VIENTO SALVAJE
A Jimin le gustaba mi apartamento.
Le gustaba mirar las calles de Seúl en mi balcón.
Le gustaba ver los recuerdos que había traído de Italia.
Una de las cosas que más le gustaba, sin embargo, era tomar algún libro en italiano de mi biblioteca y dármelo, sin decirme una palabra. Me miraba, con esos ojos tan dulces, como si fuera un niño pidiéndole a su abuela que le contara un cuento, y nos sentábamos en mi sofá.
Me dijo, entre tantas cosas que nos confiábamos, que le encantaba escucharme hablar en italiano.
Por al menos una hora y media, le leía, mientras el dormitaba pegado a mi costado. Solo se escuchaba mi voz. Cuando terminaba, cerraba el libro y permanecíamos juntos un rato más. Sin decir nada, porque no lo necesitábamos.
Algunos días pasábamos horas y horas hablando, y otros, tan solo nos regocijábamos con nuestras presencias, enredados en una manta de nubes, soñando en voz alta.
A mí, me gustaba acariciar sus dorados cabellos con mis manos, y sus facciones con mis labios. Me gustaba ir a su tienda y observarlo trabajar, hacer meticulosamente riquísimos cafés de todo tipo, ordenar cuidadosamente los adornos del lugar, y ver cómo sus ojos se iluminaban cuando algún cliente le pedía ayuda para comprar algo.
En Italia recorrí muchos museos. Tantas galerías, con los más famosos cuadros y las más bellas esculturas. Pero para mí, no había obra de arte que se comparara con Jimin.
Nos habíamos ajustado a una pequeña rutina: tenía dos horas libres para almorzar en el instituto donde trabajaba, lo que me daba tiempo para ir caminando desde el lugar hasta la tienda donde Jimin trabajaba, y comer juntos mientras le contaba anécdotas divertidas sobre mis jóvenes alumnos y sus interesantes interpretaciones sobre los cuentos de Boccaccio. Luego, lo esperaría a las seis en punto de la tarde para ir, tomados de la mano, a mi apartamento.
La primera vez que vino al lugar ambos estábamos nerviosos y entusiasmados. Le mostré con orgullo mi espacio, que poco a poco fue convirtiéndose en nuestro. Jimin no dejaba lugar sin sus huellas. Si mirabas con atención, podías encontrar trozos de él desperdigados en cada rincón. Una bufanda, libros, gorros... a veces creía que dejaba cosas a propósito, tan solo para ver cuál era mi reacción. Me gustaba llamarle la atención sobre sus "despistes" para ver cómo sus mejillas se sonrojaban, pero jamás dejé que se recuperara sus pertenencias. Sus rastros eran la prueba material y tangible de que estábamos juntos, de que lo nuestro era realidad y no un sueño, como a veces creía.
Esa primera vez, también representó la primera vez que dormimos juntos. Por supuesto, no tuvimos relaciones, pero tenerlo en mis brazos, con su cabeza en mi pecho, su tranquila respiración acariciando mi piel y sus cabellos tapando sus dulces facciones pero dejando sobresalir el puchero de sus carnosos labios, me hizo comprender que no era necesario tener sexo para hacer el amor. Pues ahí estábamos, con nuestros corazones y almas unidas.
Jimin se durmió llorando, después de que le entregara todos los regalos que compré para él mientras estuve cuatro años alejado de él.
Había comprado uno por año.
Le confesé que en primera instancia, quería comprarle uno por su cumpleaños, pero curiosamente me dí cuenta mientras estaba parado en uno de los puestos del Ponte Vecchio, con una pequeña caja decorada entre mis manos, que ni siquiera sabía cuál era la fecha del nacimiento de la persona que más adoraba en el mundo.
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Wandering Child - Kookmin
Fiksi PenggemarNunca me crucé con una persona que me haga decir: es él. Es con quien mi vida cambiará. Es el que hará que me entregue felizmente a la montaña rusa de lo que significa el amor. Hasta que él llegó. La primera vez que lo ví, estaba atravesando el ha...
