CAPÍTULO 14

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Lenor:

Observo la ventana del hospital, esta que esta a un lado de los consultorios externos. Solo hay oscuridad afuera de la misma, es como si el hospital en si fuese un santuario lleno de vida y sus afueras un tormento de muerte.
Ya se esta haciendo tarde, no puedo quedarme más tiempo en este lugar, no porque este cansada si no por mi pequeño Rodrigo, digo que de suerte contrate una niñera, porque si no estaría perdida.
Camino por el pasillo que lleva a los vestuarios, ese lugar donde todos los días me pongo mi uniforme de doctora y me convierto en alguien que salva vidas; aveces quisiera tener ese mismo reconocimiento en el pueblo, lo sé algo imposible, pero soñar no cuesta nada.

Abro mi casillero, que por cierto aquí nadie cierra nada con llave, es algo bastante tranquilo y no hay de que preocuparse; del mismo saco mi jean negro, una camiseta blanca, la chaqueta de cuero de color marrón, y por ultimo mis botas negras de tacón bajo.
Aveces me gusta vestirme así de nuevo, con este estilo tan mio. No lo voy a negar, me veo hermosa así, los jeans hacen que mis piernas resalten, más en mis muslos, la camiseta blanca se me pega al cuerpo y si me marca algunos de esos pequeños rollos, pero ¡que va!

Camino por la recepción del hospital, la misma da hacia la salida; en el camino observo que Ana esta sentada con la cabeza gacha en una de las sillas del medio, aparte de ella hay un hombre muy alto que camina en dirección a las habitaciones de emergencias, no logro forzar bien la vista para ver algún otro detalle del mismo. Y en otro lado veo un hombre de mantenimiento caminando sin una aparente dirección. Ese hombre nunca lo había visto antes, pero de seguro debe estar aquí por los problemas de iluminación del primer piso del hospital, mejor dicho los problemas en radiología y pediatría.

Abro las puertas y apenas doy tres pasos la oscuridad de la noche me cubre como una cobija de invierno, su neblina hace que la oscuridad sea peor, por más que deteste la oscuridad debo admitir que se ve algo hermoso: la luna apenas brillas, y su brillo es cubierto por algunas nubes, los faroles que intentan iluminar el camino solo logran iluminar la neblina, qué, a su al rededor se ve como vapor de agua, ese que se forma al ducharte con agua caliente (dicha cosa que hago todas las mañanas).

En el estacionamiento del hospital la oscuridad no es tan pesada, apenas si se nota la neblina, algo bastante bueno debo decir; saco las llaves de mi bolso y abro la puerta de mi auto, este vehículo que tanto añoro, al entrar su olor a frutilla mezclado con los de la gasolina me invaden por completa, esos olores que con el tiempo fueron formando parte de mi día a día.  No me imagino estar sin ellos, ya son parte de mi. Si no mal recuerdo una vez lleve a Luana hasta su casa y durante todo el camino se fascinó por el aroma, debo decir que esa chica es algo adorable, si muy sensible en el trabajo. Pero todo lo de ella es dulzura.

Pongo en marcha el vehículo y comienzo a retirarme del hospital, mañana es mi día libre, pero no lo tomare, así qué de seguro estaré aquí en las primeras horas del día.
Seguramente desde mañana va ser todo un dolor de cabeza para todos, pero especialmente para Wirz y yo.
Ya que los jefes de departamento no se hacen presente muy seguido en el hospital, algo que es bastante desastroso, digo a dios que este pueblo es pequeño y que casi nunca tenemos días como el de hoy, porque si no la historia seria distinta.

Los faros de luz iluminan todo el camino, su brillo es casi lo único que se puede ver en el trayecto sin contar las luces del semáforo que esta a unas calles de donde estoy.
La neblina no me deja ver con claridad el camino, algo que me asusta, tengo un ligero temor de chocar algo, ya sea un animal o una persona; pero siendo honesta me daría más pena atropellar a un perro que una persona, no entiendo el porque pero siempre dije que los animales no nos merecen en lo absoluto, razón por la cual durante un tiempo fui vegetariana, pero por algunos problemas de salud no lo pude llevar.

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