Capítulo dieciocho
El ir a la playa de la Caleta es un ritual que solemos hacer todos los veranos desde que falleció mi
padre. Desde que él nos falta, un día de verano vamos y nos damos el primer chapuzón allí. Este año,
hemos decidido comernos un bocata en la playa porque hemos llegado y, al ser domingo todo está
cerrado. Hemos comprado algo de embutido en la panadería cercana a la finca, hemos hecho unas
tortillas de papas y, nevera a cuesta, nos hemos desplazado hasta Cádiz a la playita de la Caleta.
La Caleta es una playa coqueta, en pleno centro histórico de la ciudad. Un lujazo de playa. Creo que
es la playa que ha inspirado más versos y canciones a poetas gaditanos. El carnaval está repleto de
pasodobles y tangos inspirados en ella. Es la musa por excelencia del Carnaval con mayúscula. Y yo
por Cádiz, muero. Al igual que mis padres, a los cuales, aunque fallecieron en Madrid, los
trasladamos aquí para que pasasen el fin de sus días en su tierra.
Nosotras solemos ponernos en la pequeña calita que hay a la izquierda del arco que va al Castillo de
Santa Catalina. Son apenas tres o cuatro metros de arena blanca, desde la que se ve la estatua de
Paco Alba a la izquierda y el Castillo de Santa Catalina en la derecha. El espigón completa una
imagen que sin duda te deja sin aliento. Este es el sitio por antonomasia en Cádiz. Es el lugar donde
mis padres paseaban, el lugar donde se conocieron y para nosotras significa todo. Significa la vida.
Cojo el móvil y le hago otra foto. En ella se encuentran mis hijos. He capturado el momento donde
ellos comienzan a jugar con la arena antes de irse a bañar. Están encantados con la playa, ya que es
un lugar donde no tienen el privilegio de ir a diario, como lo tienen los gaditanos. Es, quizás, el
único lujo que se permiten los gaditanos. Algo bueno tenemos que tener, ya que trabajo, poco y no
porque no queramos, sino porque no hay. La estampa es maravillosa, mis hijos y la Caleta. Mejor,
imposible.
Es muy temprano, apenas son las once de la mañana. Tendemos nuestras toallas y nos tiramos al sol
mientras que los niños juegan con la arena y los cubos. Pronto quieren irse al agua. Allí, jugamos en
la orilla con la arena y pasamos el resto de la mañana intentando distraer a los dos monstruitos para
que se cansen y se queden dormidos por la noche temprano. Mi hermana y yo tenemos charlas a lo
largo del día sobre todo y sobre nada en particular. El sueño y el cansancio nos van rindiendo y
estamos bronceándonos casi adormiladas, mientras que los niños incansablemente juegan en la arena.
Estamos pasando el día tranquilas. Nada de juegos con los niños, nada de saltar en el agua. Solo
tumbadas en la arena sin hacer nada en particular, descansar y poco más. Mi móvil suena. Es Daniel.
Ya que se lo he contado a mi hermana no tengo porqué esconderme.
—Hola. – Le digo con la voz casi adormilada.
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El dia que te conocí
RomanceEva es una mujer viuda, madura de 40 años y con dos hijos. La vida siempre ha sido dura con ella. Con una empresa emergente pero sin mucha liquidez, y demasiado trabajo, una hija adolescente problemática y un hijo de ocho años un poquito travieso, E...