Capítulo 3

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Fuera lo que fuera lo que Usagi tenía en la mente, se desvaneció cuando los labios de Mamoru rozaron los suyos.

Vio cómo él cerraba los párpados, y sintió que los suyos temblaban y se cerraban también. En la oscuridad, sus sentidos se fortalecieron y el impacto del beso se multiplicó. El roce de sus labios le envió escalofríos a la columna vertebral y su fragancia masculina le invadió el cerebro. Se abandonó a aquellas sensaciones.

Los labios de Mamoru eran cálidos y firmes. Los movía con una maestría que podía ser un don natural concedido por Dios, o el resultado de mucha práctica. Una maestría que pedía respuesta. Ella respondió, y pidió también.

Durante sus vitiocho años de vida, la habían besado otros hombres, pero nunca de aquella forma. El calor que se despertó en su interior era intenso y devorador. Si alguna de sus neuronas hubiera estado en funcionamiento, habría interrumpido aquel beso. Se habría dado cuenta de que era una locura y se habría retirado. Pero el primer roce de sus labios había anulado cualquier capacidad de razonamiento, y solo le había dejado una necesidad acuciante.

Notó la presión de su mano en la espalda, acercándola lenta pero inexorablemente a él. No pudo resistirse. Le puso los brazos alrededor del cuello, y sus pechos se aplastaron contra la dureza del torso masculino. Usagi notó cómo le latía el corazón, tan rápido y fuerte como el suyo propio.

Él deslizó las manos hacia abajo y le tomó las nalgas para colocarla más firmemente contra él. Ella pudo sentir la evidencia de su excitación y la respuesta dolorosa entre sus propios muslos. Lo deseaba. Era irracional, pero real. Usagi  no era el tipo de mujer que se permitía tener relaciones sexuales sin ningún significado.

No tenía aventuras casuales. Nunca le había tentado aquello.

Pero en aquel momento sí. Estaba peligrosamente cerca de dejarse llevar por sus impulsos y tirarse al suelo con Mamoru.

Fue él el que se contuvo, por fin, y separó su boca de los labios de Usagi, de mala gana. Movió las manos hasta sus caderas y la mantuvo firme. Ella podría haberse retirado, pero no estaba segura de sostenerse en pie.

—Esto ha sido… mm —se pasó la lengua por los labios nerviosamente—. Inesperado.

—Sí —convino él. Tenía la voz ronca, y aquello le hizo a Usagi preguntarse si a él lo habría afectado tanto como a ella—. Y probablemente, poco inteligente.

Aunque tenía una docena de motivos diferentes por las que no debería haberlo besado, no estaba segura de si le gustaba el comentario que había hecho Mamoru.

—Has sido tú el que ha empezado —le recordó ella.

Él sonrió.

—Y tú me has devuelto un buen beso.

Usagi  notó que el color se le subía a las mejillas.

—¿No te estabas marchando? —le dijo, saliéndose de sus brazos.

—Sí, supongo que sí.

Pero aun así, él dudó, y ella tuvo que apelar a toda su fuerza de voluntad para no pedirle que se quedara.

—Buenas noches, Usagi.

Y después, se fue.

Ella solo se movió cuando oyó el sonido de la puerta al cerrarse. Echó el cerrojo y se apoyó contra la puerta, con las rodillas temblando y un cosquilleo en los labios.

Usagi se despertó aquel sábado por la mañana más descansada, y se dio cuenta de que la noche anterior era la primera desde que Molly y Kelvin  habían sido asesinados en que había dormido profunda y calmadamente, sin las pesadillas que últimamente la habían estado asediando.

CORAZÓN BLINDADO  (McIvers Libro 2)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora