Capítulo 1

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Descansen en paz». Aquellas palabras de serenidad le parecieron a Usagi Moon casi una burla. Había habido poca paz en las vidas de Molly y Kelvin  Osaka, e incluso menos en la forma en que sus existencias les habían sido arrebatadas. De repente, trágica e innecesariamente.

Usagi se alejó del entierro. El pequeño grupo que había venido a decir adiós no lo notaría. Ella no era de la familia, y no había sido amiga de Molly. No había razón alguna para quedarse más tiempo, ni nada que pudiera hacer en aquel momento.

De todas formas, miró hacia atrás de nuevo, sin saber por qué echaba aquella última mirada. Sabía que nunca olvidaría la imagen de aquellos dos ataúdes de madera que brillaban bajo el sol de últimos de septiembre. Uno de ellos no medía más de un metro.

Nunca olvidaría que había sido la responsable de que estuvieran allí.

Caminó rápidamente, como si pudiera poner distancia entre ella y sus pensamientos, su pena y su sentimiento de culpabilidad. Se detuvo al salir por las puertas del cementerio y se puso las gafas de sol. Las lentes oscuras la protegieron del sol de la tarde y disimularon las lágrimas que le ardían en los ojos. .

Intentó desesperadamente pensar en otra cosa que no fueran la madre y el hijo a los que pronto enterrarían.

Se encaminó a Woodfield Park, y sus pasos se hicieron más lentos cuando divisó el pico del tejado del tribunal. Era un edificio con muros de piedra y altísimos pilares blancos. A Usagi la impresionaba más lo que había dentro del edificio que su arquitectura. La ley era una complicada maquinaria que funcionaba sin descanso, y no siempre con éxito.

El edificio era un símbolo visible de la interminable lucha por la verdad y la justicia. Usagi  le había dedicado su vida a aquella causa, e incluso su propia oficina estaba bajando la calle del juzgado. Desde allí veía el tejado del tribunal con solo asomarse por la ventana. Algunas veces aquella visión era todo lo que necesitaba para recordar por qué se había convertido en una abogada especializada en asuntos de familia: para luchar por las mujeres y los niños que no podían hacerlo por sí mismos.

Aquel día se sentía devastada y no podía volver a la oficina. Necesitaba unos minutos para abandonarse a la pena, para asimilar aquella impotencia tan abrumadora. Encontró sitio en un banco bajo unos robles y se sentó, confiando en que estaría bien escondida de la gente que pasaba por el camino, al lado de la impresionante fuente de piedra. Allí, aunque no encontrara consuelo, al menos tendría soledad.

Inclinó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando fijamente al cielo. No había ni una sola nube, e incluso a través de las gafas se veía azul. Los árboles habían empezado a cambiar de color y tenían matices rojos, dorados y amarillos. Los pájaros cantaban en lo alto de las copas, pero no quedaría mucho tiempo para que emprendiesen su vuelo hacia el Sur, para escapar del frío invierno de Pennsylvania. Era un día precioso. O lo habría sido, si pudiera olvidar, aunque solo fuera durante un minuto, la escena de la que acababa de salir en el cementerio. Y su responsabilidad en que aquella madre y su hijo estuvieran allí.

Notó que una lágrima se le derramaba por la mejilla y se la secó con impaciencia. Había aprendido hacía mucho tiempo que las lágrimas eran inútiles y que llorar era un signo de debilidad, pero en aquel momento no podía evitar sentirse indefensa e incapaz.

—¿Usagi?

Se puso tensa al oír el sonido de una voz familiar. La última cosa que quería era compañía. Especialmente, la compañía de Mamoru Shields. Fingió que no lo había visto con la esperanza de que él pasara de largo.

Por supuesto, no lo hizo. Cualquiera habría respetado su deseo de privacidad, pero no él. Usagi lo había conocido seis años antes, cuando su prima se había casado con el hermano de Mamoru por primera vez. Después de cinco años de separación, Serena y Darien habían vuelto a casarse recientemente, y Usagi  había bailado con Mamoru en la boda.

CORAZÓN BLINDADO  (McIvers Libro 2)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora