Usagi estaba muy distraída el lunes por la mañana. Asistió a las reuniones con sus clientes e hizo todas las preguntas que necesitaba, sin concentración, de una forma rutinaria. Sabía que tenía que ver a Mamoru y explicarle lo que había pasado la noche anterior. Él se había enfadado cuando ella se había marchado con Darien, y no lo culpaba. En un instante, habían estado unidos en el más íntimo acto entre una mujer y un hombre, y al instante siguiente ella lo había dejado solo.
Mina notó su estado de ánimo y no le preguntó nada acerca de su fin de semana con Mamoru. Usagi sabía que tendría que estarle agradecida por su discreción, pero necesitaba hablar con alguien acerca de lo que había ocurrido. En el pasado, si hubiera estado preocupada por algo, no habría dudado en llamar a Serena. Pero en aquellas circunstancias, no habría sido lo más inteligente.
Sabía que había estropeado las cosas. Era muy posible que él no entendiera las razones por las cuales ella había salido corriendo la noche anterior. Ni siquiera estaba segura de entenderlas ella misma. Nunca había sido buena en los juegos entre hombres y mujeres, pero sabía que le debía una explicación.
Aun así, tenía el corazón en la garganta al marcharse de la oficina y conducir hacia el barrio de Mamoru. Había pensado en llamarlo antes, pero de aquella forma, si se acobardaba, siempre podría dar media vuelta y volver a casa. Tonta.
Sí, era una tonta. Y estaba aterrorizada al pensar en que podría haber destrozado la mejor relación que nunca había tenido.
Cuando llegó, aparcó el coche enfrente de su casa, justo cuando él salía por la puerta. Llevaba unos vaqueros y una chaqueta de cuero abierta sobre una camisa verde oscura. A ella se le aceleró el corazón. Salió del coche y caminó con decisión hacia la entrada de la casa.
—Parece que ibas a salir —dijo Usagi, intentando que el tono de su voz fuera despreocupado, aunque los nervios le atenazaban el estómago.
—Puedo esperar unos minutos —le dijo él, después de un titubeo.
Usagi asintió.
—Quería darte una explicación por lo de anoche.
Él esperó.
La expresión de su cara era tan severa e implacable como la del juez Baldwin en un juicio. Nunca había estado tan nerviosa enfrentándose a aquel juez. Tampoco nunca se había jugado tanto.
—¿Puedo entrar?
Él se encogió de hombros.
—A lo mejor quieres cambiar el coche de sitio y llevarlo al final de la calle, antes de que nadie pase por aquí y lo vea aparcado enfrente de mi casa.
Usagi supo que se merecía aquel comentario.
Entró en la cocina, intentando no mirar la mesa. No quería recordar que había estado medio desnuda sobre ella, sintiendo el cuerpo de Mamoru sobre su piel.
—¿Te apetece tomar algo? —le preguntó, tan amablemente como le habría preguntado a un extraño.
Ella dobló los brazos sobre su cintura, abrazándose a sí misma. Aquello iba a resultar más difícil de lo que había pensado. La distancia que se había creado entre ellos en solo veinticuatro horas parecía insuperable.
—No, gracias —respondió ella, en el mismo tono.
—Has dicho que querías darme una explicación —le dijo Mamoru, después de un minuto de silencio tenso.
Ella asintió, pero no dijo nada. Le resultaba difícil hablar sobre sus sentimientos, sobre lo que quería y necesitaba. Siempre había sido más fácil esconderse tras una sonrisa y fingir que todo iba bien. Pero no podía hacer aquello con Mamoru.
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CORAZÓN BLINDADO (McIvers Libro 2)
Storie d'amoreBalas, incendios, bombas... Estaba claro que alguien la quería muerta. Usagi Moon había dedicado toda su carrera a proteger a otras personas, pero ahora era su propia vida la que estaba en peligro. La abogada pensaba que era imposible que las cosas...
