Lo que sea.
- Prométeme que esto 30 días serán para siempre. Que jamás se acabará este tiempo. Que a pesar de todo siempre viviremos nuestros treinta días. Prométemelo.
- Te lo prometo.
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30 Días ©
RomanceSpencer Mills tras empezar como columnista en German Phillips, uno de los periódicos más famosos de Londres, conocerá a la persona que le cambie su vida para siempre. Harta de planificar su vida constantemente decide correr el riesgo y conocer a Dan...